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martes, 18 de octubre de 2011

Umbral, sublime sin interrupción

Umbral fue un poeta romántico y rebelde que escribió en prosa con lo profundo de la voz, como hablan en escena los buenos actores. Un prosista con retórica blasfematoria y elegante que hizo finas erosiones a la gramática y extrajo lírica de la sangre y la brutalidad. Como hicieran Genet, Henry Miller o Artaud. Umbral inventó un infinito de amor en nuestra corporeidad mortal y rosa.

MANUEL CUENYA 16/10/2011

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Recuerdo que la muerte de Paco Umbral me pilló viajando por el sur de Marruecos. Eso fue en agosto de 2007. Cuando me enteré, a través de mi amigo Javi, sentí escalofríos a pesar del calor desértico, tantos como los que experimenté al leer por primera vez Mortal y rosa, ese libro en prosa poética, inmenso poema escrito después de la muerte de su hijo, cuando sólo contaba con seis años. En realidad, casi nadie logra sobreponerse a la muerte de un hijo, tal vez porque va contra natura.  Mas el gigante logra transfigurar el dolor, hacer de la muerte un arte sublimado, una obra que nos revienta el cerebro y nos devuelve a nuestra condición de primates, al paraíso perdido del que acaso nunca debimos salir, pero como así lo decidimos, ahora tenemos que asumir las consecuencias, nuestro compromiso con la cultura, que por lo demás no deja de ser algo postizo, terrible incluso, como señala de modo categórico el propio autor: «Hemos hecho toda la cultura con manos de asesino».
Mortal y rosa, que toma el título de un poema de Salinas, es una obra lírica, definitiva, que nos adentra en la filosofía de la vida/muerte y nos ayuda a reflexionar acerca de los grandes temas como el tiempo, el sexo, los sueños, la razón, la lectura y la escritura, el cuerpo y el alma, los sentidos, la lucidez y los delirios, la infancia, la juventud, las mujeres, los muertos que seremos, aunque nos asombremos de estar vivos… Así lo expresa: «El sexo es la moneda con que hemos decidido pagar y cobrar la vida».
La  prosa de Mortal y rosa está hecha de zambombazos líricos y lágrimas por un hijo muerto. Es comestible, convulsa, onírica y pictórica, porque la textura e inspiración dalinianas también están presentes. Escribir con la luz y los colores del pintor, insuflarle vida y carnalidad a las palabras. Es un magnífico diario en el que se nos revela él mismo, desnudo, y a la vez nos muestra las esencias y miserias del ser humano. «He conocido la única verdad posible: la vida y la muerte… de mi hijo, y sin embargo he optado o estoy optando por el engaño, por el autoengaño...». En otro pasaje escribe: «Llevamos la verdad por fuera, la carne, y la máscara por dentro».

En el mundo de los sentidos
Umbral, a través de un conmovedor monólogo y una lírica sazonada de muerte, nos sumerge en el mundo de los sentidos: «El tacto es ciego, el olfato es galopante. La boca es frenética. El oído es torpe. Sólo el ojo alcanza la totalidad».  Y sobre todo nos adentra en el vertiginoso mundo de los olores, que impregnan la literatura y la pintura, en el olor acre y selvático de los libros, y el perfume fresco y denso de la pintura, porque el olfato es, según el autor, la mirada del alma. También nos invita a darnos un paseo por las estaciones. «Escribo este libro en verano… el único trasunto posible del paraíso perdido»… «Abril, pozo verde lleno de doncellas ahogadas que tejen el lino de las profundidades y suspiran a la luna en las noches de coito». «La primavera es una corona de novia». «Otoño. Astenia. Un cielo vacío, entreluces y entremuertes». Con estas pinceladas de pintor impresionista, Umbral siente «la farsa del vivir, duplicada siempre por la farsa de escribir». «A la mierda con todo», porque «tan pueril es vivir de sueños como vivir de silogismos», aunque él parece preferir la lucidez mediocre al delirio, y cree más en la lírica que en la psicología. El tiempo como herida y sangre del escritor. El éxito como algo agresivo, la gloria como homicidio, la fama como violencia, la popularidad como agresión, porque la verdadera historia está en el cuerpo de un obrero. Ellos han movido el mundo, aunque ya sabemos que todo se ha fundado sobre una falsedad, porque el mundo descansa en el explotado o avanza sobre cadáveres. Y Umbral se reclama como el único cadáver que ha escrito un libro en la historia de todos los tiempos, aunque lo más directo —asegura él— sería no escribir, «porque escribir es una cosa pasiva..., mientras que leer es algo activo, creativo...». No obstante,  él vivió por y para la literatura: «He vivido el mundo intensamente, pero literariamente».
De este modo, tan brillante y atrevido, compone un espléndido diario íntimo que nos ayuda a mirarnos tanto al interior como al exterior, un libro de cabecera al que uno regresa en momentos de insomnio, en busca quizá de alguna quintaesencia. Al final, «tanto fruto de muerte ha dado una flor de sueño: la imaginación», la poesía desgarradora y bestialmente hermosa de un escritor de talla enorme, que algunos dicen que nació en la provincia leonesa, acaso en Valencia de Don Juan, tal vez en Mansilla de las Mulas, que el autor de Retrato de un joven malvado cita en ocasiones, y de donde era por cierto mi abuela paterna, Simona. Incluso nos habla de sus tías de Mansilla, y hasta de las putas finas de la Gran Vía, que eran todas de esta localidad leonesa. Vaya disparate. Algo así nos recordó Pedro Trapiello en su Cornada de lobo en este mismo Diario. Pero esto daría para otra historia.
Retrato de un joven malvado es otro de sus hallazgos literarios, aunque se parece mucho a Mortal y Rosa y aLas Ninfas. En las tres obras aparecen frases y sentencias similares. «Hacía siempre el mismo libro -escribe él-, desde el útero materno, más allá de la muerte, en el despachito apañado de la tumba... Construir día a día un absurdo de prosa y miedo, qué afán de escribirlo todo…».  Sí, hay que escribirlo todo, como quisiera Sartre en su Náusea, aunque al final sólo se salven cincuenta páginas, y eso con mucha suerte.
Si bien Mortal y rosa está considerado como su mejor libro, Umbral nos ha dejado una obra ingente y sublime, casi sin interrupción, aunque no llegara a ser del todo reconocido en la literatura y haya trascendido más incluso su mal genio y sus caprichos que su propio trabajo. Algo que sólo ocurre en un espacio en el que los mejores nunca son bien vistos por la masa, que diría Ortega y Gasset, estabulada en lo política y académicamente correcto. Por eso a Umbral, lírico y terrorista en el lenguaje, inventor de palabras, hijo directo y espiritual de los grandes como Quevedo, o Valle-Inclán y Ramón Gómez de la Serna (a quienes dedica magníficos ensayos), nunca fue admitido en la Real Academia de la Lengua española. Pura envidia –suponemos- era lo que le profesaban a este «cascarrabias» dispuesto a hablar de su libro en un ya mítico programa de televisión. Pero Umbral seguirá siendo, por fortuna, uno de nuestros escritores más auténticos y librepensadores, nuestro Henry Miller español, lo que reconoce en Diario de un escritor burgués. Y aun lo cita en Trilogía de Madrid: «Leía yo mucho a Miller en Vallecas, ediciones clandestinas de Losada con olor a nafta y huevos con panceta».
Umbral, que aspiró a ser sublime sin interrupción como Baudelaire, supo retratar como nadie nuestra España.

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