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lunes, 25 de octubre de 2021

León, la provincia que más ruge, por Aniano Gago


Se alegra uno de que el periodista y escritor Aniano Gago, colaborador de la revista La Curuja, se acuerde de uno en este artículo sobre León en esta revistur: https://www.revistur.com/
Enhorabuena
, Aniano.

“La historia de Léon es incomparable, inmensa, determinante en el devenir de España. Por eso sus gentes miran hacia atrás con el objetivo del futuro, porque lo mejor de esta tierra está por llegar.”

“León capital tiene un patrimonio único, maravilloso, pero toda la provincia está llena de monumentos excepcionales. No puede concebirse León sin viajar por su pueblos, meterse en sus entrañas, saborear su gastronomía y hablar con su gente.”

Aniano Gago

     Primero fue campamento militar (Legio VI Victrix), después Legio VII Gemina, después reino suevo, más tarde reino visigodo, después llegaron los musulmanes tras ocupar casi toda Hispania, fue recuperada por Alfonso I, más tarde estuvo deshabitada (a algo nos suena esto ahora) hasta que Ordoño I la integra en el Reino de Asturias, se repuebla, y finalmente Ordoño II convierte a León del Reino Astur iniciándose el Reino de León. Hablamos del año 914.

 

    ¿Alguien tiene más historia en esta Península? Porque es que ahora que he leído dos tomos de la formación del Condado de Castilla, del que fuera catedrático de Historia de la Universidad de Valladolid, Gonzalo Martínez Díez, es cuando he descubierto de verdad, y no con apuntes sesgados, la dimensión real de León. Una historia jalonada de valientes, de reyes con poderío, como los Ordoños, como los Ramiro, como García, como tantos otros. Una historia llena de dimensión que ahora sigue enhiesta. Una historia desde donde se fundamenta la lucha cristiana contra el poder islámico en la Península.  ¡Casi nada! Por supuesto que el Reino de Pamplona y el Condado de Castilla, sobre todo a partir de Fernán González, son piezas claves en esa lucha, pero León tiene un apartado propio, esencial y determinante en el devenir histórico en el que ahora vivimos.


                      PRIMERAS CORTES DEL MUNDO


    León tiene dentro la fuerza del nombre, el rugido permanente de las gentes que lo habitan; gentes indomables, capaces de haber hecho las primeras Cortes del mundo, que es como decir ser pioneros de la actual democracia. Antes que Inglaterra, antes que nadie, en 1188, reinado de Alfonso IX. De hecho, la Unesco la ha reconocido en el Programa Memoria del Mundo, como “el testimonio más antiguo del sistema parlamentario”. ¿Alguien puede presumir más? No. Otra cosa es que la Historia evoluciona, unos imperios se vienen abajo y otros emergen. Pero León, con esa fuerza natural que acompaña a esta tierra, sigue ahí con toda su vitalidad. Ahora integrada en la Comunidad Autónoma de Castilla y León, gobernada desde la Diputación Provincial y orgullosa de saber lo que fue y estar convencida de que lo mejor está por llegar. Eso siempre pasa cuando se tiene visión de pueblo, se sabe de donde se viene y se tiene capacidad para avanzar, por convencimiento, por recursos y por amor a la tierra.


    León es la Pulchra Leonina, esa maravilla de catedral que para mí siempre encerró la perfección. Cada vez que la veo siento lo mismo y digo lo mismo: la perfección existe. Y me entusiasma la Colegiata de San Isidoro, y todas las tumbas que encierra, que vienen a ser la memoria humana más clara y precisa de una tierra. Me deslumbra San Marcos, y me deja anonadado que ahí estuviera encarcelado mi más admirado escritor: Francisco de Quevedo y Villegas. Los nombres que acompañan a esta ciudad son inacabables, por eso solo podemos dar apuntes. Palacio de los Guzmanes, Casa de Botines, Palacio del Conde Luna, iglesias de San Martín y San Marcelo… museo de Arte Contemporáneo, Fundación Vela Zanetti (que no era de Burgos que era de León).

