sábado, 22 de agosto de 2026

El eclipse en Gistredo

Foto: Cuenya

También tuve la fortuna de asistir al eclipse solar del pasado 12 de agosto en el útero de Gistredo, concretamente en el hermoso paraje de Las Chanas, que tanto entusiasma a quien esto escribe. Allí, junto a la ermita de Nuestra Señora —a la que me gusta llamar Notre-Dame, como si, en lugar de cobijarse entre los montes del Bierzo Alto, se alzara a orillas del Sena—, el día pareció detener su curso.

En Las Chanas, ese hermoso paraje que tan buenas sensaciones me procura, nos dimos cita un buen puñado de oriundos y foráneos en busca de la caza del eclipse. Entre ellos estaban mis amigos Ana y Javi, algún suizo como Jorge y algún alemán, además de los fotógrafos manchegos Jesús Madero y Jose Baillo, quienes, provistos de cámaras, gafas y filtros, supongo que conseguirían bellas instantáneas, no solo del eclipse, sino también del estrellado cielo nocedense de aquella misma noche, cuando las Perseidas cruzaban el firmamento.

Foto: Cuenya

Para contemplar el eclipse me puse, por supuesto, las gafas de marras, adquiridas tiempo atrás en el campus de Ponferrada, con ocasión de una charla sobre aquel fenómeno anunciado como un acontecimiento extraordinario. Y lo fue, aunque quizá menos conmovedor de lo que había imaginado.

Hay fenómenos que, antes de suceder, crecen tanto en nuestra expectativa que terminan por volverse casi inalcanzables. Quizá también eso forme parte de su encanto.

Vi cómo la Luna comenzaba a tapar el Sol hasta ocultarlo por completo. Entonces la luz se retiró del paisaje sin abandonarlo del todo. No era todavía la noche, sino el umbral de la noche: ese instante en que el día empieza a desvanecerse y las cosas adquieren una apariencia más honda y más incierta. Duró poco. Pero dejó en el aire una especie de sacudida, un breve resplandor interior, un chute de belleza y de energía difícil de explicar.

Foto: Cuenya

Mientras tanto, regresaban a la memoria las imágenes de El eclipse, del cineasta Michelangelo Antonioni, que junto con La aventura y La noche forma su célebre trilogía sobre la incomunicación. Y también el prodigioso microrrelato de Monterroso, titulado, no por casualidad, El eclipse. La literatura y el cine acudían así a acompañar el fenómeno, como si la naturaleza necesitara de nuestras ficciones para terminar de revelarse.

Porque un eclipse no se contempla todos los días. Su rareza lo vuelve precioso y su brevedad, inolvidable. Quizá por eso, mientras la sombra avanzaba sobre el útero de Gistredo y la ermita de Nuestra Señora parecía adquirir un empaque monumental, pensé que también la vida se parece a ese oscurecimiento fugaz.

La vida como algo extraordinario que apenas alcanzamos a mirar antes de que vuelva la luz. O se oscurezca definitivamente.

viernes, 21 de agosto de 2026

Lorca, poeta sublime sin interrupción

A propósito de la anterior entrada de este blog, titulada Dios no existe https://cuenya.blogspot.com/2026/08/dios-no-existe.html, me viene ahora a la memoria, cuando acaban de cumplirse noventa años del asesinato de Federico García Lorca, su obra teatral Yerma, donde también se plantea, a través del personaje de la Vieja 1.ª, la cuestión de la inexistencia de Dios. Cuando Yerma dice: «Entonces, que Dios me ampare», la Vieja responde: «Dios, no. A mí no me ha gustado nunca Dios. ¿Cuándo os vais a dar cuenta de que no existe? Son los hombres los que te tienen que amparar». No sabemos hasta qué punto estas palabras pueden identificarse con el pensamiento de Lorca —pertenecen, naturalmente, a un personaje de ficción—, pero sí revelan una de las muchas dimensiones de una obra extraordinariamente lúcida y compleja. 

Monumento a Lorca en plaza Santa Ana. Madrid. Foto: Cuenya

Lorca era, a mi juicio, un hombre de una inteligencia excepcional, acaso el más brillante del célebre trío formado por Buñuel, Dalí y Lorca. Así lo reconoció, en términos parecidos, el propio Luis Buñuel en sus memorias, Mi último suspiro, al evocar los años en que los tres coincidieron en la Residencia de Estudiantes de Madrid, aquel lugar legendario por el que pasó buena parte de la flor y nata del arte y de la ciencia de su tiempo.

Los tres han dejado una profunda huella en mi manera de ser y de estar en el mundo: Buñuel, con el cine; Dalí, con la pintura; y Lorca, con la poesía y el teatro. No es extraño que el hispanista Ian Gibson haya definido la relación entre los tres como «el triángulo amistoso más fabuloso del siglo XX». 

Buñuel, Lorca y Dalí: el enigma sin fin, del catedrático Agustín Sánchez Vidal, es un magnífico libro que me resultó especialmente revelador acerca de estas tres figuras universales y de la compleja relación que mantuvieron entre sí. https://cuenya.blogspot.com/2020/02/el-genio-o-divino-dali.html

Lorca es, para mí, el poeta por excelencia: sublime sin interrupción, como acaso habría dicho de él el escritor Francisco Umbral.

Lorca llevaba el ritmo y la música de las palabras en las venas. Había nacido para ser poeta, pero también fue músico, excelente pianista y apasionado del flamenco y de la música tradicional. Desde muy joven recibió formación musical en Granada, su querida ciudad, y participó junto a La Argentinita en la célebre grabación de canciones populares españolas. https://cuenya.blogspot.com/2024/05/jaen-la-matria-del-aceite-de-oliva-y.html

Toda Granada, y muy especialmente la Huerta de San Vicente, parece impregnada todavía del espíritu, del duende de Lorca. Un Lorca que fue, además, un dramaturgo colosal.

