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miércoles, 29 de junio de 2011

Lago Sumido


                                         Lago Sumido o Somido

Evocador nombre, Sumido, para un lago que aún debe atesorar pepitas de oro en sus profundidades, lo que hace fantasear al viajero con la fiebre de este preciado metal en algún lejano Oeste, y lo traslada a otra época, fecunda tras colinas sensuales y luminosas, como un atardecer en el desierto.
El azul celeste de sus aguas, embellecidas con el suave reflejo de unas nubes amorosas, contrasta con ese verdor amarillento y el color carnal de los picachos arcillosos y medulares, que asoman en el horizonte como un paisaje familiar, entrañable, y nos devuelve a un Oeste cuya viva imagen ha acabado colonizando nuestra mirada.

martes, 28 de junio de 2011

Alunados


Lo que se sospechaba acerca del posible montaje de la subida a la luna, a finales de los sesenta, parece confirmado. ¿O no? El Apolo 8 en 1968 y el Apolo 11 un año después, en 1969, nunca la alcanzaron. ¿O sí? O bien eso nos cuentan quienes estuvieron en el cotarro. ¿Verdad o mentira?

Qué razón tenía el paisanaje cuando decía que el ser humano no ha pisado la luna, que todo son patrañas. Ahora mismo me asalta la duda (qué descreído) si en verdad alguna vez en la historia (de la infamia) alguien ha puesto los pies en este cuerpo de Cristo y María (perdón, en este cuerpo celestial) porque al parecer fue el genio Kubrick, Stanley, quien filmó en estudio la supuesta llegada a la luna. Resulta, cuando menos curioso, que en 1968 realizara 2001: una odisea en el espacio

Después de enterarnos de esto, el escepticismo -cuando menos- nos envuelve con su halo de misterio. Si es que uno ya no puede creer en nada, o en casi nada. Nihilismo al canto. Y vuelta a la filosofía de Nietzsche. La vida es en sí misma un absurdo, pero no nos pongamos estupendos. Pues la vida no tiene significado pero puede ser deseo, Eros, como quisiera otro genio del celuloide, esto es, Chaplin. 

¿Nos han tomado el pelo, una vez más, como ahora con esta crisis?, que en verdad lo es de valores, aparte de la guita que se nos evapora a unos y les crece a otros, ese pastizal que sigue en manos de los mismos tiburones, cada día más ricos, mientras los tipos y tipas de a pie seguimos luchando por un anaco de pan, migajas que dejan quienes ya están "fartos" en este llamado primer mundo. Pero volvamos a la luna, que alunados y "alunizajados" lograremos tal vez descubrir su cara oculta, en la que deben esconderse tesoros miles. De momento, sugiero que nos quedemos con The dark side of the moon, de los fluidos Pink.

Hace unos días tuve la ocasión de ver Operación Luna,  un magnífico documental, retransmitido por la 2, en el que se desvelaban y revelaban los secretos de la no subida a la luna. Y cómo todos los que participaron en la farsa, incluido el propio Kubrick, fueron desapareciendo poco a poco del mapa, de una o de otra forma. En ese momento el mandatario de los Estados Gringos era Nixon. Vaya pájaro. Algunos aseguran que Operación luna no es más que un falso documental del canal Arte para gastar una broma (de mal gusto, intuyo) a los inocentes o santos inocentes, esto es, la mayoría. ¿En qué quedamos, pues, en la burra o en los cuarenta reales? Ver para creer o para no creer. He ahí la madre del cordero que quita el pecado del mundo, dánoslo hoy y mañana...

