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miércoles, 29 de septiembre de 2010

Aproximación a Berlín

El avión está a punto de aterrizar. El cielo se muestra encapotado, como si de repente se hubiera oscurecido, tintado de un gris plomizo, alertando quizá de algo. Tu verano se ha convertido, en un abrir y cerrar de ojos, en otoño, incluso en invierno. O eso parece. Cada viaje entraña sopresas, y tal vez aventuras, emociones que resulta imposible imaginar ni olvidar. La aventura ya ha comenzado, sólo queda degustarla, entrarle de lleno y por la puerta grande. Cada mirada es un mundo que se abre, cada sentimiento ayuda a percibir de un modo, diferente según el estado anímico, según tu predisposición, incluso según tu sub-consciente cultural y aun contracultural. Te han colonizado y bombardeado con imágenes, que acabas integrando con naturalidad, clichés y tópicos sobre determinados lugares y personas, a resultas sin duda de los medios de comunicación. No resulta fácil espantarlos, aunque sea por un momento. Por eso deberías mirar con otros ojos, entender la realidad también a través de los sonidos, ver con el tacto y el gusto, poner en funcionamiento todos los sentidos a la vez, abrir tu espíritu y tu mente a nuevas experiencias, dejarte hacer,  abandonar tus preconcepciones. Lo interesante sería, una vez más, tener una mirada original y limpia acerca de la realidad, sentir el mundo como si fuera la primera vez, con la inocencia salvaje de un niño que caligrafiara en su cuaderno de infancia.

El aterrizaje se desarrolla con normalidad, a pesar de esas nubes negruzcas que turban y pertuban, y encima impiden ver con una mínima claridad el entorno. Todo esto, y mucho más, se te pasa por la mente, mientras el avión sigue su curso por la pista de aterrizaje, derechito, aplomado hasta detenerse. "Pueden desabrochar sus cinturones y no olviden sus objetos personales...".

Berlín, acaso en forma de oso amoroso, te da la bienvenida. Ha llegado usted a Schönefeld. Así aparece escrito en algún lugar: Flughäfen Berlin-Schönefeld, para ser más exacto.
A pesar del encapotamiento del cielo berlinés, sinfonía de una ciudad, no hace frío. La temperatura es agradable, y todo apunta a que esta ciudad histórica e historiada, se perfilará acogedora.


He avisado a Miguel Ángel García, corresponsal de Televisión Española en esta ciudad de ciudades, para quedar con él, lo que a priori se me antoja extraordinario. ¡Quién mejor que un amigo y paisano como cicerone!
No es la primera vez que viajo a Berlín, pero siempre se agradece que alguien versado, buen conocedor de los entresijos y la vida de esta gran capital europea, te ayude a ver otro Berlín, o al menos te sugiera sitios, te hable de sus habitantes, de su modo de vida, de su forma de entender el mundo. "Los alemanes, bueno los berlineses, son pesimistas y perezosos, unos existencialistas", aclara convencido Miguel Ángel. Sí, los alemanes se parecen mucho a los franceses, me da la impresión, en que son existencialistas, siempre se están quejando, pensando en el futuro, en sus planes de futuro, en ahorrar, no vaya a ser que vuelva la Guerra y el holocausto -qué duro, su pasado más reciente-, y así en este plan, me atrevo a subrayar. Incluso no son tan trabajadores como la gente cree. Cuando veas trabajar a alguien, después de las cuatro de la tarde -insiste Miguel Ángel- se trata de un español. Roto, una vez más, el típico tópico del alemán trabajador y el español vago, me siento con ganas de re-descubrir Berlín, aunque ésta como otras necesitaría toda una vida para entenderla, pero uno -es evidente- no dispone de una vida para conocerla.
Se trata de una ciudad de dimensiones colosales, como la mayoría de las ciudades alemanas, que por cierto se asemejan a las norteamericanas. "Berlín -apostilla Miguel Ángel- tiene menos habitantes que Madrid, pero es muchísimo más grande en extensión". 
A decir verdad, sólo hay que darse una vuelta por el Tiergarten, un parque o bosque cuya extensión, por decirlo a la ligera, es mayor que la de muchas pequeñas ciudades españolas. A lo mejor es exagerado lo que estoy diciendo, pero es una impresión, en todo caso. Como cualquier ciudad, y para tener una idea de su grandeza, sobre todo del llamado centro o zona A, hay que patearla, recorrerla a pie o en bicicleta, aunque resulte una locura.

Desde Charlottenburg -donde decido alojarme- hasta el lugar de trabajo de Miguel Ángel (en la Reinhardtstrasse, 58), cercano a la estación principal de trenes,  la Hauptbahnhof, se perfila una larga caminata, que por otra parte resulta agradable, sobre todo si luce el sol, algo poco habitual, y que el viajero aprovecha como un lagarto, después de un primer día desapacible en lo climatológico, aunque estimulante en lo demás.

Vaya paseo que te has largado, me dice Miguel Ángel, pues yo, que vivo en el barrio de Charlottenburg, he venido algunas veces a trabajar en bici, y es una tirada enorme. No importa cuando uno lo hace con gusto, por el placer de ver mientras camina, porque sólo así se siente y descubre la ciudad. Aunque recorrer Berlín en bici también puede ser una delicia, pues se trata de una ciudad llanita, con carriles de bici habilitados expresamente para el ciclista paseante.

Continuará la visita a la ciudad de las grúas que apuntan desafiantes al cielo, en constante cambio y recuperación, después de la caída del Muro de la Muerte.

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