                             PUEBLOS Y GENTES


   Pero León son sus montañas, sus ríos, sus gentes, sus pueblos, si unos sugerentes otros colmados de patrimonio y riqueza histórica. El problema es resumir un imposible. Porque León llena libros y libros, bibliotecas y bibliotecas.  He hablado un poquito de León capital. Pero y ¿qué decir de Astorga? La capital maragata, además de su catedral, encierra una personalidad única, hasta en el nombre: Austurica Augusta, nada menos que el mayor emperador romano, Augusto, (27 a.C. 14 d.C.). Allí dejaron huella muchos artistas, pero uno muy especial, Gaudí, con su Palacio Episcopal. A mi de Astorga me gusta todo, pero fundamentalmente su chocolate, y su cocido maragato, siempre con Castrillo de los Polvazares y Santiago Millas como puntas de lanza.

  De joven, siendo futbolista, fui a jugar con el Zamora a La Bañeza. Nos ganaron, pero aquello ya no importa. Me quedé con las iglesias de Santa María y San Salvador, su plaza mayor y el inigualable sabor de sus alubias. La Bañeza presume de carnavales con razón, y de tener una personalidad muy definida, hasta el punto de haberle dado la reina regente María Cristina el título de Ciudad, acogido en 1896 con regocijo tras inaugurarse el ferrocarril Plasencia-Astorga.


    Ponferrada tiene la fuerza que le dio el hierro y el carbón, y el ser la capital del Bierzo, el maravilloso Bierzo, lleno de uvas y viñedos, de árboles frutales y riqueza aurífera, la que se llevaron los romanos, con Trajano al frente en algunas etapas, antes de que este ocupara el máximo poder romano. Lo explica muy bien Santiago Posteguillo en su libro “Los asesinos del emperador”. Leí con delectación este libro donde descubrí como explotaron las Médulas para sacar el oro que habría de servir para conquistar las tierras más allá del Rin. Ponferrada es templarios, Casa de los Escudos, Basílica de la Encina, Ayuntamiento..., es, sobre todo, un puente de hierro sobre la historia, viejas minas de carbón, Camino de Santiago, el que he cruzado gracias a un botillo por su sitio…y radio, la del museo Luis del Olmo, con quien trabajé, a sus órdenes, en Barcelona, en su “Protagonistas”, allá por 1980 y 1981…Ponferrada es museo de Energía, es gente de raíces, es capital del Consejo Comarcal del Bierzo…Ponferrada es mucho.

                           LO QUE FUE QUE ES Y NO ES

 

  Riaño… Riaño lo que fue y no es, su valle, su agua, su inundación, es recuerdo, es sacrificio, es una historia cambiada, es paisaje, es montaña, es pantano, es la puerta del Parque Nacional de los Picos de Europa…Siete fueron las poblaciones sumergidas por las aguas cuando se hizo el pantano. Entonces yo era Jefe de Informativos del Centro de TVE en Castilla y León y nunca olvidaré las refriegas de los vecinos ante lo que se les venía encima contra la policía…Anciles, Escaro, Burgón, La Puerta, Huelde, Pedrosa, Riaño, Vegacerneja y Salio…todo se lo llevó el `progreso´… ¡Qué ironía! Como diría Miguel Delibes…"ese no es el progreso que a mi me gusta". Pero ya es tarde. Ahora hay que ir a Riaño para seguir descubriendo la belleza nueva, la que quedó, la que se ha formado. La Ermita de Nuestra Señora del Rosario sigue siendo un lugar a visitar tras ser trasladado piedra a piedra, como San Pedro de la Nave en Zamora con el pantano de Ricobayo. Y, para los nostálgicos, no dejar de ir al Paseo del Recuerdo, pegado a las aguas, así como visitar los miradores de Las Hazas y de Valcayo.


    Villafranca del Bierzo… ¡qué señorío, qué palacios, qué conjunto histórico artístico…! La iglesia de Santiago yo la he visitado con devoción, como antesala de Compostela, templo románico de finales del siglo XII…capilla barroca del XVIII…portada norte del Perdón…visita obligada por los 300.000 peregrinos que cada año van a Santiago de Compostela. A mi Villafranca del Bierzo me lleva siempre a la lectura de Antonio Pereira -¡qué grandísimo escritor fue!-, a comer su botillo, a dormir en su parador, a descubrir sus alrededores, a leer su fascinante historia…La primera vez que visité Villafranca del Bierzo me dije: ¡cómo es posible que no conocieras esto! Y es que no sabemos de la misa la media.

