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lunes, 25 de abril de 2011

Semana de trastadas


Zamora
            Ésta no ha sido en verdad una semana de trastadas, sino de paz y sosiego, con paseítos por las veredas del amor y los afectos, la asistencia a la presentación de El agujero de Helmand, la novela de Carlos Fidalgo en Bembibre, un café literario en Noceda, del que hablaré en otro momento, y así, en este plan tranqui, reescribiendo por lo demás sobre el figurón de Miller, Henry, claro está.

Por su lado, la Santísima nos ha acariciado, un año más, con la mano incorrupta y museal. Y uno sin asomar ni si quiera el hociquín al "procesionamen", ni para ver al santo Bebedor-Genarín callejear por el León húmedo.

La Santísima suele aparecer o aparecerse en escena  vestida con una bata color malva y el rostro hecho una lacrimosa andante. Esta santa se le mete al paisanaje hasta en el espíritu corpóreo, sobre todo a aquel que es mocho de sacristía. En todo caso, la procesión va por dentro. En unos y en otros. Creyentes y descreídos. Fanáticos de la religión y ateos gracias a dios. A paso de saeta. Ay, la saeta, qué hondura. Es irremediable. Ella, la santa procesión, es irresistible y penetrante. Pues, cantémosle el Réquiem de Mozart, el Miserere de Michael Nyman, o una misa de resurrección. Por todos los difuntos y difuntas que en el mundo son.

"Antes muerto que descreído", te solían decir antaño. Qué terrible. Qué peso. Cuánta amargura. Si lo que uno desea es vivir a todo dar, vivir con alegría. Y lo demás, cuentos trasnochados.  Imposible alejarse de el rancio "mochismo". La tradición religiosa y los estereotipos siguen bien arraigados en nuestros esquemas de irracionalidad controlada, descontroladoa, incontrolable, en nuestro organigrama maniqueo.  Lo más saludable sería viajar más allá del bien y del mal, y desterrar  el maniqueismo de la república, abandonar cualquier suerte o desgracia de religión. ¿De qué República?

            A matar judíos se nos ha dicho, porque echarse a la cazuela judíos es el pan nuestro  -cuerpo de Cristo- de cada día. Corren tiempos xenófobos y bélicos, clasistas y repugnantes. Como si cargarnos judíos fuera un atavismo católico-apostólico, romano-hitleriano, del que nos resultara imposible desprendernos. Como si despachar judíos entrara dentro de los cánones establecidos por la moral cotidiana, convencional, o la ética consumista.

Se asegura que para matar judíos hay que trincarse unas sangrías, sangre de Cristo, y zamparse unos frisuelos, hostias de Jesusín Nazareno. Por cierto, durante la pasada semana santurrona también vi en la tele el Jesús de Nazareth, de Zeffirelli. Me perdí, ay, el último capítulo. Qué pena.

Haylos y haylas que aprovechan el contubernio para hacer y hacerse el draculín y draculina,  y hasta para chuparle el botoncito de alarmas incendiarias a una madonna, o bien entrarle al vecino o...  yugular a la vecinita de enfrente... psicopatía al canto, antropofagia, que la violencia es el pan nuestro de cada día. Chupar la sangre al prójimo es lo que se lleva, y aun se trae el personal entre pecho y glúteo, unos debajo del sobaco, que empolla fiebre y pollitas ponedoras, otras entre las piernas, como en la película de Gómez Pereira.

La Santa Semana suele serlo asimismo de murciélagos  que contemplan, impasibles, cómo una caterva de cafres se chinga a un montón de cadáveres y ánimas en pena, aquí y acullá,  en tierras libias, en pagos afganos e irakíes, en tierra santa, en el África negra, que sigue en erupción... por los  cuatro costados del mundo, en el crepúsculo rojizo de una tarde. Por ejemplo.

            Es semana de mochos y mochuelas de sacristía, sangría, chicha, limoná, sangre infecta, vírica, sidosa. Abstinencia, recomiendan los catequistas del Vaticano. Papa incluido, que ahora responde dudas existenciales, vía televisiva, a los feligreses desde su poltrona. Santidad castiza, decimonónica, grotesca. Mientras tanto, el mundo arde en llamas. Y las fumarolas se extienden desde el cráter del Popocatépetl en México lindo y chingado hasta este ombligo cósmico (y útero gistredense) que es el Alto Bierzo. Pero la hoguera del domingo de resurrección acabará purificando, algún día,  el SIDA y toda la sangre purulenta que en esta Tierra Santa hay.

Papones en Semana Santa (Zamora, 2009)
            Los papones, con el careto velado y ojos inquisidores, escondidos tras la máscara, seguirán desfilando como una tropa Ku-kux-Klán entre la muchedumbre. Carnaval procesional y profesional. Nomás. No estamos en la semana sevillana, clavados a la cruz, ni en las procesiones de capas pardas de Zamora, en las que hay penitencia y pústulas, martirio y llagas. Aquí sólo sacamos a orear las prendas íntimas del vecindario, y el sábado santo hacemos trastadas (hacíamos trastadas, ahora ya nos hemos convertido en benditos),  y b(v)acilamos a Cristo y a su madre, si ha lugar. 

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