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lunes, 25 de marzo de 2013

De paso por el Morticia

Hace años, tal vez cerca de diez, me dio por escribir este artículo en mi sección del Diario de León, encabezada bajo el epígrafe El molín de Ampuero. Y ahora lo recupero. Confieso que desde que Óscar Tahoces abrió el nuevo local en el Rosal de Ponferrada no he ido por allí, lo cual tiene delito, pero es que uno -lo confieso- ya casi no frecuenta la noche ponferradina, la noche en general, salvo para acudir a conciertos a la sala Tararí, donde actúan magníficas bandas, como la propia de la sala, los Yum Yums y aun otras muchas, y muy de vez en cuando -ya ni me acuerdo- voy a la Sala La Vaca de mis paisanos de Quintana de Fuseros. 

Bueno, no me enrollo, y os dejo este texto de otra época. Me ilusiona saber, a través del amigo Marcos Cubelos, que Óscar Tahoces -gran artista- guarda, pasados los años, mis palabras escritas en su nuevo local. Prometo visitarlo en breve. 

 Hace unos días estuve en el Morticia, uno de esos bares de noche que están en El Temple. Uno, que no es muy dado a frecuentar los bares de la noche ponferradina, no sabía de la existencia de este bar. Fui de la mano de mi sobrino Pablo, que es músico de conservatorio al que también le gustan los “Smashing Pumpkins”. Me puse en sus manos y me dejé guiar en la oscura noche de los muertos vivientes. Me pareció ciertamente un local sugestivo, atrayente. Como para volver a experimentar los olores sanguíneos de la muerte en vida, la vida más allá de toda agonía.

         Siento atracción por el mundo de los vampiros y los fantasmas. Y la vida más allá de la muerte sigue impresionándome por lo que  tiene de literario y/o cinematográfico. El baile de los vampiros, De entre los muertos o Nosferatu, por poner sólo algunos ejemplos, son películas apasionantes. Y no digamos Drácula, la novela de Bram Stocker. A uno, en verdad, le gustaría prolongar su existencia más allá de los límites conocidos, los límites que impone la cruedad de la muerte, aunque la inmortalidad ansiada tal vez sea una condena insoportable. Pero a uno le sigue atrayendo la vida eterna. “Tenemos que aceptar la crueldad de la vida y la necesidad de la muerte -nos cuenta Hermann Hesse en sus Lecturas para minutos-, no con lamentos, sino saboreando esta desesperación”. Si no nos queda de otra, así lo haremos. Mientras tanto, seguiremos reconstruyendo la realidad apocalíptica a través de la prosa.

         La decoración del Morticia me recuerda a  Le Cercueil, o sea, El Ataúd, una cervecería que hay en Bruselas, cerca de la Grand Place. Un sitio en el que uno puede tomarse una Chimay azul al amor de un ataúd, encima de una caja mortuoria. 

En el Morticia los féretros también hacen las funciones de posabotellas. Y los vampiros asoman sus rostros de sangre y muerte en la oscura noche de las psicofonías. El rojo y el negro son unos de mis colores preferidos. Y el Morticia se viste con el rojo de la sangre esparcida por los baños y el negro como telón de fondo. 

El Morticia es un buen lugar para refocilarse con los murciélagos y entrar en el mundo de lo espectral. Uno puede pasasrse un buen rato mirando fotos y carteles: desde Bela Lugosi a Gary Oldman. 

No olvidemos que Bela Lugosi acabó siendo un intrépido chupador, un auténtico vampiro. Y Oldman sigue conmoviéndonos con su interpretación en el Drácula de Coppola.

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