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martes, 27 de agosto de 2013

La inteligencia emocional en la creación literaria

Os dejo este enlace de la revista Prolepsis (editada por el colegio oficial de psicología de Castilla y León), que ha tenido a bien publicarme un artículo sobre inteligencia emocional y su relación con la creación literaria. 

Lo escribí y reescribí a partir de una conferencia que impartiera este año en el Instituto Álvaro Yáñez de Bembibre. 

Gracias, Carmen-Rula, gracias, Vicente. Gracias, Maite. 


RESUMEN
        La tesis, que se desarrolla en este trabajo, es cómo la inteligencia emocional, a través de ambos hemisferios cerebrales,  interviene de un modo definitivo en la creación literaria, tanto en la novela, relatos y cuentos como en el teatro, sobre todo en la construcción e interpretación de personajes. Asimismo, se aborda qué es la inteligencia en su relación con la memoria emocional, la percepción, la sensibilidad…, así como los diferentes tipos de inteligencia o habilidades cognoscitivas, entre las que se encuentra la inteligencia emocional.
        PALABRAS CLAVE: Memoria emociona, sensibilidad, razonamiento, aprendizaje, emociones inteligentes, teoría de las inteligencias múltiples, hemisferios cerebrales, talento, creación literaria.
        ABSTRACT
 The thesis, that is developed in this work, is how emotional intelligence, through both cerebral hemispheres, takes part of a definitive way in the literary creation, as much in the novel, stories and stories like in the theater, mainly in the construction and interpretation of characters. Also, it is approached what is intelligence in its relation with the emotional memory, the perception, sensitivity…, as well as the different types from intelligence or cognitive abilities, between whom is emotional intelligence.
       
                Vivir como uno desee: sólo eso merece llamarse éxito” (Bertrand Russell)
       
        ¿Qué es esto de la inteligencia?
       
        Cuando a uno le preguntan, qué es para ti la inteligencia, resulta harto difícil dar una explicación o definición adecuada, porque se trata de un término genérico, donde interviene, en su configuración, la genética, la neuroquímica (la importancia de la dopamina en el aprendizaje, o de la serotonina en las emociones, la noradrenalina en la atención y concentración, etc.) y el ambiente estimulante y favorable.
        La inteligencia está, por lo demás, íntimamente relacionada con otros conceptos como la memoria (por supuesto emocional o afectiva, acaso la genuina, aparte de la memoria sensorial: visual, auditiva, olfativa, táctil..., y aun otros tipos de memoria, la sensación (recepción de estímulos), la percepción (interpretación y organización de esos estímulos, a través de los cinco sentidos clásicos, y algunos otros como el propioceptivo o del equilibrio), y por supuesto con la sensibilidad (tan presente en lo artístico, en la ternura, en la empatía...), sobre todo si nos referimos a la llamada "inteligencia emocional", término acuñado por dos psicólogos, Mayer y Salovey, de la Universidad americana de Yale, y difundido por el psicólogo y comunicador Goleman.
        Desde hace algunas décadas sabemos que la inteligencia no es sólo puro raciocinio o razonamiento lógico (valga la redundancia), en todas sus variantes y acepciones (véase el razonamiento causal, tanto el deductivo -de lo general a lo particular- como el inductivo -de lo particular a lo general-. Y no sólo somos "logos" sino que, cual buenos primates, tenemos sentimientos (los animales, algunos al menos, también los tienen, según la Etología. No hay más que ver a Pancho, el perro de mi vecino, que es como una persona, por no hablar de mis gatos). Por tanto, la inteligencia, al menos una suerte de inteligencia, lejos de ser sólo aprendizaje cognoscitivo, que lo es, se resuelve en emoción aplicada, porque el auténtico aprendizaje acaso resida en lo afectivo -olvidémonos, por favor, de aquel dicho tan horrible, que la letra con la sangre entra, y digamos que la letra con amor entra. O algo tal que así-. Aprendemos, incluso "desaprendemos" y hasta llegamos a cambiar o modificar nuestros hábitos y comportamientos, observando, imitando, como otros monos, a través del entrenamiento, de la educación, del estudio, de la reflexión, confrontada con la experiencia. Y, en el proceso de aprendizaje, se nos reactivan o fortalecen las conexiones sinápticas entre nuestras neuronas.
        Por eso, es conveniente estar activos, ejercitar la mente/cuerpo a través de actividades diversas como la lectura, la escritura, los viajes, entre otras.
       