Bodas de sangre (1933), Yerma (1934) y La casa de Bernarda Alba (1936) son tres obras teatrales que se me antojan sublimes. A ellas habría que sumar Mariana Pineda (1925), dedicada a la heroína granadina que cuenta con un monumento en la ciudad de la Alhambra. 
Mariana Pineda en Granada

El nombre de Mariana Pineda se me quedó grabado en la retina de la memoria después de que el querido maestro Gustavo Bueno nos preguntara a un montón de pardillos quién era aquella mujer. Fue en el aula de la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad de Oviedo, que por aquellos años ochenta tenía su sede en el colegio de San Gregorio. Nadie supo responder. De aquella anécdota ya he dado cuenta en alguna ocasión. https://cuenya.blogspot.com/2009/10/entre-lorca-y-gustavo-bueno.html

Sublime es también el Romancero gitano (1928), con sus sinestesias, su lenguaje sensorial y esa extraordinaria capacidad para fundir lo popular con lo culto. Y sublime, aunque de una manera distinta, desgarrada y visionaria, Poeta en Nueva York (1929-30), una obra que habría de ejercer una notable influencia sobre otros artistas.

Leonard Cohen se inspiró en el poema «Pequeño vals vienés», incluido en Poeta en Nueva York, para componer «Take This Waltz», publicada en su álbum I'm Your Man (1988). Años después, el gran cantaor granadino Enrique Morente retomaría aquella misma composición en Omega, una auténtica joya de la música española grabada junto al grupo de rock Lagartija Nick y con la participación de artistas como Estrella Morente y Tomatito.

En Omega, el vals se da la mano con otros fragmentos de Poeta en Nueva York, como «Ciudad sin sueño» o «La aurora de Nueva York». Es difícil imaginar un homenaje más poderoso a la capacidad de Lorca para atravesar fronteras entre poesía, música y flamenco.

Casa-museo Lorca. Huerta de San Vicente. Granada. Foto: Cuenya
El gran Morente homenajeó también al genio granadino en trabajos como Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (1935), el estremecedor poema dedicado al torero sevillano. 

Por su parte, Miguel Poveda puso música y voz a «Ay voz secreta del amor oscuro», quizá una de las versiones más conocidas de los Sonetos del amor oscuro (publicados póstumamente) en el ámbito del flamenco. También el querido paisano berciano Amancio Prada ha puesto música a estos sonetos:

¡Ay voz secreta del amor oscuro!
¡Ay balido sin lanas! ¡Ay herida!
¡Ay aguja de hiel, camelia hundida!
¡Ay corriente sin mar, ciudad sin muro!...
 

(«Ay voz secreta del amor oscuro», perteneciente a Sonetos del amor oscuro).

Lorca fue, asimismo, un poeta profundamente comprometido con la libertad, con los marginados y con quienes sufrían la injusticia. Fue asesinado en la madrugada del 18 de agosto de 1936, en una España desgarrada por la Guerra Civil —o, como algunos preferimos decir, por la Guerra Incivil—, pese a los esfuerzos de distintas personas por salvarlo, entre ellas miembros de la familia del poeta granadino Luis Rosales. 

Noventa años después de su asesinato, su voz sigue viva en los escenarios, en los libros, en el flamenco, en la música popular, en el cine -ahí está Lorca, muerte de un poeta, de Juan Antonio Bardem- y, sobre todo, en las palabras. Sigue vivo en Granada, en la Huerta de San Vicente y en tantos lugares donde su presencia parece formar parte del paisaje.

Al comienzo de Yerma, la Vieja le dice a la protagonista que no es Dios quien debe amparar a los seres humanos, sino los seres humanos quienes deben ampararse entre sí. Noventa años después de la muerte de Lorca, son los seres humanos quienes siguen amparando su memoria. Lo hacen con los libros, con los escenarios, con la música, con el flamenco y, sobre todo, con las palabras. Porque mientras alguien siga leyendo a Lorca, escuchando sus versos o dejándose conmover por ellos, Lorca seguirá vivo. Uno de los más grandes poetas de la historia universal. 

jueves, 20 de agosto de 2026

Dios no existe

Dios no existe. Ni tiene razón de ser. A estas alturas del siglo XXI, cuando la razón, la ciencia y el conocimiento han conseguido abrirse paso hasta rincones del mundo que durante siglos estuvieron reservados al misterio, la religión se me antoja algo anticuado, de otros tiempos. En todo caso, actúa como un consuelo metafísico, el opio —por decirlo con Marx— administrado a una humanidad que no termina de aceptar su propia condición mortal. 


Y no importa demasiado el nombre de la divinidad ni el ropaje doctrinal con que se la vista. En este caso, el catolicismo. Basta asistir a una misa para contemplar el ritual, la escenografía, la repetición de fórmulas heredadas y esa promesa de resurrección de los muertos y de vida eterna al final de los tiempos. 

¿Cuándo llegará nuestro final? ¿Cuándo llegará el final del universo? ¿Habrá un final del universo o acaso otros universos, otros mundos, otras realidades que ni siquiera podemos imaginar? Lo único que sabemos con certeza es algo mucho más humilde y mucho más terrible, que cada uno de nosotros morirá. Los muertos que seremos. Y precisamente por eso la vida importa. Importa mucho.

La finitud no es un accidente añadido a nuestra existencia. La finitud constituye nuestra existencia. Somos animales mortales, corpóreos, insertos en un mundo material que continuará su curso cuando hayamos desaparecido. Pretender escapar de esa condición mediante una promesa de eternidad puede resultar consolador, pero no deja de ser una respuesta imaginaria a un problema real.