El director de este supuesto montaje, o sea Kubrick, aunque continuó su carrera como cineasta, se recluyó en su mansión de Londres, de donde nunca (o casi nunca) salió, tal como asegura su mujer, por el miedo a ser eliminado. Esto no fue un impedimento para que siguiera rodando extraordinarias películas, casi siempre en estudio, y con tecnología punta: cámaras especiales, etc., que obtuvo gracias a la Nasa. Pero esto da para otra reseña... ¿Fue un engaño la subida a la luna o estamos ante una verdad como un templo? Esto me plantea otra duda: en el fondo, ¿tenemos que creernos o "descreernos" lo que nos cuenten, tanto unos como otros? ¿Quién nos dice la verdad? ¿A qué jugamos? Ahora te pillo yo a ti, luego me das caza tu a mí.

lunes, 20 de junio de 2011

Días de música

La entrada del verano es buen motivo para celebrar el día de la música. En realidad, Heineken (no tenía intenciones de darle publi a esta multinacional holandesa) ya lleva celebrando el día (mejor dicho los días) de la música en Madrid, desde el pasado 18 hasta el 21 de junio, esto es, hoy mismo.  

La música es la ocasión perfecta para reunirse, divertirse, sobre todo ahora que llega el veranito, y necesitamos saltar y vibrar. Me apetece escribir sobre la música, no porque se celebren estos días musicales, lo cual no deja de ser un pretexto, sino porque la música, que es un arte sublime, casi siempre, y una de las bellas artes, tal vez la mejor y más universal, me procura intensos placeres. En realidad, a uno le hubiera gustado ser músico.

Tengo gratos recuerdos del día de la música en mi etapa en Francia, donde se celebraba por todo lo alto cual si se tratara de una Revolución, sobre todo en París, que es ciudad de altos vuelos, en lo musical y tantos otros terrenos. Allí o allá escuché en vivo y en directo a gente como los Tears for fears o el inolvidable y mediático Zucchero. No en vano, Madrid, que fue pueblo manchego con serenos y chulapas, y desde hace tiempo se perfila como ciudad puntera en algunas cosillas (en la marcha, sobre todo), ha copiado esta iniciativa, que el país galo viene haciendo desde hace algunas décadas.

El  Bierzo, como buena parte del país, se convierte en un gran escenario musical durante el verano: verbenas, fiestinas, romerías, conciertos aquí y allá. Un aunténtico festival al aire libre. En breve también tendrá lugar el legendario Festival de Ortigueira, que, como cada año, atrae a miles de personas, entre otras a muchos bercianos, incluso a grupos como Rapabestas, etc. Ortigueira, además de un pueblo marino hermoso,  es como la prolongación natural del Bierzo, que aviva el ánimo y alimenta los sueños. 

No podemos perdernos este festival porque siempre tocan bandas interesantes, como el año aquel que estuvo precisamente la banda bretona Gwendal o cuando tocó el neoyorkino Jerry González, a quien hemos visto en ese espléndido documental que se me hace Calle 54, de Fernando Trueba. Galicia es un paraíso musical. Por otra parte, están los veranos de la Villa en Madrid, en el patio del Conde Duque, y aun en otros sitios. Una buena ocasión para escuchar a los mejores. Por ahí han pasado, por poner sólo algunos ejemplos, desde  Alan Parsons y Dulce Pontes al desaparecido Enrique Morente o el argelino Khaled, y aun la diva griega Haris Alexíou, a quien puede ver/escuchar en concierto en Lorca, ahora ciudad de escombros. 
Haris Alexíou es realmente una diosa. Su voz me estremece el alma. Os dejo estos enlaces.


Madrid es un lugar al que uno siempre vuelve, aunque hace ya mucho tiempo que no visito la capital. Como en otros tiempos, que solía ir con frecuencia. Por razones diversas, Madrid es un bazar de sorpresas, no sólo musicales. Lástima que la capital del Reino siga alejada de la “hoya” porque no hay un TGV que nos una en dos horas, como ocurre entre Lyon y París, cuya distancia es de algo más de 400 kilómetros. 

Mientras, seguiré soñando y danzando con la música. Gracias, Haris Alexíou, eres muy grande.