   A Molinaseca he llegado renqueante desde la Cruz de Fierro de Foncebadón en el Camino de Santiago. Desde allí una bajaba dura, llena de piedras, se convierte en el mayor enemigo de los tobillos. Según vas bajando divisas Molinaseca y sientes alivio, pero siempre queda un trozo por cubrir. Pero si llegas en verano te tiras al agua de su estanque-piscina natural que hace el río Meruelo y se te alivian todos los males. ¡Qué maravilla Molinaseca! Siempre con bares abiertos a la pitanza, con casas solariegas y blasonadas, con historia, con piedra y mundo rural, su inigualable puente, el de los Peregrinos, rodeado todo de robles y castaños… Molinaseca.

    San Andrés del Rabanedo está pegado a León capital, pero tiene su propia esencia, su personalidad generada por sus más de 30.000 habitantes y sus concejos, bien asentados y definidos, marcados por la impronta del río Bernesga… ¡Cuántos soldados han pasado por El Ferral del Bernesga!... su campamento… Zona de cereales, hortalizas y comercio…que está dejando de ser pueblo para convertirse cada vez más en ciudad. Es el signo de todos los pueblos que han crecido pegados a las ciudades mayores, en este caso León. He ido poco, lo confieso, a San Andrés del Rabanedo. Pero no olvidaré que una vez fui al notario, donde se firmó un importante acontecimiento comercial. De significada relevancia para León. Pero eso no lo contaré, que no viene a cuento.


    Bembibre, Benevívere, lugar de bien vivir, muy medieval, de entonces y de ahora. He ido mucho a Bembibre, tierra también del olvidado carbón, y del hierro, pueblo acogedor de inmigrantes, abierto, siempre con ganas de vida. Está en el Alto Bierzo y sus gentes son tranquilas, calladas y apacibles. Rodeada de montañas asequibles a los andarines. El río Boeza riega la zona, y el Noceda, de los que tanto hablaba el escritor Ernesto Escapa. De Noceda del Bierzo es el corresponsal en Berlín de TVE, Miguel Ángel García, que fue compañero mío en el centro de TVE en Valladolid. Gran periodista. Pedanía, o concejo de Bembibre, es Viñales, donde vive mi amigo Eduardo Keudell, escritor hispano-argentino que ha enseñado a los bercianos a hacer asados de su tierra al tiempo de impartirles clases de literatura. Su mujer Manoli, sí es del Bierzo, de La Silva, y domina bien los entresijos y las conductas de la zona. El Teatro Benevívere es el centro cultural de la zona. Los grandes vinos del Bierzo siempre son aquí santo y seña, perfectos para completar las horas dedicadas al trabajo físico y al intelectual. Cerca la Sierra de Gistredo, la que tanto nombra en sus escritos el gran Manuel Cuenya.

                                SEÑORÍO Y CARBÓN


   Valencia de Don Juan tiene tanta historia como señorío, la que dan sus tierras, en plena vega del Esla, próximo todo a los Oteros. Edad del Hierro, romanos, visigodos, árabes…multitud de personalidades en todos los tiempos, siempre la historia dentro, con la iglesia de San Pedro en su centro, levantada a principios del XIX. El municipio lleva a gala que fue sede del Concilio de Coyanza, convocado por el rey Fernando I. Señorío de Valencia de Campos, Condado de Valencia de Don Juan, Ducado de Valencia de Campos…Su castillo, imponente, majestuoso, indica todo lo que fue y sigue siendo Valencia de Don Juan. Pasear por sus calles es llenarse del pasado, de su historia, y ver que el futuro le seguirá perteneciendo. Es el centro de la comarca y su industria harinera siempre fue muy relevante.   