El filósofo alemán Nietzsche lo vio con una lucidez extraordinaria: Dios ha muerto. Pero no basta con proclamar su muerte; hay que comprender qué funciones desempeñó históricamente esa idea y qué instituciones, prácticas, mitos y formas de conciencia la mantienen todavía operativa. En esto resulta imprescindible el materialismo filosófico de mi querido maestro y profesor en la Universidad de Oviedo Gustavo Bueno y su análisis de la religión en El animal divino. https://cuenya.blogspot.com/2024/10/homenaje-al-maestro-bueno-en-oviedo.htmlLa religión no aparece simplemente como una extravagancia psicológica de individuos crédulos, sino como una realidad histórica, institucional y antropológica que debe ser explicada de un modo material. 


Por eso tampoco me interesa demasiado la caricatura del creyente como un imbécil. Sería demasiado fácil. La conciencia religiosa no surge de la nada. El miedo a la muerte, la necesidad de encontrar explicaciones, la experiencia del dolor, la enfermedad, la pérdida y la esperanza forman parte de la historia de nuestra especie. El autoengaño puede funcionar y funciona como mecanismo de supervivencia. El ser humano necesita muchas veces aferrarse a algo, en ocasiones a un clavo ardiendo, cuando el mundo se vuelve insoportable. Pero comprender el origen y la función de una creencia no obliga a aceptar su verdad.

Dios, si por Dios entendemos aquello que los seres humanos han colocado más allá de la naturaleza como causa última y garante de nuestro destino, no existe. Y, sin embargo, existe el mundo. Existe la materia. Existen los cuerpos. Existen nuestras relaciones, nuestras instituciones, nuestras obras y nuestros conflictos. Existe Mozart.

Y ahí aparece una paradoja que no considero una contradicción, sino una posibilidad de redefinir aquello que durante siglos se llamó “lo divino”. Cuando escucho el Réquiem de Mozart, no necesito imaginar un ser sobrenatural descendiendo sobre la humanidad para experimentar algo que, por intensidad, podría llamarse una revelación. La música no demuestra a Dios. Si acaso, demuestra lo que pueden hacer unos animales mortales cuando organizan sonidos, materia, memoria y sensibilidad hasta alcanzar una forma extraordinaria. Quizá eso sea lo sublime: no una prueba de la existencia de Dios, sino la prueba de que los seres humanos pueden producir experiencias que durante siglos atribuyeron a los dioses.

Somos animales. Si se quiere, animales racionales —menos de lo que desearíamos—, animales políticos, técnicos, lingüísticos y artísticos; animales capaces de construir catedrales, pero también campos de concentración; teorías científicas y mitologías; sinfonías y armas. Animales que saben que van a morir y que, precisamente por saberlo, inventan dioses, paraísos, infiernos y resurrecciones. Pero también componen poemas, novelas, pinturas y música.

No necesitamos negar nuestra animalidad para ser nobles. Tal vez necesitemos asumirla.

El infierno, por lo demás, no está esperando en otra vida. Está aquí, entre nosotros, como recordaba mi padre, cuando los seres humanos convierten el miedo, la fe o la esperanza en instrumentos de dominio. La historia demuestra que la religión puede servir para consolar, cohesionar y dar sentido, pero también para justificar guerras, persecuciones y formas de sometimiento. La fe no mueve montañas. Son los seres humanos quienes mueven montañas, construyen imperios, levantan templos y derriban ciudades. Después —vaya sarcasmo— atribuyen sus obras a Dios.

Por eso prefiero el logos. Prefiero la ciencia, no porque sea una nueva religión capaz de responder a todas las preguntas, sino porque sabe distinguir entre aquello que conocemos y aquello que ignoramos. La ciencia no promete la salvación. No garantiza la inmortalidad. No nos asegura que exista un sentido último. Pero nos proporciona conocimiento efectivo del mundo y herramientas para intervenir sobre él, reducir el sufrimiento y ampliar nuestras posibilidades de vida. Y eso basta.

Ayer mismo asistí al funeral de dos personas queridas, Manoli y Paco, los padres de mi amiga Susana. Fui porque debía ir. Fui por cariño hacia ella y hacia sus seres queridos; fui también por amistad con su tío Alberto y por los vínculos que unen unas vidas con otras. No fui a buscar a Dios. Fui a acompañar a los vivos.

La misa me resultó soporífera. Hacía calor incluso dentro de la iglesia y las palabras del ritual me llegaban como una monserga perteneciente a un mundo que ya no comparto. La resurrección de los muertos, el juicio final, la vida eterna. Todo aquello me resulta ajeno. Pero había algo que sí comprendía: el dolor de quienes han perdido a sus padres. Como ella. Como uno mismo cuando perdió a su padre. Y ahí está quizá la diferencia fundamental. No necesito creer que los muertos resucitarán para respetar a los muertos. No necesito creer en el cielo para acompañar a quien llora. No necesito compartir una fe para practicar la solidaridad. El afecto entre los vivos no necesita ninguna garantía sobrenatural.

Cada cual puede confesarse como quiera y pueda. Faltaría más. Pero yo prefiero vivir de claridades, con los ojos abiertos, sin hacerme el guaje, el pelotudo o el mensito —por utilizar términos hispanoamericanos, bien terrenales— ante aquello que sabemos. El filósofo Ortega, el autor de La rebelión de las masas, hablaba de vivir despiertos. https://cuenya.blogspot.com/2020/06/la-rebelion-de-las-masas.html Esa vigilia, para mí, consiste en no elaborar respuestas allí donde sólo tenemos preguntas.

Sabemos que moriremos. No sabemos cuándo. Tampoco sabemos exactamente cuál será el destino último del universo, si es que hablar de un “destino” tiene algún sentido. Quizá el universo termine; quizá nuestra concepción actual del universo resulte algún día tan rudimentaria como hoy nos parecen ciertas cosmologías antiguas. Quizá existan otros universos. No lo sabemos. Y precisamente porque no lo sabemos, prefiero no inventarlo.

La vida es breve, efímera y mortal. Mortal y rosa, como dijeron Salinas y Umbral. https://cuenya.blogspot.com/2009/07/mortal-y-rosa.html Pero esa fragilidad no la hace menos valiosa, sino que la hace irrepetible. Un instante que no volverá. Una conversación. Una amistad. Una caricia. Una obra de arte. El Réquiem de Mozart sonando mientras nosotros, criaturas destinadas a desaparecer, escuchamos con devoción, con la emoción a flor de piel.

