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viernes, 6 de julio de 2012

Mayrit o Magerit

Viajar a Madrid de vez en cuando, sobre todo para quienes vivimos en provincias, resulta muy estimulante. A algunos y algunas se les empachan las grandes ciudades, pero Madrid (Mayrit o Magerit, a vuestra elección) aun siendo una gran ciudad y una ciudad grande se me antoja hermosa para recorrerla, saborearla. Me refiero al Madrid de siempre, el histórico, ese que atrapa con su belleza monumental y su historia literaria. Se nota que no vivo en esta ciudad, aunque sí he estado en ella en múltiples ocasiones (ah, y hasta llegué a vivir una temporada, breve e intensa). 

Arco de Cuchilleros
Nada más pensar en la capital del Reino, se me viene a mientes el Madrid galdosiano de la calle Toledo y la calle de Postas, próxima ésta última al palacio de Santa Cruz (en la actualidad sede del Ministerio de Asuntos exteriores). Por ahí cerca también anda la Plaza Mayor, en cuyos aledaños se comen/se comían buenos bocatas de calamares. Ay, el olor a calamar. Y próxima a la Plaza Mayor, donde los guiris se torran al sol (cuando lo hay),  está el pintoresco Arco de Cuchilleros. Pero no quiero que este sea un recorrido turístico al uso y abuso, sino una rememoración del Madrid que siento. Olvidaba mencionar la antiquísima Casa Botín, de la cual se dice que es el restaurante más viejo del mundo. Mucho decir, o sea. 

Me gusta sobre todo el Madrid de Valle, el del callejón del gato (y tal vez el ratón) y el de las botillerías (en las que por cierto no se servían botillos del Bierzo, sino licores y cafés), lugares éstos con mucha solera literaria, pues acudían gentes tan nobles y bien-pensantes como Ramón Gómez de la Serna, otro grande de los madriles, que nos obsequió obras tan estupendas como Nostalgias de Madrid o El Rastro (cada vez que lo visito siempre me compro algún libro), por mencionar sólo algunas con aroma madrileño. En la carrera de San Jerónimo aún se encuentran vestigios de aquellas antiguas botillerías, hoy reconvertidas en bares y cafeterías. Precisamente, en Sol, esquina con la calle Alcalá, se halla una placa que nos recuerda que alguna vez allí estuvo el café La Montaña, al que gustaba ir el bohemio y luminoso Valle, y donde perdió su brazo izquierdo (para mayor gloria del derecho) en una archiconocida disputa con el majadero Manuel Bueno. O bien la calle Carretas, que parte de Sol hacia la plaza Jacinto Benavente, donde se encontraba el café Pombo, tan querido por Don Ramón de "la Sorna", y retratado de un modo magistral por Gutiérrez Solana. 

También en la Plaza Jacinto Benavente, aparte de musas y meretrices, se puede visitar la tetería Mayrit (baño termal y masaje incluidos, si así lo deseas, soltando eso sí unos euritos). Y hablando de musas, te las encuentras por ese barrio que frecuentaran en tiempos Cervantes, Lope, Calderón, Tirso de Molina y otros duendes. Pasead por las calles de Antón Martín y Sevilla. Se cuenta que en el convento de las Trinitarias está enterrado Cervantes (aunque nadie acierte a dar con sus huesitos), y en la Calle Cervantes, número 11, para más precisión, se halla la casa de Lope, próxima al que fuera otrora teatro o Corral del Príncipe, hoy Teatro Español, en la Plaza de Santa Ana. Qué cosa eso de las corralas. 


Y así, casi sin quererlo ni pretenderlo (o sí) me estoy largando un voltión turístico (qué lástima, al final me he turistizado) por la capi, Mayrit o Magerit, nombres con tal regustín árabigo-andalusí que me está encantando. Y continuando con el figurón de Cervantes, en la calle Atocha, en el número 87, se puede leer, también en una placa, que en ese mismo lugar se editó por primera vez el Quijote. Qué chuli. 

Madrid no se agota por más que uno deambule por sus calles, arriba y abajo. Proseguiré ruta. Mañana, dentro de unas horas, de forma real, porque ahora lo estoy haciendo sólo de memoria.

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