   La provincia de León es inacabable, pero termino recordando dos lugares señeros también, como Pola de Gordon y Villablino. Pola de Gordón está a orillas del Bernesga y las montañas amparan toda su simetría. Como Villablino, en medio de las cumbres, zona muy minera, siempre pendiente de la nieve, del tiempo. Dos poblaciones llenas de historia también, y sobre todo de trabajo y esfuerzo para sacarle a la tierra lo mejor de sus adentros. En Pola estuve en una boda donde corrió el vino y se desbordó  la alegría, como correspondía. Y en Villablino jugué un partido de fútbol, allá por 1971, en el que el campo estaba cubierto de nieve y las líneas pintadas de rojo. El agua para ducharnos al término del partido procedía del deshielo. ¿Ustedes creen que puedo olvidar Villablino? No, claro. Y menos admirando, como admiro, a su gran escritor: Luis Mateo Díez, el de la `Fuente de la Edad´. Lo he entrevistado varias veces. Un fenómeno. Como tantos escritores de primera línea nacional naturales de León, una tierra que genera talento a raudales y emociones maravillosas a todo aquel que la visita. Pues eso: Viva León, que es mi Reino. (Servidor es de Zamora, del Viejo Reino de León).

Fuego sin llama, por Amador Fonfría

Fuego sin llama

El encuentro inesperado en un hotel entre un hombre y una mujer es el motivo que le permite al autor componer este relato inspirado en Anaïs Nin e impregnado de sensualidad y fantasía, que nos lleva de camino por un mundo tan real como la vida misma

(Relato del Taller de Escritura que imparte Manuel Cuenya en la Universidad de León)

AMADOR FONFRÍA SANTÍN


Impulso, impulso, impulso:

          siempre el impulso procreador del mundo.

                                             Walt Whitman

 

La primera vez que se vieron fue en el pasillo del hotel, Encounter, en Baqueira, justo al salir de sus respectivas habitaciones. Y, en ese instante ella le lanzó una mirada seductora mientras se colocaba las vueltas de su collar de perlas sobre el pronunciado escote de su vestido, que dejaba entrever parte de sus encantos, murmuró: “A ver si atrapo a éste esta noche”.

          Ambos se dirigían al comedor para cenar. Ella, que avanzaba unos pasos delante de él. Mientras caminaba, acarició el tocado que recogía su melena oscura en un moño y dejó caer el bolso que llevaba en el brazo. Contemplar aquella sirena flotando sobre unos zapatos de tacón alto, enfundada en un vestido rojo que dibujaba las proporcionadas formas de su cuerpo y que mostraba sus interminables piernas, lo abstrajo un instante, quedándose sin palabras. Si te pillara esta noche vaya cortocircuito que íbamos a provocar tú y yo, pensó mientras esbozaba una sonrisa.  Al verla agarrarse a un radiador y agacharse para recoger el bolso, él se apresuró para alcanzárselo y pensó: ¡Joder,  cómo me estás poniendo! En ese momento, sintió una profunda necesidad de intimar con ella. Fue como un bálsamo, que le sirvió para dejar de recordar a su mujer.

 “Muchas gracias”, le dijo ella. Él le susurró unas palabras inaudibles, a la vez que su mirada se posaba en la cara interna de sus firmes muslos y, al percibir un trozo de tela rosa, se acentuó su sonrisa. Giró la cabeza para disimular y, mirando un cuadro, que representaba las sombras de una pareja desnuda abrazándose, pensó: ¡Parece que ya te vas colocando, lucerita! La siguió con la mirada hasta que se decidió a entrar en el aseo. Él continuó caminando hacia el comedor. Todas las mesas parecían estar ocupadas, pero súbitamente se percató de que unos comensales estaban a punto de levantarse de la situada entre un gran ventanal y una chimenea acogedora; a un lado tenía un soporte metálico con un fuelle y unas tenazas, al otro, un leñero repleto de troncos y enfrente del fuego dos orejeros y un sofá con una mesa auxiliar a cada lado. Parecía más el salón de una vivienda que el comedor de un hotel. Se dirigió a la camarera para preguntarle si podría sentarse en la mesa que quedaba libre. “Sí, espere un momento que ahora se la preparo”, le contestó. Cojonudo, el sitio más bonito para una cita de amor, se dijo.


Ella, que ya había llegado al comedor, parecía  enviar mensajes con el móvil, pero sin dejar de mirarlo de reojo. Movía los dedos con rapidez y mostraba el rictus serio.