No necesitamos eternidad para que algo tenga sentido. Quizá nos baste con que haya ocurrido. Por eso fui al funeral. No por Dios, sino por Susana. No por la promesa de otra vida, sino por cariño a ella. No para salvar mi alma, sino para acompañar a quienes todavía están aquí.

Dios no existe. Cada cual que se confiese como quiera. Yo prefiero el mundo. Y mientras podamos, vivirlo estando despiertos.

miércoles, 19 de agosto de 2026

La sonoridad de Miño

 


Ponferrada y O Barco de Valdeorras miran hacia Miño como quien mirara hacia su playa. Y, en cierto modo, lo es. Algo parecido parece insinuarle al visitante la sonriente muchacha de la oficina de turismo cuando descubre que viene del Bierzo, tierra hermana, tan próxima y, a la vez, separada por una frontera invisible. 

La sonoridad de la palabra Miño hace pensar inevitablemente en ese gran río del noroeste peninsular que atraviesa Galicia y que, en su tramo final, forma frontera entre España y Portugal antes de desembocar en el Atlántico. Es el río que recibe las aguas del Sil y alimenta el conocido dicho: «El Sil lleva el agua y el Miño la fama».

Pero Miño es también una localidad coruñesa, en la comarca de Betanzos, tierra de tortilla de patata y de una costa que abre el paisaje hacia el mar. Y la verdad es que la tortilla de patata está exquisita.

Allí, entre el puerto y el horizonte marino, con los pescadores afanados en su tarea, el nombre parece ensancharse y adquirir otro significado.
El puerto y la playa de A Ribeira se muestran como una bendición. El mar abre el paisaje y, al mismo tiempo, parece invitar a demorarse.

Miño es, además, uno de los lugares por los que discurre el Camino Inglés, esa ruta de peregrinación singular que cuenta con dos ramales: uno parte del puerto de Coruña y otro del de Ferrol.

La misma rapaza de la oficina de turismo —así, con ese hermoso galleguismo que también empleamos en el Bierzo y que parece llegar cargado de cercanía— recomienda al visitante recorrer la Senda de los Sentidos.

Qué bello nombre.

Un panel de madera señala la ruta. Una invitación más que un simple paseo: caminar a la espera de que, en algún momento, se enciendan todos los sentidos. Vivir y también escribir con todos los sentidos, como a menudo recomienda el viajero a su alumnado de escritura.

La Senda de los Sentidos conecta la playa de A Ribeira con el paseo de la Alameda. Se adentra entre una estupenda arboleda, paralela a las vías del tren, y serpentea junto a la línea de la costa. Aparecen varios miradores hacia la ría de Betanzos y el canto de las aves acompaña el camino. Los aromas de la vegetación y el olor a mar impregnan el ambiente.

Incluida en la Red Natura 2000, la senda tiene algo de tránsito y de permanencia. Los árboles, el mar, los raíles y los pasos del caminante parecen discurrir en la misma dirección, como si el paisaje quisiera conducirlo hacia alguna revelación.

El camino va a dar al Ponte do Porco, un rincón especial, de rica vegetación y pequeñas embarcaciones de madera. El puente, tendido sobre el río Lambre, da nombre a este lugar del Camino Inglés hacia Santiago. 


—Qué curioso —le digo—. El Puente del Puerco.

Ella vuelve a sonreír y cuenta que en el Ponte do Porco se sitúa la leyenda de Roxín Roxal y su amada Tareixa.

Al final del camino, en el centro de la plaza del Ponte do Porco, espera un cruceiro. Y, como una última y desconcertante ocurrencia del paisaje, el cruceiro se asienta sobre el lomo de un porco de piedra.

Entonces todo encaja.

El nombre ya no es solo un nombre. El puente tiene su animal, la senda sus sentidos y el paisaje sus señales.

Quizá viajar consista precisamente en eso: avanzar sin saber muy bien qué se busca y dejar que, de pronto, algo tan sencillo como una palabra, una sonrisa o un cerdo de piedra consiga encender todos los sentidos.

lunes, 17 de agosto de 2026

Encuentro literario en el útero de Gistredo, decimoséptima edición

Mónica, Camino, Cuenya, Nidia e Isabel. Foto: Ed

Volvemos, un año más, a celebrar el encuentro literario en el útero de Gistredo, qué bien suena. El útero de Gistredo acaso sea un territorio mítico a la vez que real, como Macondo, Celama, Comala o Región.
Y ya van diecisiete ediciones, lo que es indicativo de que el tiempo corre que vuela y, a la vez, una maravilla, porque significa que seguimos en la senda, celebrándolo por todo lo alto, con ilusión. Ay, la ilusión, eso último que se pierde. Sin ella, nos sentiríamos apagados. https://cuenya.blogspot.com/2013/11/los-muertos-de-celama.html

https://cuenya.blogspot.com/2018/03/rulfo-o-el-mexico-profundo.html


Cuenya, Mónica, Isabel, Carlos. Foto: Victoria 

Me alegra, como organizador de este encuentro desde que lo pusiera en marcha allá por 2010, comprobar que las personas invitadas acuden gustosas y que, incluso, algunas me dicen que les gustaría participar aunque no figuren en el cartel. 
El cartel, al fin y al cabo, es un mero formalismo. El encuentro literario es, y debe seguir siendo, algo vivo, dinámico, abierto a quienes quieran leer, recitar o aportar su particular visión literaria del mundo y de sí mismos. Tanto es así que, de entre el público, se levantó Charo Leyva para leernos algo de su libro 108 poemas, que tuvo a bien obsequiarme. 

Qué maravillosa es la literatura, la escritura. Y qué haríamos sin ellas. 

