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miércoles, 18 de enero de 2012

A Felicidad


El tiempo corre veloz, y uno intenta apresarlo sin conseguirlo. Ni siquiera me había enterado del fallecimiento de nuestra paisana Felicidad, que en paz esté. Da la impresión, en verdad real, de que la vida fuera algo que pasa mientras uno está haciendo otra cosa. Creo que esto lo dijo el ocurrente John Lennon, el beatle que acabó su existencia de un modo prematuro a resultas de un hijo de puta que se lo cargó en el ochenta del pasado siglo. Ahora le ha tocado a Felicidad, a quien se le veía sonriente, con la mirada puesta en otra realidad. La muerte, que no perdona ni a Cristo bendito, sigue haciendo de las suyas, así hasta el fin de los tiempos, o del universo, que quizá sea finito aunque ilimitado. Bueno, esto que se lo pregunten mejor a Hawking, que sigue vivo y coleando (es un decir) a pesar de su puta esclerosis amiotrófica. Un grande, este físico, que por fortuna acaba de cumplir años, 70. 
Después de este preámbulo, recupero un texto que le dedicara a Felicidad en el número 3 de la revista La Curuja: www.nocedadelbierzo.com Vaya aquí:  

Felicidad, la mujer de Aurelio “El panadero” y madre de varios hijos y nietos, incluso biznietos, es una mujer de ochenta y siete años, que vive, como algunos sabéis en Noceda del Bierzo, en el llamado “hondo lugar” del barrio de Vega, el barrio de nuestros sueños y ensueños.

Felicidad con su muñeca

Felicidad es una mujer que apechugó duro para sacar adelante a su prole, una familia numerosa, lo que tiene un gran mérito, habida cuenta la época en que le tocó vivir siendo joven. Una mujer luchadora, como tantas otras, a las que deberíamos mimar con esmero, porque ellas lo dieron todo por sus hijos, y ahora necesitan ayuda y cariño. Felicidad vivió esos tiempos de postguerra incivil, miserable y atroz, cuando la estrechez  era mucha en los pueblos del Bierzo, y en concreto en el Bierzo Alto, ese gran olvidado.
Desde hace algunos años Felicidad perdió la noción espacio-temporal, a resultas de una cabrona demencia senil o un Alzheimer, cuyos efectos causan estragos en la población, y sobre todo en quien lo sufre de primera mano. Sin embargo, ella en su mundo parece vivir satisfecha. Me hace recordar, cómo no, el papel que interpreta Norma Aleandro, como afectada de Alzhéimer, en aquella entrañable película que es El hijo de la novia, del director argentino Campanella.

Hace ya algún tiempo, mientras paseaba por el pueblo, me encontré con una de sus hijas, Fina. Debo señalar que aquel día no había ni un alma en el pueblo. Parecía un barrio fantasma, como esos pueblos que tan bien describe Juan Rulfo en sus cuentos, léase por ejemplo Luvina. Puede que fuera finales de septiembre. Y en ese período ya se han ido los veraneantes y “forasteros” que viven en otros lugares, fuera de su terruño. Noceda, al paso que va, se quedará no tardando sin gente. Y esto no lo digo con afán pesimista, sólo con sentido objetivo y real.  El pueblo de Noceda se queda vacío y triste, como muchos otros del Bierzo Alto, pasado el mes de agosto, porque es agosto un mes re-vividor, con sus fiestas y saraos, que gusta mucho a quienes llegan de fuera a estirar las piernas en busca de aire fresco –que lo hay-, y tal vez algo de chachachá a ritmo de orquestina y charangonero. Charangonán…

                                   Cuatro generaciones

La mayoría de los pueblos se mueren a pasos agigantados, y nadie parece remediarlo. Ni las instituciones ni nadie, porque en el fondo no interesa que se mantengan en pie poblaciones pequeñas, porque nomás dan quebraderos de cabeza, que si el agua, que si la luz, etc. Es necesario tenerlas bajo control. El llamado turismo rural no deja de ser sino un invento, una salida ficticia en un mundo postizo, ávido de cuartos y poder, cada vez más endiablado. Estamos demasiado lejos de Valladolid, y demasiado cerca del monte, para que nos hagan algo de caso y se preocupen de veras por nosotros. Qué pena. Y qué sacudida de entrañas sentí al ver a Felicidad, aquel día de septiembre, que nunca olvidaré. Al pasar por delante de su casa, paré a saludar a Fina, estaba entusiasmado de encontrarme con alguien en el pueblo “deshabitado”. Entonces, Fina me habló de su madre, que tras la puerta de su casa daba la impresión de estar contenta. “Está feliz en su mundo”, aclaró Fina. Hablamos acerca de las religiones, y en concreto salieron a relucir los testigos de Jehová, esos fenómenos del artificio y el camelo, que se creen espíritus reencarnados de algún todopoderoso. Esos seres que, pobrecitos, suelen dar la brasa al personal, con sus monsergas y letanías, con sus discursos incongruentes y en ocasiones malévolos. Qué bárbaros, éstos y los otros. Abandonemos cualquier suerte o desgracia de religión, se me antoja decir, acaso por influencia buenista (léase al siempre genial Gustavo Bueno). “Si hubiera un dios, no permitiría que ocurrieran estas cosas –sentenció Fina malhumorada-, como le pasa a mi madre”. Si hubiera un dios, diosa o múltiples divinidades, como en tiempos del Egipto faraónico, amiga Fina, tampoco permitiría que una mujer como tu madre, que nunca ha hecho daño a nadie, y que ha vivido por y para sus hijos, estuviera ahora así, en este estado. Y probablemente no permitiría los desastres que se cometen a diario en el mundo. Cuando uno se para a reflexionar acerca de lo infame que puede llegar a ser la vida, entran ganas como de llorar. Como el día aquel, hace ya un tiempo, en que te encontraste a Fina a la puerta de su casa, y a su madre, al fondo, meciendo a una muñeca cual si fuera su retoñita. En ese momento se te estremeció el alma, tu alma mortal y rosa, te hizo repensar la realidad y caíste en la cuenta, una vez más, que a veces la vida te puede jugar malas pasadas, y que se presenta, a menudo, casi siempre, con el rostro de la sin razón y sin dios, por eso conviene vivir cada instante con intensidad, saboreándolo a tope, porque aunque no seas creyente ni siquiera mocho de sacristía, tú también tienes alma. Y Fina es una mujer con gran valor porque cuida de su madre, con entrega y amor.

Hace unos días me acerqué de nuevo a su casa. Fina me recibió amable. Allí estaba Felicidad, arrullando a su muñeca, feliz, incluso sonriente. Luego llegó Lita, otra de sus hijas, y tras ella aparecieron Jenni y su niñita. Cuatro generaciones, que se dice pronto. ¡Qué alegría verlas a todas juntas!


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