La amistad

La amistad, qué hermosa palabra, cuando se hace real, y nos envuelve con su cálido aliento y su sonrisa acariciadora. Suena bien y lindo saberse amigo o amiga de alguien, depositar toda nuestra confianza, creer en ese otro (otra) que sientes cerca, aun y sobre todo en los momentos más difíciles. Pues os invito, queridos amigos y amigas, a que recuperemos la amistad, y aun otros afectos, como forma de vida, sobre todo ahora que nos llueven dioxinas y otras sustancias por doquier. En realidad, para que llevarnos a engaño, la amistad es algo preciado y precioso que debemos cultivar, siempre y en todo momento. Os invito, pues, a que la cultivemos en este huerto, acaso bajo algún árbol cobijador, como quisieran los filósofos (y pensadoras) epicúreos, cuyo saber consistía en alejarse del mundanal ruido para reunirse al amor sagrado de las palabras en un huerto o jardín. 

En un mundo cada día más "desarreglado", a tenor de lo que vemos y oímos, es menester volver a la amistad. Y aunque a veces nos sintamos eremitas, al menos por instantes, también hemos de ser conscientes de la importancia de los amigos y las amigas. Y esta, creo, es una magnífica ocasión para rememorar (también vivir) los buenos momentos compartidos, aquí y ahora, antes y después, con vosotros y vosotras. 

Desde este jardín, que a buen seguro lo es de las delicias,  seguiremos creyendo en la amistad, en vuestra hospitalidad. Y ojalá este encuentro, esta reunión perviva más allá de estas humildes palabras, que sólo aspiran a dar cuenta de lo que sentimos y vivimos, de este sentimiento nuestro que podría antojarse, ahora más que nunca, placentero y amistoso.


viernes, 17 de junio de 2011

Fiestas de guardar y festivales varios

En cuanto llega el verano todo se resuelve por la vía de la fiesta, fiestina y jolgorio variado. En el Bierzo, al igual que en el resto de España, somos muy dados a engancharnos a peregrinajes y saraos musicales, porque el nuestro es a buen seguro el país del mundo que celebra más fiestas al y por año. Hay fiestas que tienen más de dos milenios de tradición -algunas bestialinas- y otras se inventan cada día a fuerza de meter el morro en el pozo, o lo que sea menester. Pero el asunto es darle estopa, andar de feria en carnaval, disfrazado de tratante de jatos o xatos, hecho un "pinsel" o "pinselita". Vaya. De lo que se trata, aquí y allá, es de ver y dejarse ver. Otra cosa es tocar. Y brindo porque esta vez me toca a mí, que ya iba siendo hora de levantar la copa y echarme un trago como mandan las diosas.

España (haylos y haylas a quienes cuesta escribir y pronunciar su nombre) quizá sea el país más festejero del universo conocido, porque vela cuando los demás duermen y come cuando otros trabajan. Ni tiempo tiene para hacer la digestión, sobre todo cuando se atiborra de "fabes" con "almejes" o garbanzos con pulpo. Su pariente, hablo de México/Méjico, también tiene un bien poblado calendario de fiestas. Y cualquier pretexto es bueno para salirse de madre, entrarle al mezcalito y montar parranda. ¡Híjole, güey, qué hocico de chile chilpotle se te puso, cabrón! Me vale madre, pendejo. Pues que valga. Octavio Paz en ese libro de cabecera que es El laberinto de la soledad nos dice que sus fiestas son su único lujo, "ellas sustituyen, acaso con ventaja, al teatro y a las vacaciones, al week end y al coktail party de los sajones". 
Una carrera de burros (y burras) en Noceda, unas vaquillas en el barrio de Abajo, el juego de la rana en la plaza de cualquier pueblo, un concurso de siega de hierba en Pobladura de las Regueras, por ejemplo, una romería en Urdiales de los Montes, un conciertín en el Coco o en el Tararí y una noche templaria o destemplada -templándonos- en la capital del Bierzo, el santo Filindrín o la Santa Patrona de las Trévedes, amén de muchos otros corridos, son suficientes para que celebremos una fiesta por todo lo alto. 