Paco, Roberto, Cuenya, Mónica, Isabel, Carlos. Foto: Victoria 

También me alegró encontrarme con tantas personas que siguen fielmente el encuentro, junto a otras que acudían por primera vez. Un gustazo contar con un público tan entregado, incluso diría que emocionado, porque por momentos se percibió la emoción en los ojos de algunas personas, como José Manuel, por ejemplo. Y no era para menos, habida cuenta de que también presentamos el reciente número de verano de la revista La Curuja, cuya portada y páginas interiores rinden homenaje a Pepín el de Olina, aquel hombre hospitalario y entrañable que nos dejó durante la pasada Semana Santa. https://cuenya.blogspot.com/2026/07/la-curuja-con-tributo-pepin-el-de-olina.html 

Foto: Ed

Fue hermoso compartir momentos tan emotivos tanto con quienes intervinieron como con el público. Uno mismo tuvo también el placer de leer algo que compuse con motivo de una estancia literaria, el pasado mes de mayo, en Paredes de Nava, ese bello pueblo palentino donde, según la tradición, nació el gran poeta Jorge Manrique, el autor de las inmortales Coplas a la muerte de su padrehttps://cuenya.blogspot.com/2026/05/del-poeta-jorge-manrique-al-poeta.html 

Encuentro literario en Noceda. Foto: Ed

En esta ocasión nos acompañaron como participantes Camino Pastrana https://cuenya.blogspot.com/2019/10/la-fragua-literaria-leonesa-camino.html, Isabel Llanos https://cuenya.blogspot.com/2019/11/la-fragua-literaria-leonesa-isabel.html, Mónica Balboa https://cuenya.blogspot.com/2024/07/36-encuentro-de-poetas-en-rua-ourense.htmly Carlos Attadía https://cuenya.blogspot.com/2016/11/la-fragua-literaria-leonesa-carlos.html, además de Nidia Beltramo, Roberto Arias Alba https://cuenya.blogspot.com/2018/10/la-fragua-literaria-leonesa-roberto.html y María Encina Rodríguez de Paz. https://cuenya.blogspot.com/2025/08/decimocuarto-encuentro-literario-en.html  https://cuenya.blogspot.com/2024/08/quince-anos-no-es-nada-encuentro.html 

Nidia Beltramo, argentina de origen aunque afincada desde hace algún tiempo en el Bierzo, concretamente en Congosto, la cuna del navegante Álvaro de Mendaña, es una narradora de reconocido recorrido. Tuve el gusto de compartir con ella un recital en O Barco de Valdeorras y también participó, hace dos años, en el encuentro literario de Noceda del Bierzo. 

Encuentro literario. Foto: Ed

Roberto Arias Alba, originario de Valtuille, en el Bierzo, también lo conozco desde hace años. Hemos compartido encuentros literarios y alguna presentación de libros. Es el poeta total, como lo define su primo, el narrador Paco Arias Ferrero, que también estuvo entre el público y que, una vez terminado el encuentro, tuvo el estupendo detalle de obsequiarnos con sus vinos. Se lo agradecemos de corazón.

María Encina Rodríguez de Paz, colaboradora de La Curuja, al igual que Nidia Beltramo, ya había participado en el encuentro del pasado año y quiso repetir en esta edición. Sobre todo, porque le hacía mucha ilusión a su marido, a quien deseamos lo mejor en esta etapa de delicada salud. 

Encina, Mónica, Isabel. Foto: Ed

Encina pertenece a la saga de los Paz, una auténtica saga familiar literaria que, salvando las distancias, me recuerda a los Buendía de los que nos habló el Nobel García Márquez en Cien años de soledad. Varios miembros de la familia Paz nos acompañaron, entre ellos Nanci, Pili, Venancio y Chente, que además nos acompañó después a El Nogal, tras el encuentro y la degustación de los vinos de Paco Arias Ferrero.

Fue una velada realmente deliciosa, al amor de las viandas, la cerveza, el vino, las conversaciones, las risas y las sonrisas. Y con un Chente colosal, un narrador nato, contando historias de su familia, de sus padres, de sus tíos Esteban y Eugenio y de tantas otras vivencias. Momentos así son también literatura, aunque no estén escritos en ningún libro. 

Carlos. Foto: Ed

En cuanto a los participantes que figuraban en el cartel, Carlos Attadía, porteño de nacimiento aunque lleva ya más de treinta años en el Bierzo, puso la música y amenizó el encuentro con sus canciones y su poesía musicalizada. A Carlos lo conocí hace años, creo recordar que a través del músico Carlos Huerta. Y gracias a aquellos caminos de la música también pude conocer a otro fenómeno, Ángel Petisme. 

Cuenya. Foto: Ed

Attadía, con sus sonidos y sus versos, nos llevó en cierto modo hasta Buenos Aires, esa ciudad que me dejó maravillado cuando la visité hace ya más de veinte años. El tiempo, siempre el tiempo, que no deja de correr.

Mónica Balboa, narradora y cinéfila berciana, autora de una página web dedicada al cine, nos leyó un relato hermoso que, quizá, con su beneplácito, podamos incluir en algún número de La Curuja. Sería un placer. 

Isabel. Foto: Ed

Por su parte, la polifacética Isabel Llanos, que por cuarta vez se acerca al útero de Gistredo para participar en el encuentro, nos habló de su reciente libro de poemas y nos leyó algunos de ellos con el arte que la caracteriza. Porque Isabel, además de poeta y narradora, es actriz. Leonesa que vive en la diáspora, como tantos y tantas leonesas, en su caso en la Ciudad Condal.

Y para finalizar este recorrido literario nos acompañó, por tercera vez, la gran Camino Pastrana. Qué grande eres, Camino. Un ser de luz, una mujer de increíble inteligencia emocional, excelente comunicadora y periodista, maravillosa narradora leonesa y, sobre todo, un amor de persona. Nos leyó un cuento lleno de ternura dedicado a su pequeña Gracia, que nos dejó con la emoción a flor de piel.

