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viernes, 10 de junio de 2011

La Fura dels Baus o el teatro de la crueldad

Con la que está cayendo ahora, empapados de violencia por doquier -no bien sales a la calle, ya te están agrediendo. Esto aquí no, aquello allá tampoco, y así en este plan de despropósitos-, es buen momento para rendirle homenaje a esta compañía de teatro, en su día Premio Nacional, que sigue manteniéndonos alerta de los desvaríos que ocurren en el mundo. A buen seguro pergeñarán un montaje en torno al movimiento del 15-M, que comienza a provocar malestar en las entretelas socio-políticas, con la consiguiente represión mandataria. Siempre el poder, el ejercido, dándole estopa al que se sale de la raya. Vivimos una época convulsa y eruptiva (en realidad ningún tiempo conocido ha sido rosa), que en algún momento acabará reventando, explosionando como esas mochilas-bomba que utilizan los fureros (fureras) en Imperium. El Imperio de la sinrazón y los monstruos desrazonados se imponen. Grandioso espectáculo.
La Fura dels Baus, más conocida como La Fura,  es el curioso nombre de un grupo de teatro surgido en la ciudad de Barcelona a finales de los setenta. Ya, desde sus inicios, se nos muestra vanguardista y transgresora en su afán por encontrar una nueva forma de hacer teatro, que rompa con moldes y modelos clásicos y tradicionales.

A partir de los años noventa la compañía incorpora a sus nuevos proyectos el teatro digital, como el Work in progress 97, espectáculo en el que se conectaban escenas que ocurrían simultáneamente en diversas ciudades. También son conocidas la representación de óperas como Atlántida, de Manuel de Falla, El martirio de San Sebastián, de Debussy  La condenación de Fausto, de Berlioz para el Festival de Salzburgo de 1999 o bien Orfeo, de Monteverdi.  

Entre sus grandes espectáculos, cabe destacar la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de 1992 de Barcelona. Y en cine también han hecho sus pinitos, con la película Fausto 5.0.

Desde que viera su espectáculo Noun en el Festival de teatro de la ciudad francesa de Châlon-sur-Sône, allá por el año de 1992, he seguido su trayectoria, en la medida en que he podido, siempre con devoción. Noun me pareció un delirio, incluso una  agresión al espectador –con aquellos coches de choque que te embestían como toros de Miura por la nave en la que se desarrollaba la acción- pero a la vez resultaba fascinante, hipnótica. En aquel surrealista espectáculo, los espectadores asistíamos al nacimiento de unos seres, que acababan envueltos y absorbidos por las máquinas. 


De unas bolsas de plástico, colgadas de una estructura metálica,  veíamos surgir a estos humanos, en postura fetal, desnudos. De repente se rajaban las bolsas y nos sorprendía el agua (el líquido amniótico, ay) cayendo, cayéndonos encima incluso, al tiempo que comienzan a asomar el hocico los neonatos, las neonatas, creo recordar, algo creciditas.

Otro de sus espectáculos que causó impactó, incluso revuelo entre la población, fue el estreno de XXX en el 2002. Tuve la ocasión de ver esta obra en Madrid, en la que La Fura se propuso la adaptación, por lo demás libérrima, de la obra del marqués de Sade, La filosofía en el tocador. Los actores y actrices, a lo largo de toda la representación, aparecen desnudos  y aun simulan hacer el amor en escena. Asimismo, interactúan con el público, de forma que asistimos a una transgresión del espacio privado del que supuestamente goza un espectador en una obra convencional.

La última función que he visto de la Fura es Imperium, hace ya algunos años. Creo recordar que fue en 2007. La compañía catalana retoma, una vez más, al marqués de Sade, ese figurón que tanta influencia ejerció en la Revolución francesa, así como en la filosofía de Nietzsche, el psicoanálisis freudiano y el surrealismo.

Con Imperium La Fura sigue inflándonos literalmente a hostias, consagradas y en tinta azul, verde, roja, lo que nos devuelve a nuestras urdimbres primigenias de bestialidad. Nada nuevo bajo la capa de las estrellas, sobre todo después de haber leído con intensidad y devoción a Sade, aquel revolucionario tarado y lúcido que pasó gran parte de su vida en cárceles y hospicios, y que tanto influyó, como señalé, en los surrealistas, en especial en el teatro de la crueldad de Artaud, el cual llegó a ser como un alma gemela del marqués filósofo y librepensador. Y es que La Fura hereda el lenguaje de sonidos, gritos, sorpresas, esplendor de luces y una modulación de la palabra, del gesto, de la expresión artaudianas en una época, la nuestra, en la que no sólo predomina la tecnología sobre el saber artesanal, sino que somos esclavos de ésta. Esa forma de entender el teatro, que tiene La Fura desde sus comienzos, está en El Teatro y su doble, donde se nos habla de  cobertizos e iglesias donde se puede jugar/actuar, y en los cuales puede haber distintas acciones simultáneas, violentas imágenes que impresionen e hipnoticen al público, acciones propias de nuestro mundo sadomasoquista, en el que se impone la domesticación física y espiritual como una suerte/desgracia de totalitarismo, imperialismo romano en esta posmodernidad en la que seguimos siendo harto morbosos, y disfrutamos viendo actos bárbaros, al igual que los romanos de la época clásica disfrutaban viendo cómo los leones se zampaban a los gladiadores en el circo.

La Fura, a través de su Imperium, ha vuelto a torturarnos, a azotarnos con sus látigos, a envolvernos en un escenario, en esta ocasión en el Polideportivo de La Torre de la ciudad de León, en el que el público participó de modo inevitable y activo en la ceremonia, porque los actores, en este caso las ocho actrices o furonas, semidesnudas y embadurnadas como diosas griegas, transgreden el espacio íntimo del espectador, que queda atolondrado por el constante vaivén escénico. Desde la explosión de una bomba hasta el desenlace final a garrotazos, el espectador se siente intimidado, agredido por la violencia, el dolor, el terrorismo, la inseguridad de nuestra época.

La Fura, con este espectáculo, nos ha recordado nuestro miedo ancestral: a los virus, al sexo, al dolor, a nuestros jefes, a perder el trabajo, a la libertad y a la muerte (como última fase del Imperium o Imperialismo), ese miedo que nos condiciona y paraliza, porque tal vez sigamos viviendo bajo el Imperium Res Pública de Saló y los ciento veinte días de Sodoma, como bien nos enseñaron Sade y Pasolini, los cuales están a su vez en esta obra. O al menos eso me hizo recordar. 



Seguiré pendiente de sus próximas actuaciones. No os las perdáis, no tienen desperdicio.




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