La comisión (a modo de voz subconsciente) os recuerda (por megafonía) que la fiesta la hacéis vosotros, los vecinos y vecinas, quienes os encargaréis de escotar y soltar la guita (qué hermoso nombre). Pues no está el horno municipal pa' bollos preñaos. Este año, como el anterior, como siempre, os las arregláis como buenamente podáis (puédais, que de este modo tan curiosín se dice en mi pueblo). El dinero se pinta, se inventa o se busca debajo del colchón, si es necesario (aunque bajo el conchón no haya res), pero la aldea, el concello, el pueblo, el barrio, la parroquia no quedarán sin rendir honores a su Patroncito o Virgencita del alma. Hasta ahí podíamos llegar. Y si el pueblo de al lado trae una orquestina de mala follá, nosotros, que somos altos y fuertes, contrataremos, por el mismo o igual precio, a una orquestona de esas que montan un gran escenario en el que lucen gachís de patorra y nalgamen, cuyas cinturitas dejarían sentado al mismísimo Messi, que ya es decir mucho. Que se note que somos (semos) gente de arrestos, viajada, instruida, para que no demos la impresión de que, llegado el caso, no tuviéramos donde caernos. Y vaya si lo haremos, aunque nos cueste un ojo de la cara y aun otro del clarín clarete. 

Un día de fiesta vale más que mil de funerales, que digo, un día de fiesta (ahora me viene a la memoria Jacques Tati) vale un imperio. Y que nos quiten lo bailao, que lo elevado, elevado va, vaca "palantre", leche. Así se las gasta el gentío.

Entre verbenas, tamborradas, corridas, pasacalles, procesiones, desfiles, sardiñadas y otros muchos festivales de música rock, pop, folk... andamos más corridos que unos zorros en busca de gallineros, no acertando en verdad adónde apuntar(se) o encaminarse (la procesión va por dentro y la curda aflora hasta en la jeta). 

Uno no sabe si revolcarse en el lodo mientras intenta agarrar al cerdito Ronchín -es un decir- o participar en el concurso de camiseta rociada con alcohol de noventa y más grados en una disco o "pufo". Las fiestas se han vuelto y revuelto: una auténtica mina para la explotación política. Y un tema sociológico de envergadura (enverga... qué).

Las fiestas, por lo general, suelen ser divertidas (vaya "rebuznancia") y con ese fin se hacen, o eso parece. Aunque en ocasiones -cabe recordarlo- la alegría acaba a reventones, cuchilladas, hostiazos, pisotones, avalanchas. Como hemos visto y sabido a lo largo de los años. Por desgracia, también esto forma parte de la fiesta y los festivales, mal que nos pese. Quienes acuden a estos festivales no lo hacen con afán marrullero, nomás quieren desatarse del yugo, liberarse de las cadenas, salirse de la raya, excederse, al precio que sea, pasárselo puta madre, guay, tronco, tronca, colega, traspasar el muro de la incomunicación, el túnel de la soledad, el enganche psicodélico a lo rutinario, a un trabajo basura, a una vida sin estimulos. El personal necesita desfogarse, entrar en éxtasis, bailar la danza de la muerte. ¡Pero cómo somos los humanos, demasiado bestiales! Lobos y lobas esteparios en busca tal vez de una supuesta felicidad. No en balde, la fiesta, la "love parade", los festivales permiten al paisanaje reunirse y amarse (o darse guamazos, it depends). Lamentable, sin duda, que el meeting se convierta en un desvarío. Ahora toca el Festival de Ortigueira. ¡Qué siga la fiesta!





lunes, 13 de junio de 2011

En medio de las ruinas


Este texto fue inicialmente publicado en el Filandón del Diario de León, bajo el título El Portón. Ahora reaparece con un leve retoque.

 Este es el aroma a madera envejecida, en medio de las ruinas, este es el crujido tal vez áspero de un portón cuarteado o de un cuarterón porteado, testigo de otra época, de un espacio amasado con bravura por nuestros antepasados, el olor quizá ferruginoso de una aldabina, que sirve como cerrojo, y de un candado, que un día, en algún momento, pudo ser útil, y que ahora sólo parece reliquia, pieza museística, que atrajera la atención de los curiosos. 

