Vistas de página en total

martes, 21 de julio de 2020

De Beceña-Cangas de Onís a Riaño

La belleza verde de Beceña queda atrás para volver a Cangas de Onís, pararnos frente al mítico puente medieval, con su cruz y su alfa y omega, y hacer unas fotinas, como turistas amaestrados, antes de emprender rumbo a tierras leonesas por la carretera que discurre paralela al río Sella encarando el desfiladero de los Beyos (al parecer el término Beyo hace referencia a desfiladero, hoz o garganta).
Puentón en Cangas

En esta ocasión no habrá visita ni a Covadonga (pero al menos que mi madre tenga un imán en forma de santina, esto es, de virgen de Covadonga, aunque sea comprado en Cangas) ni a los lagos (al parecer en estos tiempos hay restricciones para subir a los lagos, que son de una gran belleza, aunque los de Saliencia, en Somiedo, también tengan mucho encanto. La próxima entrada se la dedicaré, por supuesto, a Somiedo y sus lagos de Saliencia).  


Desfiladero de Los Beyos
El desfiladero de los Beyos es un imponente y escarpado cañón fluvial, que corresponde tanto al Principado de Asturias como a la provincia de León. Se me antoja incluso más hermoso que el desfiladero de la Hermida. O al menos esa fue mi percepción al respecto, aunque quizá hubiera necesitado detenerme más y mejor a contemplar su rostro. Siempre se necesita tiempo (el oro, la sangre) para poder sentir y contar. 
montaña piramidal en Oseja

Estas hoces o desfiladero nos llevan directamente hasta Oseja de Sajambre, que podría pasar por un pueblo astur, donde nos hidratamos con cerveza (si tal cosa puede decirse), está a tiro de piedra. 
Oseja (curioso nombre, tal vez en referencia a los osos que por allí pululan) se halla dentro del Parque Nacional de Picos de Europa en un valle de alta montaña (con un cono rocoso o montaña en forma piramidal colocada en el centro, que resulta muy llamativa, ya en la distancia). 
En el propio municipio de Oseja se encuentra asimismo la fuente del infierno, donde tiene su nacencia el río Sella, que algunos consideran astur, porque Asturias, una vez más, ha sabido proyectarse, proyectar su imagen paradisíaca. 
En esto los astures nos sacan ventaja. No hay más que arrojar la vista a su territorio, en cualquier lado hay chiringuitos, algún punto de información, de cara al turismo, a sus visitantes. En cambio, la provincia de León está dejada de la mano del Señor (y de la Señora). Resulta harto sorprendente que de la parte astur del desfiladero de los Beyos haya animación. En cambio, de la parte leonesa sólo se percibe silencio (que, visto así tampoco es mala cosa, que se preserve el encanto de la naturaleza, sin nadie, sin ningún humano que lo perturbe). 
Iglesia de Oseja

El bajada del río Sella es conocido en todo el mundo porque se trata de un descenso internacional de piragüistas desde Arriondas a Ribadesella. Este descenso, que uno también ha hecho como turista en más de una ocasión desde Arriondas, es algo que uno debería hacer al menos una vez en la vida, aunque vuelque la piragua/canoa y uno tenga que salir a flote como puede. Como me ocurriera hace años con un grupo de Erasmus. Pero esto daría para otra entrada. 
Puerto del Pontón
La ruta continúa por el puerto de Pontón, con sus espectaculares paisajes (es en verdad todo un espectáculo contemplar, regodearse en estas montañas, en el verdor de sus entrañas), que nos llevará directamente hasta Riaño, ese Riaño con el que comenzamos este periplo a través de las tres hermanas y/o enamoradas tierras que son León, Asturias y Cantabria (también Galicia, aunque en este caso no ha sido incluida en el viaje). 
El viejo Riaño ya no existe, lamento haberlo visto, creo recordar, en una sola ocasión. Y su imagen se ha difuminado en mi memoria.
Riaño
Y ahora nos queda este nuevo Riaño que, como pueblo, ya no tiene gran encanto, pero sí lo sigue teniendo el entorno, el enclave, con ese embalse/lago artificial que nos invita a soñar con alguna época romántica (a nuestro paisano Gil y Carrasco quizá le hubiera entusiasmado, como le entusiasmara el lago de Carucedo) o bien posromántica. 

