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sábado, 1 de octubre de 2011

B.B. King en León

Hay conciertos que uno no debería perder por nada del mundo, y el concierto que nos ofreciera B.B. King, hace unos años en la plaza de toros leonesa, es uno de ellos. Un concierto que nos quedará grabado en la memoria. Es probable que no tengamos la ocasión de verlo nunca más en concierto; luego de esta gira tiene intenciones de retirarse. La primera y la última. Qué emocionante. 

Confieso que, aunque en un principio pensaba ir a este concierto, la tarde no se presentó favorable, habida cuenta de que uno vive en Ponferrada, y la faena diaria no perdona. En cualquier caso, si uno se guiara por esto, no disfrutaría de lo que de sí pueda ofrecernos la vida. De vez en cuando conviene dejarse llevarse por los sentimientos. Ser en extremo racional nos impide, en ocasiones, que se cumplan nuestros deseos y nuestros sueños. Ciertas dosis de pasión aderezan la salsa de nuestra vida. 

A punto estuve de desistir en el empeño de acercarme a León a ver al mítico hombre del blues. Mas el azar, o lo que fuera, quiso que al final me acercara. En realidad no fue ningún azar, sino que gracias al amigo Lolo, que es bien acogedor, fui al concierto. Lolo, además de un gran tipo, es músico y amante del blues. No teníamos entrada, lo cual entrañaba el riesgo de quedarnos en la calle. Pero ello tampoco fue ningún inconveniente. Había gente en el concierto pero no tanta como para atestar la plaza hasta la bandera.  Si en vez de actuar el rey del blues, hubiera actuado un tal Bisbal o cualquier mindundi de la canción ligera y el pensamiento débil y aplanado, es probable que las entradas estuvieran agotadas. Pero como quiera que actuaba uno de los grandes, tuvimos entrada y buen sitio para disfrutarlo cual se merece. 

B.B. King, su espectacular banda, y Raimundo Amador, que se incorporó al concierto un cuarto de hora antes de que acabase, lograron emocionarnos. Raimundo es también un geniecillo tocando la guitarra. “Raimundo, my amigo”, dijo repetidas veces B.B. King. Y Raimundo le correspondió besándole la mano cual si se tratara del papa de la música. 

Es tal la destreza de este mago del blues que uno se queda boquiabierto cuando lo escucha. “Está sobrado”, nos decía el amigo Basilio, que también nos acompañó en esta correría musical. Y en verdad que estuvo sobrado y simpático este músico de Mississippi, que tocó como los dioses, y movió con ritmo su corporeidad vital y negra, incluso sentado. Antes aun de que el señor King nos deleitara, Shemekia Copeland nos había estremecido el alma con su voz de negra espiritual, proyectada más allá de las estrellas. 

Aún hoy, años después, sigo escuchando sus voces como si aún estuviera en el León Arena.

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