Foto: Ed

A todas y a todos les agradezco que nos tocaran con sus palabras, que compartieran su sensibilidad, sus historias, sus versos, sus músicas. 

Mónica. Foto: Ed

Y a todas las personas que asistieron, me gustaría mencionarlas a todas, pero a buen seguro se me olvidaría alguien. No obstante, me apetece hacer una mención especial a los expertos fotógrafos Jesús Madero y José Baillo, ambos de La Mancha, que se ocuparon de hacer fotografías del acto, aunque todavía no me las han pasado. También a Ed, el compañero de Nidia Beltramo, que sí hizo fotografías y me las ha pasado; y, por supuesto, a Victoria, que también tiró algunas instantáneas, que me ha pasado y cuya presencia siempre es motivo de inspiración. 
Y agradecerle especialmente a Camino Pastrana que viajara con su chico desde Madrid, justo después de salir ella de trabajar, para llegar unos minutos antes de que diera comienzo el encuentro literario. Vaya mérito el suyo, lo cual es muy de agradecer.

Camino. Foto: Ed

Así que, un año más, el útero de Gistredo volvió a llenarse de literatura, de música, de memoria, de afectos y de palabras. Y mientras haya ilusión, mientras haya personas dispuestas a compartir lo que escriben y otras dispuestas a escuchar, seguiremos celebrando este encuentro. Porque la literatura, como la vida, necesita de quienes la mantengan viva.

Y qué maravilla poder seguir aquí, diecisiete ediciones después, celebrándolo juntos.

*Gracias a ileon (elbierzo.eldiario.es) por publicar este texto. https://elbierzo.eldiario.es/cultura-y-ocio/utero-gistredo-vuelve-llenarse-literatura-musica-memoria-afectos_129_13452501.html


sábado, 15 de agosto de 2026

Fernando Rey y la memoria de Coruña

Hay encuentros que hacen feliz a cualquier amante del cine. Para el viajero, uno de ellos puede ser descubrir en Coruña una placa que recuerda a Fernando Rey, uno de los actores más elegantes, cultos y universales que ha dado el cine español.

Nacido en esta ciudad el 20 de septiembre de 1917, Fernando Rey llevó el nombre de Galicia mucho más allá de sus fronteras. Su carrera, extensa y extraordinaria, terminó convirtiéndolo en uno de los intérpretes españoles de mayor proyección internacional.

Resulta imposible encontrarse con su nombre sin pensar inmediatamente en Luis Buñuel https://cuenya.blogspot.com/2010/03/luis-bunuel-don-luis-un-suspiro-de.html

https://cuenya.blogspot.com/2018/12/el-angel-exterminador-de-bunuel.html

Viridiana, Tristana, El discreto encanto de la burguesía y Ese oscuro objeto del deseo forman parte de una de las colaboraciones más memorables de la historia del cine español. En aquellas películas, Rey aportó mucho más que talento interpretativo. Su elegancia, su ironía, su mirada y aquella manera tan personal de decir las cosas hicieron de él una presencia difícil de olvidar. 


Su figura quedó ligada también a uno de los personajes más universales de nuestra literatura. En El Quijote, la serie de Televisión Española dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón, Fernando Rey encontró una de las interpretaciones más recordadas de la última etapa de su carrera. Su Alonso Quijano era humano, noble y melancólico; un personaje en el que la grandeza convivía con la fragilidad.

Y estaba, además, su voz. Una voz cálida, elegante e inconfundible, con aquella sonoridad casi radiofónica que parecía capaz de conferir una dignidad especial a cualquier frase. En ¡Bienvenido, Mister Marshall!, de Luis García Berlanga, fue precisamente la voz de Rey la que ejerció como narradora.

Por eso, encontrarse con una placa dedicada a Fernando Rey en una calle de Coruña tiene algo de pequeño descubrimiento y, al mismo tiempo, de homenaje necesario. La placa no necesita grandilocuencia. Basta el nombre. Porque basta leer «Fernando Rey» para que aparezcan, de pronto, Buñuel, don Quijote, Berlanga, el cine español y aquella voz que parecía venir de otro tiempo. 


Quizá ahí resida la verdadera fuerza de los homenajes urbanos: en conseguir que un nombre escrito sobre una placa despierte todo un mundo en la memoria.

Fernando Rey fue un actor excepcional, pero también fue un gallego universal. Un hombre nacido en Coruña que terminó convirtiéndose en uno de los rostros más reconocibles y respetados de nuestra cinematografía.

El viajero continúa su camino, pero antes vuelve la mirada hacia la placa. La ciudad conserva así la memoria de uno de sus grandes actores. Y esa memoria se prolonga en otros muchos nombres que aparecen repartidos por sus calles, plazas y jardines.

La Terraza

Basta acercarse a los jardines de Méndez Núñez para comprobarlo. Situados junto a las instalaciones portuarias, estos jardines fueron concebidos sobre terrenos ganados al mar e inaugurados en 1868. En un principio fueron conocidos como Jardines del Ensanche y, en 1871, recibieron el nombre de Casto Méndez Núñez, en homenaje al célebre marino gallego.  https://cuenya.blogspot.com/2024/06/la-ciudad-milenaria-del-faro-una.html

Allí, entre la vegetación y los paseos, se encuentran monumentos dedicados a algunas de las figuras señeras de la cultura gallega, como Concepción Arenal (poeta, autora dramática y pionera del feminismo español), Emilia Pardo Bazán https://cuenya.blogspot.com/2021/04/los-viajes-de-pardo-bazan.html, Manuel Murguía, Valle-Inclán y Castelao. Y, en una inesperada conexión con la cultura popular del siglo XX, también aparece John Lennon, convertido en todo un icono de la música. 