El metre se dirigió a él y le dijo: “La mesa está preparada, señor, ya puede sentarse”.  Se acomodó junto a la ventana y miró hacia fuera. En una montaña nevada parpadeaban las luces, posiblemente de un hotel. El cielo, salpicado de estrellas entorno a una pizpireta luna llena y un viento procedente de los Pirineos movía las ramas desnudas de los árboles. Percibió un conocido aroma y se volvió. “Oye, disculpa, no hay mesas vacías. ¿Te importa que me siente contigo?”, le dijo la joven con la que se había encontrado en el pasillo. “Faltaría más”, le contestó señalándole la silla de enfrente con la mano.

Mientras leía la carta del menú, ella jugaba con el collar que dejó caer en la profundidad del canalillo. Sus miradas se cruzaron un instante y se deslizaron al unísono hacia una romántica noche que se intuía a través del ventanal. Él posaba la mirada de vez en cuando en su escote. Y ella se inclinaba hacia el lado izquierdo como si mirara los zapatos para mostrarle con mayor nitidez sus prominentes encantos. Y sintió cómo aquellas miradas lujuriosas acariciaban sus pechos. Él movió la cabeza y pensó: Las tiene más bonitas de lo que imaginaba.

Un camarero se acercó a la mesa y tomó nota de los platos elegidos para cenar. Ambos eligieron sopa y pescado a plancha. “Con el vino permíteme que te sorprenda: un Mencía del Bierzo espectacular, el Km 0”, dijo él. Después cogió la copa, olió el vino, lo paladeó y añadió:

—Tiene un toque a fruta de la pasión y a canela. Te propongo un brindis por nuestro encuentro.

–Por nuestra amistad. El vino, espectacular. A ver con que más me sorprendes.

—Por nosotros- le contestó-. Sí, está bueno y si es en buena compañía…

          Ella no le dejó terminar la frase. Necesitaba que la conversación avanzara lo antes posible.

          —Tienes razón. Disculpa que no me haya presentado, me llamo Mabel.

          —Y yo Andrés. 

—Por el vino que elegiste, intuyo que tienes raíces bercianas.

—Sí, mis padres eran de Ponferrada; pero vivo en Madrid.

—¡Anda, qué coincidencia! Yo, de Flores del Sil; pero llevo viviendo en Barcelona desde niña.

Andrés arqueó las cejas, abrió los ojos y apoyó con fuerza la espalda en el respaldo de la silla. Se levantó, se acercó a ella y le dijo: “Dame un beso”. Y antes de que ella reaccionara, ya él se lo había dado en la comisura de los labios. “Qué sorpresa, es increíble, habrá que celebrarlo…”, se le ocurrió decir a Mabel con voz pícara.

La complicidad de sus sonrisas y las miradas con matiz pasional, que ambos se regalaron desde su primer vistazo, se intensificaban según se iban conociendo.

—¿Cómo caíste por aquí? – preguntó él.

—Bueno, larga historia… Venía para hacer una campaña publicitaria de una firma de moda y me acaban de comunicar hace un rato que la han suspendido. ¿Y tú?

—Soy representante de una marca de ropa y material de esquí y vine a visitar un clien…

No le dejó que concluyera la respuesta y, elevando los hombros, le espetó:

—Cuéntame algo de tu vida: de quién eres amigo en Ponferrada, me imagino que estarás casado, no sé…

—Hace cuatro meses que enviudé –le contestó Andrés con semblante serio y voz trémula.

Mabel presionó los labios y lo miró un instante sin parpadear, y, al ver que su sonrisa apagada y su mirada sombría le cogió una mano entre las suyas y, tras un breve silencio, le dijo:

—Perdona, lo siento, Andrés. Yo también lo estoy pasando mal. Hace cuatro meses que me separé después de un matrimonio cargado de infidelidades, de humillaciones, etcétera. Y de un divorcio complicado, pero ya pasó.

Se acercó de nuevo el camarero para retirarles los platos. Y les dijo que, como ya estaba el comedor vacío, si lo deseaban, podían tomar el café en los sillones, porque estarían más cómodos.

Se sentaron en el sofá y después ella alargó su exigua falda. Él le miraba a los ojos y a las piernas, respectivamente, al tiempo que la leña crepitaba en el fuego como el deseo en sus cuerpos. Mientras apuraban el café departieron sonriendo de las coincidencias de la vida.

—Perdona. Voy al baño – dijo él.