Ese intento de trancar una puerta, como sea, aunque para ello tengamos que atravesar un palo cualquiera a modo de refuerzo, nos invita a traspasar el umbral de lo íntimo y nos adentra en los secretos de lo primigenio, en busca sin duda de un tiempo que fue, y que nos devuelve a una infancia tiznada con las brasas de una lumbre baja, sobre la que aún caldeamos nuestros recuerdos y avivamos los ánimos, y la imagen tenebrista  de una casina con sabor a embutido ahumado con leña de roble, situada en alguna aldea dormida, que sigue rumiando su letargo, en medio de un bosque centenario, donde canta el urogallo y brama el silencio como un animal abatido.

viernes, 10 de junio de 2011

Valporquero

                                             Hoces de Vegacervera
Aunque en su día escribí un texto a propósito de Valporquero y sus cuevas, quiero rememorar ahora esta maravilla de la naturaleza, porque recientemente -hace unos días,  nomás, que diría un mejicano- volví a visitar la zona. Una belleza. 
Ya Vegacervera, o mejor dicho un apuesto chivo (quizá sea chiva) saluda al viajero abriéndole un horizonte de hoces. Una masa de rocas calizas y peladas que se yerguen endiosadas, como queriendo apantallar al visitante. Julio Llamazares siempre presente. Inolvidable ese recorrido por las Hoces en Retrato de un bañista, recogido en el Filandón, de Sarmiento, mientras escuchamos la voz del poeta:
Entre las truchas muertas y la herrumbre,
fresas...
Una garganta, garganta profunda, tal vez con anginas, que surca el Torío. Preámbulo fascinante. Ahora sólo queda alcanzar el pueblo de Valporquero del Torío (valle de porcos o porqueros, quizá) y a continuación sus cuevas, que son unas pocholas, según mi compañera de viaje, a tenor de la poca edad que tienen: un millón y pico de años (era Cuaternaria), poco más o menos, o sea, la eternidad y un día para cualquier humano.
 
          Entrada a las cuevas de Valporquero
Es revelador que el único monumento de nuestra provincia, declarado Patrimonio de la Humanidad, sea una ruina, como ha dicho un prócer de la cultura leonesa. Una ruina medular, rojiza y hermosa, donde intervino la mano humana, el brazo esclavo del Imperio romano. Si nuestras Médulas son Patrimonio de la Humanidad, uno se pregunta por qué las cuevas de Valporquero, belleza natural ensoñadora, no han tenido el mismo trato y tratamiento mundial. 
Cuando uno se adentra en estas grutas, se nos esgazan los ojos de tanta maravilla como hay allí. Hace ya algún tiempo, en compañía de una tropa de Erasmus de la Universidad de León, comandados por Adrián, Damelsa y Eva de la Asociación Aegee, enfilamos rumbo a Valporquero a través de esas Hoces y ese paisaje-memoria: la cascada de Nocedo, en el alto del Curueño, que nos hermana y devuelve a la cascada de la ruta de las fuentes curativas en Noceda del Bierzo. Y luego la subida al valle de Valdorria, incluida la Ermita de San Froilán, como un espejismo. 
Esta es ya la cuarta vez que me adentro en las cuevas -la primera fue con seis años, en una excursión escolar, y la segunda siendo aún adolescente-, sin embargo quedé maravillado, como un tierno infante, que se deslumbrara por vez primera ante tamaña belleza de estalactitas y estalagmitas. Conviene señalar que estas cuevas se abrieron al público un año antes de que me nacieran, esto es, en 1966.
Nuestro guía, durante mi tercera visita, fue un tal Jose Llamazares, natural de La Sobarriba o costa del adobe, que nos contó un sinfín de historias acerca de estas cavernas, entre otras que son las más grandes de España, “que se pueden visitar en su totalidad”, precisó, porque también están las de Ojo Guareña en Burgos, que aunque figuran entre las diez más grandes del mundo, sólo se puede acceder a una pequeña parte de las mismas. 