Sea como fuere, el viajero (en entrañable compañía) repone fuerzas a orillas del embalse con algunas viandas y bebida antes de poner rumbo a la ciudad de León, la bella desconocida. Creo que la provincia de León al completo es una bella desconocida. 

lunes, 20 de julio de 2020

De Bulnes-Poncebos a Cangas de Onís

El viaje continúa, desde Poncebos, destino Cangas de Onís cruzando el concejo de Cabrales. Sin prisas, como se debe viajar, hacemos un alto en el camino, en Arenas de Cabrales, para echarnos una sidrina entre pecho y espalda. 
Una sidrina siempre viene bien para refrescar. Además, es una bebida saludable, aunque si uno se toma varias acaba tambaleándose. 
Beceña

En realidad, el trayecto hasta Cangas se hace corto. No hay muchos kilómetros. Antes de llegar a Cangas, a la derecha, hay un cartel indicativo de Beceña (a 1,5 kilómetros). 
En Beceña tiene morada Mercedes del Valle, astur-berciana nacida precisamente en esta aldea, que estuvo casada con Emilio, alias Relojero, un nocedense, emigrante en Alemania, durante algunos años.  
Emilio era gran amigo de mi padre. Y el tío carnal de un buen amigo, José Manuel, que vive en el País Vasco. Al que no veo desde hace tiempo. 

Aunque he avisado previamente a Mercedes de mi viaje por las Asturies, está ya decidido acercarse a Cangas de Onís. No obstante, hemos quedado en vernos al día siguiente, aunque sólo sea para saludarnos. 
Me hace ilusión volver a ver a esta mujer después de tanto tiempo. Además, ella tuvo muy buen trato con mi madre mientras veraneaba en Noceda del Bierzo. 
Después de pernoctar en Cangas de Onís, que es pueblo en el que he estado en varias ocasiones (en una de ellas para impartir un curso de la Uned, del campus del Noroeste), quedamos en vernos directamente en su pueblo de Beceña, en el que nunca antes había estado. Y, la verdad, me apetecía conocer. 
Mercedes como escanciadora

La sorpresa mayúscula es que esta aldea es un excelente mirador a los Picos, de una parte, y a la costa, de otra. Una aldea poblada de hórreos, hasta Mercedes tiene el suyo, en medio de una campiña exultantemente verde. Con ese verdor que dan ganas de comérselo como si uno fuera un rumiante más. 
Mercedes, tras su mascarilla, nos recibe encantada. 
Sin embargo, en cuanto transcurre un algo de tiempo decidimos que podemos charlar mejor sin ningún tipo de atadura, sin ningún bozal. Después de todo estamos en medio de la Naturaleza y a priori no parecemos infectados (al menos por ahora, toquemos madera). 
Como buena cicerone, conocedora de su entorno, nos invita a dar un paseo por el pueblo y alrededores (incluso nos enseña un hotel con todas las de la ley, donde no parece haber nadie alojado, un balcón privilegiado, con piscina incluida). El paseo lo hacemos en compañía de Tristán, un perrito despierto y mimosón. 

Regresamos a su casa (no sin antes saludar a su cuñado, el marido de su hermana Rosi, creo recordar, que está con faena campestre). Este buen hombre me pregunta incluso si prefiero León o Asturias. A lo cual le respondo que Asturias. ¿Qué voy a decirle estando en su tierra?
Mercedes nos invita a tomar unas sidrinas caseras, que están buenísimas, con cierto sabor dulce, mientras picamos queso y embutido. Una maravilla. 
Mercedes ejerce de anfitriona escanciando con elegante estilo la sidra. 
Entre culín y culín, charlamos amistosamente. Entonces, se incorpora su hermana Rosi a la conversación. Y sale a relucir también la cruenta Guerra Incivil, ya que un tío carnal suyo fue fusilado en torno a 1938 por considerarlo contrario al nacional-catolicismo, a pesar de que este inteligente joven, Antero Peláez, no había cometido ninguna fechoría. Qué terribles la Guerra y la posguerra. 
Rosi nos muestra un par de cartas que escribiera el veinteañero Antero a su familia para despedirse de la misma, pues sabía que lo condenarían a muerte, lo que resulta sobrecogedor. Entonces, se nos humedecen los ojos. 
Las hermanas del Valle Peláez, Mercedes y Rosi, nos tratan con familiaridad. Y hasta nos emplazan a tomarnos una fabada casera en otra ocasión. Me encanta esta generosidad. Así que volveremos a Beceña, esperamos que cuando el virus haya dejado de existir. O podamos combatirlo de un modo eficaz con fármacos.
Nos despedimos con un abrazo de cariño. 
Hasta la próxima. 