Sin que ella lo viera, le ordenó al metre que después del café les sirviese una botella de champán, una caja de bombones y, si tenían rosas que le llevasen, por lo menos, una a su compañera.

Un camarero recogió las tazas y les sirvió lo comandado.

Ella permaneció callada y con cara de asombro. No daba crédito del recorrido que estaba llevando la noche. Y con voz entrecortada susurró:

—¡Y esto!

Andrés le ofreció una copa, el cogió la otra, la levantó y dijo:

—Por nuestro encuentro.

Un tronco de los apilados en el fuego se deslizó por la piedra que rodeaba a la chimenea hasta la alfombra que pisaban. Él se levantó y lo colocó de nuevo sobre las brasas, se agachó, avivó el fuego con el fuelle y luego le sopló en los pies. “Como harían en el pueblo”, apuntó satisfecho.  Se levantó, peinó con los dedos su melena algo desaliñada y subió las mangas de la camisa. Ella le esbozó una sonrisa y observó la firmeza con que el ajustado pantalón vaquero le dibujaba su atractivo cuerpo. ¡Qué cuerpazo tiene, el tío!, pensó.

Se sentó junto a ella. Le agarró la mano y le dijo: “Estás preciosa”. Le  ofreció de nuevo una copa de champán y le susurró al oído: “Por muchas noches como esta”. Le entregó una rosa y la besó casi en la oreja. Ella no dijo nada, sólo sonrió plácidamente, le acarició la cara y le agarró la mano.

La luz de la estancia empezó a atenuarse y se levantaron para dirigirse a sus habitaciones. Él le ciñó la cintura acercándola a la suya y sintió cómo el vestido de raso le transmitía una calidez que le encendía cada vez más el delirio de poseerla. Caminaron entre sonrisas y arrumacos. Y, al besarla en el cuello, apreció que el olor a vainilla de su perfume había adquirido un matiz ahumado, que lo hacía aún más excitante. Al acercarse a la habitación de Mabel,  ésta se sentó en el radiador, fingió la incomodidad de los zapatos y, mientras se descalzaba pensó: iA ver si me lleva en brazos a la cama, el buenorro, este! Él la estrechó con fuerza contra su cuerpo. Ella ladeó la cabeza, le besó los labios varias veces y rodeó los cuellos de ambos con el collar. Él le agarró el moño y le deslizó la cabeza ligeramente hacia atrás, abocinó los labios y la besó en los párpados. Luego le acarició y le besó sus pechos firmes. Ella le desabotonó la camisa, deslizo las manos entre el poblado vello de su pecho y también le desabrocho el pantalón que parecía oprimirle un poco más debajo de la cintura. Sus labios se fundieron en un prolongado beso. “Vamos para dentro”, le susurró él.  La cogió en brazos y le murmuró al oído: “Como te hacen daño los zapatos…”. Entraron en la habitación de Mabel y se tiraron sobre la cama. “Esta noche va arder Troya y lo que tien…”, empezó él a susurrarle al oído, pero ella no le dejó terminar la frase y entre gemidos masculló: “Qué arda, qué arda, el caso es que no eche llama”. Empezaron a quitarse la ropa despacio el uno al otro hasta quedarse desnudos. Ella esbozó una sonrisa pícara porque empezaba a vivir su deseo.

La lámpara se apagó, se encendieron las luces de emergencia y empezaron a anunciar por megafonía: “Se ruega a los señores huéspedes abandonen sus habitaciones cuanto antes y diríjanse a la entrada del hotel. Se ha declarado un incendio en el edificio”.

—Hostias, justo ahora –dijo él. Uno rápido, cariño, que acabamos antes de que bajen todos.

—Sí, sí, mi amor.

Una voz les gritó mientras les golpeaba la puerta:

—Salgan, salgan que el fuego está encima de la puerta de su habitación.

Ella ataviada con un albornoz y él a medio vestir se dirigieron entre el humo y el griterío de los clientes hacia el lugar que les habían indicado.