El viajero vuelve a detenerse, como ya lo hiciera en el camposanto de San Amaro, ante la escultura de Manuel Murguía, marido y compañero de vida de Rosalía de Castro. https://cuenya.blogspot.com/2026/08/la-ciudad-de-dos-faros-dos-epocas-una.html

También se detiene ante las figuras de Valle-Inclán, autor de Luces de bohemia https://cuenya.blogspot.com/2024/12/luces-de-bohemia-pelicula-de-miguel.html, Emilia Pardo Bazán, autora de Los pazos de Ulloa, y Castelao, una de las personalidades más polifacéticas de la cultura gallega. Las fotografías se suceden mientras el paseo continúa. https://cuenya.blogspot.com/2009/12/tras-las-huellas-literarias-de-valle.html

https://cuenya.blogspot.com/2023/09/en-tierras-valleinclanescas.html

https://cuenya.blogspot.com/2017/06/luces-de-bohemia-en-ponferrada.html

Los jardines funcionan así como una singular galería al aire libre. El viajero no tiene que entrar en un museo para encontrarse con la historia cultural de la ciudad. Puede hacerlo mientras pasea, entre árboles, esculturas y edificios tan reconocibles como el Kiosco Alfonso o La Terraza. El modernista Kiosco Alfonso, además, mantiene su condición de espacio cultural y acoge exposiciones. 


Coruña permite que uno se encuentre con sus personajes queridos mientras camina. No hace falta buscarlos demasiado. Están allí, formando parte del paisaje y de la memoria cotidiana de la ciudad.

Quizá por eso la ciudad sorprende incluso cuando uno cree que ya la conoce. A veces basta detenerse ante un nombre para descubrir que detrás de él permanece toda una historia. 

Y frente a la placa de Fernando Rey, durante unos instantes, toda esa historia parece regresar.

El viajero sigue su camino. La ciudad, mientras tanto, continúa guardando la memoria de quienes hicieron de la cultura gallega algo mucho más grande que sus propias fronteras.

viernes, 14 de agosto de 2026

La ciudad de dos faros, dos épocas, una misma costa


La ciudad de dos faros invita a sentirla. A sentirla con su música, con su luz, con sus aromas marinos y con el sabor de su pulpo, escultura incluida. También con esa temperatura agradable que, en pleno agosto, convierte el paseo en un placer. Hay ciudades a las que se regresa, como se regresa a un lugar que, de alguna manera, ya forma parte de su memoria emocional. 

El visitante, enamorado de esta ciudad de dos faros, vuelve una vez más allí donde el Atlántico rompe contra la costa y el viento escribe historias sobre las rocas. Allí donde se eleva el Obelisco Millennium, esa aguja de acero y cristal que parece desafiar al tiempo bajo el cielo del nuevo milenio. Al otro lado de la bahía, la milenaria Torre de Hércules contempla el horizonte.

El cristal y el acero del Obelisco se incendian con los reflejos del mar y del sol. La antigua piedra del faro romano, en cambio, guarda la memoria de los navegantes que durante siglos buscaron su luz. Dos materiales, dos épocas, dos maneras de mirar al horizonte. Y, sin embargo, una misma vocación: iluminar.

El Obelisco Millennium y la Torre de Hércules. Dos faros. Dos épocas. Una misma costa. Uno nació para guiar a los marinos; el otro parece recordarnos que cada generación necesita también una luz que señale el horizonte. Entre ambos dialogan el eco del pasado y el aliento del porvenir, unidos por un mismo océano: el Atlántico. 


El visitante disfruta contemplándolos. Siente que ambos faros, como dos guardianes de la ciudad, le señalan el camino hacia el mar. Desde el Obelisco emprende su recorrido por el paseo marítimo, que se prolonga durante kilómetros bordeando la costa y cuenta también con un carril para bicicletas. 

El vagamundo avanza sin prisa. El mar y la ciudad aparecen fusionados. De vez en cuando se detiene para contemplar el paisaje, para dejar que la brisa le roce el rostro, escuchar los graznidos de las gaviotas o para observar cómo la luz transforma a cada instante el color del agua.

Pronto aparece Riazor, tendida frente a él como una enorme concha abierta al océano. La playa conserva todavía el eco del festival del Noroeste, esa música que durante unos días convierte la orilla en escenario y la ciudad en una gran fiesta.  


Después llega la ensenada de Orzán. El visitante se detiene para hacer unas fotografías y recrearse ante la fuente de los surfistas, cuyas figuras parecen sobrevolar la ciudad. Más adelante, el paseo lo conduce hasta la Domus, ese singular museo dedicado al ser humano. Después surgen unas llamativas farolas rojas que parecen marcar el rumbo hacia el extremo de la ciudad. Al fondo ya se adivina la Torre de Hércules, la «torre de caramelo», como la llamó Picasso, que vivió de niño en esta ciudad. 

Playa de San Amaro

La antigua torre se levanta sobre el promontorio como si el tiempo no hubiera pasado por ella. A su alrededor se despliega el parque escultórico, un territorio donde la piedra, el viento y el océano dan la impresión de formar parte de una misma obra. Esta vez el visitante no sube a la torre. Tampoco se acerca a la caracola, aunque su forma siga despertando en él esa clase de inspiración que solo producen ciertos lugares. No se adentra en la zona de los menhires ni busca el cementerio moro. Hay lugares que no necesitan ser recorridos por completo para permanecer en la memoria emocional. 

Wenceslao Fernández Flórez

Continúa bordeando la costa hasta la playa de San Amaro. Cerca queda el cementerio de San Amaro y el visitante recuerda que quiere volver allí después de algún tiempo. No por curiosidad, sino por memoria. Hay dos tumbas que desea reencontrar, a saber, la de Wenceslao Fernández Flórez y la de Manuel Murguía.

El cementerio lo recibe en silencio y bajo un sol radiante. Al otro lado de los muros, el Atlántico respira con su rumor incesante, mientras una extraña templanza parece envolver las sepulturas.

El visitante da algún que otro tumbo entre las calles del camposanto hasta que, finalmente, decide preguntar a un hombre que parece trabajar allí.