Si las Cuevas de Valporquero, en vez de estar en la montaña leonesa, estuvieran en Cataluña o en Mallorca, como las del Drach, “tendrían 70.000 visitantes al mes”, aseguró este buen hombre. Pues será verdad. 
También Jose Llamazares, además de mostrar su devoción por las palomas mensajeras, algo que me cautivó, incluso me hizo volar alto y lejos -como esos animalitos capaces de llevar correspondencia en dos días desde Casablanca a León-, nos contó que estas grutas han servido como escenario natural para el rodaje de secuencias de películas, como la de la Cueva de Montesinos de El Quijote, de Gutiérrez Aragón, y algún documental de Al filo de lo imposible. También La herencia de Valdemar, que no he llegado a ver, fue filmada en las cuevas, al menos algunas secuencias, algo de lo que nos da fe nuestro hasta ahora último guía, Paco. 
El recorrido por las diferentes salas, alguna con helictitas, como la Sala de las Maravillas resultó instructivo, amén de divertido, durante mi tercera visita, y me hizo imaginar un mundo fascinante y peliculero, como esos paisajes de ficción transilvaniana que vemos en el Drácula de Coppola. Al parecer, en La herencia de Valdemar también se puede ver al personaje que interpreta a Bram Stoker. 
En mi cuarta -y hasta el momento última visita- disfruté de nuevo contemplando la belleza contenida en este espacio cavernario, que me invitó a reflexionar sobre la levedad y la finitud del ser humano. "Para formarse una columna, como algunas que estáis viendo, deben transcurrir miles de años... A razón de dos centímetros por cada cien años, más o menos", nos dijo nuestro guía Paco, que nos hizo un recorrido más bien corto -y eso que sólo íbamos cuatro personas, o quizá por eso mismo-, si lo comparamos con respecto a la vez anterior, cuando fui con los alumnos de la ULE. 

Al parecer, hay un recorrido normal, cuya duración es de unos cincuenta minutos, y otro más largo, con una duración aproximada de hora y media. Es una lástima que no pudiéramos visitar de nuevo la Sala de las maravillas. Otra vez será, si ha de ser.  

Al preguntarle por las películas que se han rodado en las cuevas, Paco aclara que se han filmado desde una versión de Viaje al centro de la tierra, de Juan Piquer, hasta la ya mencionada Herencia de Valdemar (el desenlace de la segunda parte) y aun una versión de La isla del tesoro (El tesoro), dirigida por Martín Cuenca, que nuestro guía tuvo la ocasión de ver en la televisión gallega. 

Las que no se me resistieron esta vez fueron las fotos, que quedaron en verdad espectrales (algún fantasma se ve, aunque mejor sería decir que algunas aparecen movidas), porque cuando estuve la penúltima vez, si bien hice fotos con película -casi nada-, nunca llegué a verlas reveladas porque mi cámara Yashica (condenada, sin duda, porque ya en Lisboa había peligrado) fue a parar a las manos... sucias... de cualquier raterillo en Murcia, donde me dio por quedarme sopa, sin querer, claro está, en un banco sito en el parquecito del Ayuntamiento. ¿Quién me mandaría pegar los ojos, y dejar a libre valer la mochilita en que iba la cámara de fotos? 

También recuerdo con especial afecto las techumbres o palapas que hay en los alrededores de las cuevas. Algo que se me quedó grabado en la memoria desde mi primera excursión. 
Desde Valporquero se tienen espléndidas panorámicas de la montaña leonesa, con la aldea de Felmín al fondo. Hasta la próxima... visita.