En todo caso, la inteligencia no puede ser un mero aprendizaje de papagayo ni una aptitud para superar un examen, una prueba o un test psicométrico, que a duras penas logra medir nuestro cociente intelectual (CI), y quizá alguna cosa más, bueno, depende de la prueba pergeñada.
        La llamada inteligencia académica, tal y como está concebida, poco o nada tiene que ver con las emociones, pues hay gentes brillantes, con un CI estupendo, que se pierden y se hunden en situaciones adversas, porque no saben manejar sus “emociones inteligentes”.
        La inteligencia es, en definitiva, la capacidad de adaptarse al entorno, a la realidad, a las realidades, incluso a las irrealidades, y de sobrevivir en un mundo cada día más atroz (aunque creo que ninguna época fue tan dorada como a veces se pintan, antes al contrario, véanse, por ejemplo, la Edad Media o nuestra época de Guerra y Posguerra inciviles).  
        La inteligencia como la capacidad para saber discernir entre lo que nos conviene y aquello que nos resulta inconveniente, la habilidad para escoger quizá la mejor opción de todas las posibles, y de este modo poder enfrentarnos al mundo y resolver con solvencia nuestros asuntos. 
        En estos últimos años el neuropsicólogo americano Gardner, Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales en 2011, nos ha hablado de la teoría de las inteligencias múltiples, en el sentido de que hay muchos tipos de inteligencia, hasta siete diferentes habilidades cognoscitivas, entre las cuales estaría la inteligencia lingüística, en la que estarían englobados quienes se dedican al noble oficio, a veces arte o creación literaria, de juntar letras y palabras. Asegura Gardner que, para esta suerte de inteligencia, se requiere de la utilización de ambos hemisferios cerebrales.       
        Hemisferios cerebrales
        Ya sabemos que el hemisferio cerebral izquierdo domina sobre todo aspectos como el lenguaje, la solución de problemas lógicos y el pensamiento analítico; mientras que el hemisferio derecho está abocado a la comprensión espacial, musical y el dibujo.
        A menudo los programas educativos se han centrado y se centran principalmente en las habilidades del hemisferio cerebral izquierdo, mientras que han descuidado -o no han prestado suficiente atención- al desarrollo del hemisferio derecho, lo que ha supuesto un hándicap para el íntegro desarrollo creativo, en el que intervienen ambos hemisferios a la vez, de una forma coherente y completa. Como es el caso de la creación literaria.
        Cabría señalar que en la poesía es muy importante no sólo el hemisferio izquierdo, responsable del lenguaje, sino el hemisferio derecho, en cuanto al ritmo, incluso su resonancia o la musicalidad de las palabras. Y por supuesto el lenguaje y el pensamiento analítico, propios del hemisferio izquierdo, son imprescindibles cuando se trabaja en una novela o en un cuento. Por ejemplo, en los relatos o historias extraordinarias (Berenice, El retrato oval o La caída de la casa Usher…), de Allan Poe (creador del detective Dupin) o en las historias detectivescas de Conan Doyle, el inventor de Sherlock Holmes (un personaje ficticio que emplea con habilidad la observación y el razonamiento deductivo para resolver casos difíciles), entre otros muchos autores y obras.
        Además de la inteligencia lingüística, Gardner habla de otras inteligencias como la lógico-matemática (la llamada antaño auténtica inteligencia), que es propia de científicos y filósofos; la inteligencia musical de los músicos, cantantes y bailarines; la inteligencia espacial, característica en personas que se dedican a profesiones tan diversas como el diseño, la arquitectura, la ingeniería, la escultura, la cirugía o la marina; la inteligencia corporal-cinestésica, en la que estarían los actores, mimos, bailarines, y aun los deportistas y cirujanos. 
        Gardner cita incluso la inteligencia intrapersonal, que sería como una especie de inteligencia emocional de autoconocimiento, propia de la gente que se dedica a la psicología, y la interpersonal o social (otra suerte de inteligencia emocional, de relación, en la que figuran los vendedores, políticos, profesores y terapeutas).
        La capacidad para ponerse en la piel de la otra persona, en esto consisten tanto la inteligencia intrapersonal como la interpersonal (esto es la inteligencia emocional, conocida a principios del siglo XX como inteligencia social). O por decirlo de otro modo, la habilidad social de empatizar, de comprender y motivar a la otra persona así como a uno mismo.
        Es en el ámbito de la inteligencia emocional (estrechamente relacionada con la memoria emocional o afectiva) donde interviene de un modo activo nuestro talento (si lo hubiere) y nuestra capacidad creativa (si somos capaces de desarrollarla teniendo no sólo confianza en nosotros mismos sino entusiasmo, perseverancia, intuición, imaginación, fina percepción y sensibilidad, curiosidad por saber e inquietud por aprender...), a través de la cual podemos generar nuevas ideas y conceptos a partir de asociaciones, etc.
        El propio Goleman habla de la inteligencia emocional como la habilidad social para sentir, entender, manejar y modificar tanto estados anímicos propios como ajenos, siendo capaces de mostrar empatía con los otros.
        Y, en este sentido, la inteligencia emocional es no sólo muy importante, sino esencial, definitiva -como ya había adelantado-, en el proceso de creación literaria, tanto en la novela, relatos y cuentos como en el teatro, sobre todo en la construcción e interpretación de personajes, donde ponemos toda nuestra emoción (incluso contenida) y nuestro saber hacer racional/irracional a la hora de componer nuestros personajes, sean estos más o menos ficticios, más o menos reales.






       




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