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viernes, 18 de febrero de 2011

¡Ay, amor, un botelo en mi plato!

Recupero este texto, escrito hace años para el Diario de León, y reescrito ahora para la ocasión. El próximo finde, sábado 26, se celebrara por todo lo alto (supongo) el Botillo en la capital del Alto Bierzo, en el flamante edificio Bembibre Arena, que se inaugurará hoy mismo, a las siete de la tarde, con la presencia del carismático Chaves. No os perdáis la cita con el Botillo.


"En asomando San Blas/las madres Carnestolendas", escribe  Luis Quiñones de Benavente. Sí, amiguitos y amiguitas, es tiempo de carne y carnalidad. Es tiempo de butillo, butiello, botelo o simplemente botillo. A vuestra elección. Elegid la palabra o palabrín que más resonancias atesore en sus adentros, y la que más saliva os procure, porque segregar saliva es signo evidente de apetito, como vino a demostrarnos el señor Pavlov en unos experimentos que no ha menester explicar aquí y ahora. 

Es tiempo de botelo, "eiquí" y "eillí", que dirían en mi pueblo, sobre todo en este Bierzo al que le gusta meter en adobo las carnes de cerdo. Pues, venga, aderecemos el botillo con el rojo y picante pimentón (tan propio de Ponferrada, otrora capital piementera, hoy perfilada como Ciudad de la Energía). Condimentemos el botillo con el rojo libídine para que le dé vida y colorido excitante, amoroso, así como un característico sabor ancestral, que nuestro nutriente matrio (el botelo) quede realzado con la poesía del color y sabor, que tanto nos eriza los huesitos de la alegría y acaba poniéndonos... los ojos como platos, golosinos perdidos.

Haylos y haylas a quienes, nada más ver un botillo en su punto, se le encarnan los ojitos, pues estos también comen con la mirada, incluso lamen ("lamben", que se dice por ende), soban y magrean en su mirar atrevido y glotón, y hasta devoran aquello que seduce y embelesa: ese encendido cuerpo de amor y frenesí. Aunque, para no hacernos la lengua un lío y la boca una alpargata, un botillo no nos consuela y aun satisface al completo sólo con arrojarle una ojeada, ni siquiera con olisquearlo, sino que amerita de unos buenos mordiscos y dentelladas en sus entretelas, y si es posible, y podemos permitírnoslo, en todo el entresijo de su intránima (acaso no sabíais que también el botillo tiene alma), que en el masticar está el gustirrinín y el meollo del asunto.

Un Botillo a tiempo, en mayúscula calidad, bien servido y acompañado de cachelamen y amorosidad hace que nos sintamos dichosos.

Es la boca, quizá, esa factoría artesanal donde se trocean y moldean a nuestro antojo nobles vituallas, comestibles, a veces, de incalculable valor, como lo es el plato estrella del Bierzo en este (o en otro) restaurante de las palabras, que aderezamos, eso sí, con entrega y pasión, porque uno ya ha sido cocinero y amante antes que fraile o flayre, que de este último modo aparece escrito en el Libro del Buen Amor,  incluso lo dicen los paisanines y paisaninas, y a este menda le parece chistosito.

Es en la boca, tal vez, donde se saca punta y lanza a la belleza de los alimentos, porque la belleza será siempre comestible o no será, como nos dijera el divino Dalí en un texto publicado en la revista Minotaure, titulado o intitulado "De la beauté terrifiante et comestible".

A partir de ahora se podría hacer del botillo un fetiche culinario, artístico, al cual podríamos  rendir culto cual tótem de la tan cantada y laureada gastronomía berciana (léase, por ejemplo, El Bierzo y su gastronomía), como el surrealista Dalí hiciera con algunos objetos-alimentos en su casa-museo de Figueras (que bien se merece una visita).

Propongo que en Bembibre, la tierra por excelencia de los embutidos botilleros, junto con Molinaseca, se construya el monumento al Botelo. Como en su día se hizo en Molina. O mejor dicho, ssugiero que se vuelva a recuperar el certamen literario en honor de tan preciado embutido. Manos a la obra y que todo salga a pedir de boca.

El Botillo, que ya se conoce allende nuestras fronteras (y que también se degusta en los Trás-Os-Montes portugueses), llegará a ser universal. Y algún día los marcianitos se rechuparán los dedos -suponiendo que los tengan- y se les caerá la baba de inmenso placer desbocado sólo con asomarse a un botillo cocido con repollo y cachelos de El Codesal de Noceda.

Salud y gozo, estimados carnalitos y carnalitas, y bon appétit, que dicen los gourmets franchutes. ¡Que apetito nunca nos falte, porque teniéndolo, no habrá en el mundo botillo que se nos resista! Eso lo saben hasta los eclesiásticos del Vaticano y todos los cofrades que deambulan por el mundo "alante". O sea que, una vez más, manos y dientes al botillo, o lo que haga falta.

No nos demoremos y zampémoslo antes de que llegue la señora Cuaresma con la rebaja, y a lo peor se nos corte de cuajo la digestión, sólo con verla a ella, tan escuálida y casta, que esta doña es harto mandona y cativa, amén de "flaca, magra e vil sarnosa", según el Arcipreste de Hita.

Ya sabéis que la doña Cuaresma no quiere vernos, la muy enganida y escullimada, entre carnes y enredos carnales, a nosotros -seres carnalísimos- a quienes tanto nos entusiasma andar con las manos en la artesa, rebozados entre chichos o jijos o chichas y costillas varias.

No me digáis que no es un placer -de dioses y diosas- embadurnarnos los dedos mientras le metemos mano al pellejo o la pelleja que reviste el botelo, mientras lo desgarramos, que es así como se zampa botillo, como cuando Don Quijote se entretenía con los cueros u odres de vino, que para mí tengo parecidos a los botillos.

Yantemos, pues, botillo sin remilgos porque en este manjar, matrio y alegórico, siempre podemos encontrar un trozo de gloria, bendida, claro está. Y dejémonos de esas puterías fast food, rápidas y colestelóricas, que a toda costa pretenden "encalomarnos", con el tocinamen subido por el tejado de los abusos y la desfachatez.

No en vano, sabemos que el botelo ha sido pitanza de númenes divinos en ágapes y fiestas religiosas, festines jacarandosos, farras a todas margaritas... Se cuenta, incluso, que la alta aristocracia, tan refinada ella, se relame las uñas de las manos con esta delicia. Algunos le dicen rey supremo, príncipe de la gastronomía del Bierzo. Y a otros nos parece cuerpo de Cristo o de Madonna, encarnación arrebatadora, amor apasionante, deleite en Re Mayor.

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