—¿La tumba de Wenceslao Fernández Flórez?

El hombre le responde con amabilidad. No se limita a señalarle el camino, sino que prácticamente lo lleva de la mano hasta la sepultura. El visitante se lo agradece. Y allí, delante de aquella tumba, se pregunta quién se acuerda, a estas alturas, de Wenceslao Fernández Flórez. 


Quién recuerda al escritor gallego que supo meter el miedo en el cuerpo sin necesidad de recurrir a grandes estridencias. Al maestro de un realismo fantástico arraigado en Galicia, donde las apariciones, las meigas y la Santa Compaña forman parte del paisaje con la misma naturalidad que la lluvia, la niebla o los bosques.

El tiempo ha ido apartando a Fernández Flórez del imaginario popular, pero no ha conseguido borrar su universo literario. Pertenece a esa estirpe de escritores que construyeron un mundo propio y lograron convertir la tierra en una forma de literatura. Gallego hasta en su manera de entender lo sobrenatural, mezcló la ironía con la melancolía y el humor con una cierta inquietud ante aquello que no puede explicarse. Entre vivos y muertos, en sus páginas, apenas existe una frontera.

Quizá muchos lo recuerden sin saberlo gracias a El bosque animado, la obra que José Luis Cuerda llevó al cine y que terminó formando parte de la memoria sentimental de varias generaciones. Aquel bosque donde los árboles parecen susurrar, las almas vagan sin descanso, los animales poseen sus propias historias y los seres humanos atraviesan un territorio en el que lo extraordinario convive con lo cotidiano.

Torre de control marítimo

Pero Fernández Flórez fue mucho más que El bosque animado. Fue un cronista excepcional del alma gallega, alguien capaz de convertir las leyendas, las supersticiones y el humor en una manera de explicar el mundo. En sus páginas, el miedo se desliza con la discreción del orballo sobre los caminos y deja tras de sí una sensación difícil de sacudirse: la de que, en Galicia, los muertos jamás terminan de marcharse del todo. 

El visitante permanece unos instantes en silencio. Después busca la otra tumba. En el mismo camposanto descansa Manuel Murguía, compañero del alma de Rosalía de Castro, que duerme en el Panteón de Galegos Ilustres de Santiago de Compostela. La distancia entre ambos lugares no parece importar demasiado. Tampoco la muerte. Porque hay vínculos que no terminan con la vida.

Murguía y Rosalía continúan unidos por una historia que pertenece tanto al amor como a Galicia. Él custodió la memoria de un pueblo; ella le dio un alma inmortal con sus versos. Juntos construyeron una de las grandes historias culturales y sentimentales de la tierra gallega.

El visitante contempla la tumba de Murguía y piensa que quizá el amor, cuando es verdadero, acaba transformándose en paisajeSe convierte en el orballo que humedece los caminos, en la bruma que abraza los montes, en la espuma que se rompe contra las rocas. Se transforma en esa luz que, por un instante, parece susurrar que quienes amaron de verdad nunca terminan de despedirse, sino que simplemente cambian el lugar desde el que continúan acompañándonos. 

Castillo de San Antón

Frente a San Amaro, el Atlántico sigue respirando. Las olas llegan y se retiran con su cadencia interminable. El viajero comprende entonces que también los lugares guardan memoria. Que una ciudad no está hecha solamente de calles, edificios y monumentos, sino de las vidas que alguna vez caminaron por ella y de las palabras que quedaron suspendidas en el aire. 

Después de visitar las sepulturas, abandona el cementerio y vuelve al paseo marítimo. 


A lo lejos divisa la torre de control marítimo, junto al castillo de San Antón, antigua fortaleza levantada para proteger el puerto. Ante él, la ciudad parece desplegarse como un mapa que ya conoce de memoria. Cada rincón le resulta familiar y, sin embargo, conserva algo de descubrimiento.

Desde allí emprende camino hacia el jardín de San Carlos. El lugar le entusiasma por su aire casi exótico, por la vegetación y por el mausoleo y la escultura de Sir John Moore, el general inglés que intentó defender la ciudad herculina de las tropas napoleónicas. Al fondo se abre el puerto. 

San Carlos

El visitante permanece un momento contemplando aquella mezcla de naturaleza, arte y mar. Hay algo ceremonial en aquel jardín, como si la historia hubiera encontrado allí un lugar tranquilo desde el que contemplar la ciudad.

Después se adentra en el casco históricoDeambula por las callejuelas, cruza plazas, se deja llevar por el trazado antiguo de la ciudad. No necesita mapa. La ciudad de dos faros está en su cabeza y también, de alguna manera, en su memoria afectiva. 

Sir John Moore

Finalmente llega a las galerías de la Marina. Se detiene ante ellas, como tantas otras veces.
Le siguen pareciendo atractivas esas fachadas acristaladas que multiplican la luz y devuelven al cielo y al mar una parte de su resplandor.
 Entonces comprende que quizá toda la ciudad ha sido, durante su paseo, una sucesión de reflejos. Ciudad de Luz. https://cuenya.blogspot.com/2026/08/coruna-ciudad-de-luz-y-musica.html La luz del Obelisco. La luz de la Torre de Hércules. La luz sobre Riazor. La luz que se quiebra en las galerías de la Marina. Y también esa otra luz, más íntima, que permanece en los lugares donde alguien vivió, amó, escribió o murió.

Galerías de la Marina

El viajero mira hacia el Atlántico. Quizá eso sea, después de todo, lo que hace que algunas ciudades permanezcan, esa capacidad de iluminar incluso aquello que el tiempo parece empeñado en oscurecer. 

Dos faros frente al océano. Dos épocas mirando hacia el mismo horizonte. Y entre ambos, la ciudad de dos faros, dos épocas, una misma costa, caminando hacia la luz mientras el Atlántico, incansable, continúa contando su historia contra las rocas.