 

 


sábado, 23 de octubre de 2021

Se acabó la diversión, por Fernando Fernández

 Se acabó la diversión

Con sagacidad, sentido histórico y humor, habida cuenta de que la historia es cíclica y tiende a repetirse, el autor compone este texto reflexivo, alertándonos de lo que podría venírsenos encima a resultas de un cambio de era a otra a raíz de la pandemia mundial que aún estamos viviendo

(Relato del Taller de Escritura que imparte Manuel Cuenya en la Universidad de León)

FERNANDO FERNÁNDEZ SÁNCHEZ

Sin habernos percatado, durante este último año, hemos asistido al cambio de Era histórica. Atrás ha quedado la Edad Contemporánea y hemos aterrizado de bruces en la Era Covid.

Pero, antes, deberíamos poder retroceder algún tiempo en la historia. Pues eso, retrocedamos algo más de doscientos años. La Revolución Francesa supuso el intento universal de lograr una igualdad fraterna entre los humanos. Aquellas ideas revolucionarias, que facilitaron la libertad para los individuos, también lo hicieron para el sistema económico del capitalismo.

Los siglos XIX y XX han sido, para una parte de la Humanidad, sin duda decisiva, una época donde la libertad, pese a que hubo que pelearla en muchos sitios, consiguiera un desarrollo de los derechos civiles, que fueron finalmente declarados patrimonio de todos los habitantes de nuestro planeta. Esta parte del mundo civilizado ha llegado a disfrutar de unas cotas de libertad y de los derechos de las minorías como nunca se vieron.

Grandes avances tecnológicos para mejorar la salud, sobre todo dirigidos a los más afortunados, sociedades opulentas, dispendios infinitos, armas destructoras globales, y así un largo etcétera.

Sin embargo, este 12% de población mundial cultural y económicamente más desarrollada, que ha conseguido lo descrito, ha sido incapaz de llevar a feliz término los objetivos que la Revolución Francesa proponía. Antes al contrario, esta parte opulenta de los habitantes del Planeta se ha vuelto muy epicúrea. Ha buscado la felicidad por ella misma. De forma egoísta, sin sentirse hermanada con el otro. Qué difícil es ponerse en el lugar del otro. “San Paramí, que los santos no coman”, repetía con frecuencia mi padre al observar incoherencias sociales.

Pues bien, el hombre continúa jugando a “ser como Dios”, como leíamos en el Génesis (3:5) y era lo que pretendía el diablo. O bien hemos seguido la filosofía del ‘superhombre’, del que nos hablaba el filósofo Nietzsche, cuando decía que había que sustituir a Dios, porque «Dios ha muerto, queremos que viva el superhombre».

Y resulta que un bichito tan pequeño, como para que 1000 unidades de ellos quepan en fila en la sección de un cabello humano, nos ha vuelto locos.

Parafraseando al cantautor cubano Carlos Puebla en su conocido tema ‘Y en eso llegó Fidel’, nosotros, aquí y ahora, estamos obligados a decir: «Se acabó la diversión, llegó el Covid-19 y mandó parar».

A partir de esta pandemia universal ya nada será igual que antes. Besos, abrazos y ‘folleteos’ a doquier, y con quien nos guste, ya no serán posibles. Esa es mi impresión al respecto. La libertad que disfrutábamos voló como golondrina en primavera. De igual modo, a cómo andamos con nuestro DNI siempre a mano, así tendremos que andar con nuestra cartilla de vacunación y las PCR completamente actualizadas. O eso, o arriesgarnos a jugar a la ruleta rusa, yendo de valientes y despreciando nuestras vidas.

“La letra con sangre entra”, dice un refrán español. Nuestra actual percepción de individualismo, que nos ha penetrado hasta el tuétano, tendrá que cambiar para sentirnos miembros de una colectividad que va en un mismo barco. O colaboramos todos o nos hundimos todos. Aumentarán nuestros actos por mantener limpio el Planeta Tierra, saldrán a relucir mayores ideas para ayudar a los desfavorecidos, física e intelectualmente. Pero, también, lo harán los insolidarios y los prepotentes, aquellos que no sepan convivir en armonía con su vecino y con la Naturaleza. Por ello, me malicio que se producirá un Estado Policial Universal, al que todos estaremos sometidos.

Si es para el bien de la colectividad, perfecto. Mas si es, como siempre, para mantener el estatus de prevalencia de unos pocos, llegarán más revoluciones, y nuestra especie de ‘homo sapiens’ habrá demostrado que nunca fue la más inteligente del Planeta, pese a lo que dicen la mayoría de los antropólogos.