La Fura dels Baus o el teatro de la crueldad

Con la que está cayendo ahora, empapados de violencia por doquier -no bien sales a la calle, ya te están agrediendo. Esto aquí no, aquello allá tampoco, y así en este plan de despropósitos-, es buen momento para rendirle homenaje a esta compañía de teatro, en su día Premio Nacional, que sigue manteniéndonos alerta de los desvaríos que ocurren en el mundo. A buen seguro pergeñarán un montaje en torno al movimiento del 15-M, que comienza a provocar malestar en las entretelas socio-políticas, con la consiguiente represión mandataria. Siempre el poder, el ejercido, dándole estopa al que se sale de la raya. Vivimos una época convulsa y eruptiva (en realidad ningún tiempo conocido ha sido rosa), que en algún momento acabará reventando, explosionando como esas mochilas-bomba que utilizan los fureros (fureras) en Imperium. El Imperio de la sinrazón y los monstruos desrazonados se imponen. Grandioso espectáculo.
La Fura dels Baus, más conocida como La Fura,  es el curioso nombre de un grupo de teatro surgido en la ciudad de Barcelona a finales de los setenta. Ya, desde sus inicios, se nos muestra vanguardista y transgresora en su afán por encontrar una nueva forma de hacer teatro, que rompa con moldes y modelos clásicos y tradicionales.

A partir de los años noventa la compañía incorpora a sus nuevos proyectos el teatro digital, como el Work in progress 97, espectáculo en el que se conectaban escenas que ocurrían simultáneamente en diversas ciudades. También son conocidas la representación de óperas como Atlántida, de Manuel de Falla, El martirio de San Sebastián, de Debussy  La condenación de Fausto, de Berlioz para el Festival de Salzburgo de 1999 o bien Orfeo, de Monteverdi.  

Entre sus grandes espectáculos, cabe destacar la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de 1992 de Barcelona. Y en cine también han hecho sus pinitos, con la película Fausto 5.0.

Desde que viera su espectáculo Noun en el Festival de teatro de la ciudad francesa de Châlon-sur-Sône, allá por el año de 1992, he seguido su trayectoria, en la medida en que he podido, siempre con devoción. Noun me pareció un delirio, incluso una  agresión al espectador –con aquellos coches de choque que te embestían como toros de Miura por la nave en la que se desarrollaba la acción- pero a la vez resultaba fascinante, hipnótica. En aquel surrealista espectáculo, los espectadores asistíamos al nacimiento de unos seres, que acababan envueltos y absorbidos por las máquinas. 


De unas bolsas de plástico, colgadas de una estructura metálica,  veíamos surgir a estos humanos, en postura fetal, desnudos. De repente se rajaban las bolsas y nos sorprendía el agua (el líquido amniótico, ay) cayendo, cayéndonos encima incluso, al tiempo que comienzan a asomar el hocico los neonatos, las neonatas, creo recordar, algo creciditas.

Otro de sus espectáculos que causó impactó, incluso revuelo entre la población, fue el estreno de XXX en el 2002. Tuve la ocasión de ver esta obra en Madrid, en la que La Fura se propuso la adaptación, por lo demás libérrima, de la obra del marqués de Sade, La filosofía en el tocador. Los actores y actrices, a lo largo de toda la representación, aparecen desnudos  y aun simulan hacer el amor en escena. Asimismo, interactúan con el público, de forma que asistimos a una transgresión del espacio privado del que supuestamente goza un espectador en una obra convencional.

La última función que he visto de la Fura es Imperium, hace ya algunos años. Creo recordar que fue en 2007. La compañía catalana retoma, una vez más, al marqués de Sade, ese figurón que tanta influencia ejerció en la Revolución francesa, así como en la filosofía de Nietzsche, el psicoanálisis freudiano y el surrealismo.

Con Imperium La Fura sigue inflándonos literalmente a hostias, consagradas y en tinta azul, verde, roja, lo que nos devuelve a nuestras urdimbres primigenias de bestialidad. Nada nuevo bajo la capa de las estrellas, sobre todo después de haber leído con intensidad y devoción a Sade, aquel revolucionario tarado y lúcido que pasó gran parte de su vida en cárceles y hospicios, y que tanto influyó, como señalé, en los surrealistas, en especial en el teatro de la crueldad de Artaud, el cual llegó a ser como un alma gemela del marqués filósofo y librepensador. Y es que La Fura hereda el lenguaje de sonidos, gritos, sorpresas, esplendor de luces y una modulación de la palabra, del gesto, de la expresión artaudianas en una época, la nuestra, en la que no sólo predomina la tecnología sobre el saber artesanal, sino que somos esclavos de ésta. Esa forma de entender el teatro, que tiene La Fura desde sus comienzos, está en El Teatro y su doble, donde se nos habla de  cobertizos e iglesias donde se puede jugar/actuar, y en los cuales puede haber distintas acciones simultáneas, violentas imágenes que impresionen e hipnoticen al público, acciones propias de nuestro mundo sadomasoquista, en el que se impone la domesticación física y espiritual como una suerte/desgracia de totalitarismo, imperialismo romano en esta posmodernidad en la que seguimos siendo harto morbosos, y disfrutamos viendo actos bárbaros, al igual que los romanos de la época clásica disfrutaban viendo cómo los leones se zampaban a los gladiadores en el circo.