domingo, 19 de julio de 2020

De Llanes a Bulnes

Religarse con la naturaleza es un modo de reencontrarse con uno mismo, con tu yo interior, aventurarse en la alta montaña es como tocar el cielo, saberse más cerca de lo espiritual (M. Cuenya)

El Oriente asturiano es fascinante. De la costa del concejo de Llanes emprendo ruta hacia los Picos, en este caso hacia Bulnes.
Es realmente hermosa esta carretera, que atraviesa el concejo de Cabrales (conocido y sabroso es su queso azul, que tendría su equivalente en el queso leonés de Valdeón). Una vez más a leoneses y astures nos une la gastronomía, aparte de los legendarios Picos de Europa. 
Del mar, que es espacio hipnótico, me dirijo (en extraordinaria compañía) a las grandes montañas para sentir también la llamada salvaje de la Naturaleza. 
A pesar de haber viajado y aun vivido en las Asturies, es la primera vez que pongo los pies (espero que también el alma) en Bulnes. 
A menudo uno viaja por otros países (el pasado verano por la Italia del norte, con sus dolomitas) pero no repara en las bellezas que uno tiene a la mano. 

Antes de arribar a Poncebos, que es el punto de partida para alcanzar la remota aldea de Bulnes, me recreo en la contemplación del paisaje, que me resulta sobrecogedor, haciendo un alto en un mirador para arrojar un vistazo al Pico Urriellu (el Naranjo de Bulnes), de una belleza blanca inmaculada, que pone los dientes largos a cualquier escalador. Se me antoja que el Urriellu, a pesar de que no tiene una gran altitud, sería como nuestro Everest.  
Caminata hacia Bulnes

Poncebos, en concreto el puente de Poncebos, es el lugar al que uno debe llegar para, desde ahí, caminar hacia la aldea de Bulnes (en realidad, existe Bulnes de abajo y Bulnes de arriba). También en ese punto existe un funicular subterráneo que te planta en la población de Bulnes en un santiamén, en un cuarto de hora aproximadamente, aunque el precio sea realmente caro para visitantes (los oriundos no pagan nada, creo). 
Desde Poncebos, por donde discurre el río Cares (que como sabemos nace en la provincia de León), también puede emprenderse ruta de senderismo hasta Caín o incluso hasta Posada de Valdeón. 
Hace años, muchos, tuve la ocasión de hacer, con unos amigos del útero, una caminata desde Posada de Valdeón a Caín. Que me gustaría volver a hacer en algún momento. Incluso estaría bien caminar de Posada de Valdeón hasta Poncebos, aunque sea una tirada larga. 

Estando en Poncebos creo que merece la pena treparse por un sendero cabrero hasta la aldea de Bulnes. Y aunque aseguran (las lenguas atrevidas) que la ruta puede hacerse en una hora y media, lo cierto es que este peregrino (acaso necesitaría un entrenamiento previo) empleó el doble (incluso más) para allegarse a Bulnes. A pesar del esfuerzo, la sofoquina y hasta un enfriamiento de vejiga (todo hay que decirlo, aunque no sería necesario desvelar tanta intimidad, después de todo uno se muestra tal y como es en la escritura, dime qué escribes y cómo escribes y te diré quien eres) logré, logramos llegar a Bulnes. 

"Tendrán que darnos el premio o reconocimiento a los burrines", le digo a mi amiga, la cual se sonríe, porque tengo por seguro que, salvo gente preparada, nadie logra subir a Bulnes (la aldea) en hora y media. A lo largo del recorrido por un sendero pedregoso,  resbaladizo (resbaloso) y empinado nos topamos con otros excursionistas, tanto hacia arriba como en descenso, y todos toditos todas aseguran que la subida es jodida (y la bajada idem de lienzo). Con lo cual, "los burrines" hacen lo que pueden, logrando eso sí alcanzar la meta y reponer fuerzas en un bar (Guillermina, para más señas) que regenta un paisano algo desganado (será porque atiza el sol, será porque él es básicamente así). 
Le pedimos con urgencia bebida, agua, aquarius... y algo de zampar. Pero el tipo dice que tiene cerrada la cocina. Bebida sí nos sirve, al menos. Es hora de siesta. Nos ha jodido. Cómo que tiene cerrada la cocina, acaso este señor es rico. O prefiere dejar a estos probrinos peregrinos fuera de juego. Quizá no debería ofrecerles algo. O bien nos dejará sucumbir, exhaustos como andamos. Cada vez que ocurre algo así en nuestra España ("tenemos la cocina cerrada, entre otras sentencias de no muy buen gusto"), siempre me da por pensar en países como Marruecos, por ejemplo, donde a todas horas encuentras comida y lo que haga falta. Incluso me hace rememorar el valle del Ourika, donde nada más aterrizas ya te están ofreciendo de todo. Y eso se agradece, aunque a veces los españolitos de turno tengamos la impresión de que nos atosigan. Pero mejor que te ofrezcan, también, que te ignoren como a una rata. 

