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sábado, 10 de agosto de 2013

Las lágrimas de San Lorenzo

-¡El tiempo!... ¡El tiempo!... -vuelvo a escuchar mientras me adormezco contemplando las estrellas que señalan la situación de Constanza en la oscuridad del mundo (Julio Llamazares, Las lágrimas de San Lorenzo)

Las lágrimas de San Lorenzo es el hermoso título de la última novela de Julio Llamazares, que dedica a sus amigos de Ibiza (los que están y los que ya nos están) e introduce con dos citas, una de ellas perteneciente al gran poeta José Antonio Llamas: ¡Dichosa edad en la que vuelan las estrellas!

Las lágrimas de San Lorenzo son una metáfora del tiempo y hacen referencia a las estrellas fugaces, a la lluvia de estrellas que suele tener lugar por estas fechas, con mayor intensidad en la noche de mañana. 

Ayer mismo tuve la ocasión de contemplar, bajo un cielo protector, tachonado de estrellas y blanquecino en su vía láctea, una de esas perlas que surca veloz el firmamento y se pierde en la lejanía de los tiempos. El tiempo, siempre el tiempo, como tema esencial de esta novela que a alguien, muy muy especial para mí, se le antoja un auténtico tratado filosófico sobre la fugacidad del tiempo, una reflexión poderosa y a la vez escalofriante acerca del inexorable paso del tiempo, de la imposibilidad de detenerlo, de la toma de conciencia del tiempo como algo que pasa y no volverá jamás. "Como decía John Lennon, la vida es eso que te sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes".

Todo ello narrado con una prosa envolvente, tocada por la magia de la lírica hecha belleza. Contada en primera persona por un nómada o trotamundos en un brillante monólogo (en realidad en diálogo del protagonista con su hijo Pedro). 

Podríamos intuir que se trata de una novela con un marcado toque autobiográfico, aunque lo autobiográfico quede diluido y/o transfigurado por el hechizo de la ficción y una memoria, que a veces "traiciona". El personaje principal (y narrador) es un profesor y escritor nacido en Bilbao, aunque con orígenes en un pueblo de León, "que olía a lúpulo y a tomillo", el cual nos cuenta sus andanzas, como lector, por diferentes ciudades europeas, entre ellas, Aix-en-Provence, Constanza, Liubliana, Bari, Utrecht, Iasi, Uppsala, Coímbra... mientras recuerda con afecto y morriña sus mejores años de juventud en Ibiza.

A partir de determinada edad -ya lo escribió Julio en aquella novela imprescindible y conmovedora que es La lluvia amarilla- uno se da cuenta de la finitud. «Llega siempre un momento -el mío coincidió con la muerte de mi madre- en el que, de repente, la juventud se acaba y el tiempo se deshiela como un montón de nieve atravesado por un rayo». 

 ...¡Oh, flor del tiempo!

De nuevo Llamazares, veinticinco años después de La lluvia amarilla, vuelve con esta novela, Las lágrimas de San Lorenzo, que nos sumerge en las heladas aguas del océano-tiempo y nos remueve y sacude todas las entrañas con sus reflexiones, con recuerdos teñidos por la melancolía sobre los abuelos y los padres, un hermano muerto (Ángel), un tío desaparecido en la posguerra incivil (Pedro), novias, mujeres y amigos del personaje principal.  
"Lo único que no desaparecerá es el tiempo". 

1 comentario:

  1. Me lo acabo de leer y me ha parecido un libro precioso, muy bien escrito, pero demasiado triste y melancólico. Saludos ;)

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