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martes, 15 de mayo de 2012

Español o castellano mexicano

Que el castellano (español suelen decir en Iberoamérica) es un idioma riquísimo no lo pone casi nadie en duda, salvo algún mentecato o estrecha de miras. Tenemos una de las lenguas más sabrosas del mundo, y esto no lo digo con afán ombliguista, líbrenme las vestales, sino porque me da la impresión (acaso contrastada) de que es así. 

Si al castellano hablado en nuestra piel de toro o vaca machorra tendida al sol (cuando luce, que tampoco es moco de pavo o guajolote), sumamos el que se habla en toda Iberoamérica (Hispanoamérica, para algunos puristas que arriman el ascua a su sardina), la cosa se pone estimulante y apetecible. 

A la chola me viene esa novela titulada o intitulada Tirano Banderas, del gran Valle, donde el escritor gallego, bien influido por las hablas americanas, nos da un repaso lingüístico/lingual desde el Norte al Sur de ese extenso y florido continente que es América. Cierto es que el autor de Divinas palabras -magnífico inventor de palabros y componedor de fraseologías- le da vuelo sobre todo a los mexicanismos, pues tuvo la ocasión de empaparse durante sus viajes a esta tierra, por la que uno siente nomás gran cariño. 

Otra novela, en la que se hace uso de términos y expresiones mexicas, es Cristo versus Arizona, de Cela (uno de los discípulos aventajados de Valle). Y podría continuar con tantas otras obras como La Cátira (en modalidad venezolana), del antes citado Nobel, Don segundo Sombra, de Güiraldes (en este caso abundan los argentinismos empleados por los gauchos, que tienen su origen, sin duda, en el lenguaje arriero de santiago Millas, en la Maragatería, pongamos por ejemplo), etc. Una gran riqueza lingüística la nuestra, que han heredado nuestros cuates y carnalitas de Iberoamérica, aunque ellos han aderezado nuestra/su lengua con sus propios modismos, su forma de ver/entender el mundo, porque no cabe duda de que el lenguaje es pensamiento (lo cual no es ninguna bobada), y que una lengua es algo vivo, como un ser humano. Puede crecer y desarrollarse cuanto quieran sus "hablantes". Bueno, la Academia de la Lengua siempre estará ahí para poner freno o bozal a quienes pretendan descarriarse del rebaño. También es verdad que si cada cual habla como le sale del pucio o pos-pucio o algo tal que así, no habría Cristo a entenderse. Y si no que se lo pregunten a los de un caserío y otro algo alejado. O a los de una aldea (quizá no globalizada y por ende borreguil) y a otros del pueblín peñas arriba. Ay, me quemé echando leña al brasero. 

Si nos atenemos a lo que da de sí México, en cuanto a lengua se refiere, podríamos asegurar que me late impresionante. No hay más que vivir durante un tiempo en este país para darse cuenta de ello. Al principio, uno llega a creer que los mexicanos no hablan una suerte de castellano sino otra lengua, sobre todo si profundizas en las bajas (no tanto) esferas terrenales. "Bueno"... te dicen cuando te descuelgan el teléfono. Bueno qué... Se habrá confundido, me habré pasado de lanza... O se me botaron las tuercas encefálicas. Ahí no queda el asunto, clarín clarete. 

Hace poco volvía a ver Amores perros, del mexicano/mejicano Iñárritu, y redescubrí ese modo coloquial de hablar, sobre todo de los "nacos" y los "chilangos" (cabeza de chile y cuerpo de mango), que así se les dice a quienes moran/habitan (carajo) en la Ciudad de México o en el Distrito defequense (¿será por la pendeja contaminación o smog y los vertederos de basura?)... pinche güey, no me chingues, cabrón, qué onda, no mames,    huevón, no te me hagas pendejo, está muy chingón, eres un culero, qué poca madre... porque el mexicano o la mexicana no te saluda sino que te dice qué onda, güey, no se enamora, se encula, no se lanza, se avienta, no besa, faja, no se baña, se da un regaderazo, no se pone violento, se agarra a madrazos, no pide que lo lleven a algún lugar, sino que pide un aventón,  no bebe, se pone como araña fumigada, no tiene diarrea, sino que sufre de chorrillo, no se cae, sino que se da un chingadazo... y así en este plan. Otra peli, por la que siento devoción y en la que los personajes hablan así, es El callejón de los milagros, de Jorge Fons (bien recomendable, pinches gachupines). Por hoy creo que es suficiente, que no se trata de apantallar a mis carnales... sólo que disfruten de la lengua. 

Para finalizar este texto, nomás diré que el español mexicano, aparte del uso del castellano antiguo (ellos y ellas emplean palabras que a nosotros ni se nos pasan por la imaginación, aunque estén en Don Quijote de La Mancha, por ejemplo), están muy influidos, sobre todo en la raya norte, por el English (capítulo sabrosón que deriva en Spanglish), el náhuatl y algunos otros tarasquismos o indigenismos. 

Que lo/la disfrutéis. Hasta la próxima. Nos vicenteamos. 

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