Con la fame que se nos ha despertado a resultas del esfuerzo realizado, parece que el buen señor de la Guillermina va a dejarnos sin yantar. Estamos sedientos. Y conviene hidratarse bien. Al final, el hombre del bar se compadece y nos dice si queremos queso de Cabrales. Claro, que no se hable más. Y una sidrina también, por favor. Queda declarada la sidra escanciada como la mejor bebida del mundo. Aunque resulte exagerado decirlo así. 
El queso y las bebidas saben a gloria bendita. Auténticos manjares cuando la sed y el apetito se desbocan como potrancos por las praderas del valle. 

Aún queda subirse al mirador para avistar el Pico Urriello, pues desde la aldea (Bulnes de abajo) no se logra ver. Las fuerzas, a pesar del descanso y la ingestión de bebida y alimentos, son pocas, están muy mermadas. Pero un último esfuerzo merecerá la pena. Un último esfuerzo si no queréis que os cuelguen el sambenito de burrines. Bueno, creo que ya os lo habían colgado. 
Las gallinas campan a sus anchas por el pueblo. Y los gatines también, que se acercan tranquilos y confiados en busca de mimos. Si es que los animales lo que necesitan, como los seres humanos, es algo de afecto, de amor. Y lo demás es cuento. 
Bulnes me hace recordar, de un modo inevitable, a Primout (incluso a Urdiales de Colinas, aunque las casas de las poblaciones del Bierzo estén cubiertas con pizarra, con losa, y Bulnes esté con teja), con su riachuelo por en medio del pueblo.
Lástima que ni a Urdiales ni a Primout llegue ningún funicular. Pero es que el Bierzo (conviene decirlo, mal que les pese a muchos) juega en otra categoría, sin duda inferior a la astur. Y hasta me atrevería a decir que León como provincia nunca se ha sabido proyectar en el exterior, algo que sí ha sabido hacer Asturias patria querida. 
Recuerdo que un compañero de piso que tuviera en Oviedo, en mi época como estudiante universitario, decía que en León no había montañas (¿Y qué me dices de los Ancares, de los Picos... de la Sierra de Gistredo... de otras muchas sierras...?) Y eso que su padre, creo recordar, era de Tierra de Campos. Y él veraneaba en alguna población de esta Tierra. Quizá creía que la provincia de León, sin conocer lo más mínimo, era toda Tierra de Campos (la tierra mal bautizada de la que nos hablara de un modo magistral el ya fallecido Jesús Torbado). Si es que burrines haylos por doquier. A este rapaz, estudiante en tiempos de Filología Hispánica, habría que darle el premio al Burrín Mayor. 
Aun en época de verano (después de tanto dance que te friega), el tiempo empieza a echarse encima (salvo que alguien tenga la generosidad de acoger a los peregrinos en su morada para pernoctar). Con lo cual el descenso hacia Poncebos tendrá que ser (no hay alternativa) en el funicular subterráneo, porque mucho me temo que en la bajada a pie, a resultas del cansancio y la hora que es, se tardará casi tanto como en la subida. Si se hace de noche, entonces date por jodido. 

Sin más rodeos tomamos el funicular con el destemple propio de adentrarnos en el subterráneo, que en un cuarto de hora aproximadamente nos deposita en el punto de partida, enfrente del hotel Poncebos para ser más precisos (así le hacemos publi a este alojamiento, aunque uno no tenga ninguna necesidad de hacerlo). 
La experiencia de subida a Bulnes quedará grabada a fuego en nuestra memoria afectiva por los siglos de los siglos.