La Fura, a través de su Imperium, ha vuelto a torturarnos, a azotarnos con sus látigos, a envolvernos en un escenario, en esta ocasión en el Polideportivo de La Torre de la ciudad de León, en el que el público participó de modo inevitable y activo en la ceremonia, porque los actores, en este caso las ocho actrices o furonas, semidesnudas y embadurnadas como diosas griegas, transgreden el espacio íntimo del espectador, que queda atolondrado por el constante vaivén escénico. Desde la explosión de una bomba hasta el desenlace final a garrotazos, el espectador se siente intimidado, agredido por la violencia, el dolor, el terrorismo, la inseguridad de nuestra época.

La Fura, con este espectáculo, nos ha recordado nuestro miedo ancestral: a los virus, al sexo, al dolor, a nuestros jefes, a perder el trabajo, a la libertad y a la muerte (como última fase del Imperium o Imperialismo), ese miedo que nos condiciona y paraliza, porque tal vez sigamos viviendo bajo el Imperium Res Pública de Saló y los ciento veinte días de Sodoma, como bien nos enseñaron Sade y Pasolini, los cuales están a su vez en esta obra. O al menos eso me hizo recordar. 



Seguiré pendiente de sus próximas actuaciones. No os las perdáis, no tienen desperdicio.




miércoles, 8 de junio de 2011

Olor a heno

Es tiempo de siega de yerba. Y de andar haciendo bálagos, “balagares” o pajuelas y levantado polvo en los pajares. En otros tiempos, en cuanto llegaba junio, era época de siega en el Bierzo, porque ahora, desde hace algunos años, ya ni se siega el "pasto". En todo caso, y a resultas de las innovaciones, el asunto ha cambiado mucho, y ha dejado de ser como antaño, que se tragaba mucha polvareda y te salían unos mocos negruzcos, como de silicótico, cuando estabas arrebujado en todo el mogollón, metido hasta los calcañares en el pozo del pajar. Qué tiempos. Y cuanta penuria.

Hogaño -dicho sea en plata taxqueña-, debe chuparse menos polvo porque se agarra más paja de un tirón. Que todo sea por la modernidad agrícola, que apretuja las hierbas/yerbas en unas cosas, pacas o fardeles que no hay cristiano que los mueva de su sitio. Vosotros, quienes habéis atropado mucha hierba, ¿qué opinanáis? Si es que ni dios se acuerda de esto, y uno a darle a la rememoración.

Este menda, que fue “cazolero” y chacinero antes que monaguillo de sacristía y seminarista de ensoñaciones, algo sabe o al menos debería saber de lo que se guisa y se templa en la sauna de un pajar.

En estas tierras nuestras no es necesario irse a los baños termales a que te suden las entretelas y te canten los pinreles por soleares. No hace falta pagar por ello. Ni siquiera tienes que acudir a una hidroterapeuta en busca de una solución a tus artrosis reumatoides, que cada día son más fastidiosas. Por cierto, al decir esto me están entrando ganas de irme a un baño termal, a un hammam, a algún sitio costero. ¿Qué tal, amigo Mingo, cómo te sientes en la termalidad de Budapest? Danubiando, seguro.

Tengo los huesos deshechos, se le oye decir a mucha gente, sobre todo a personas mayores. Sólo tienes que meterte por el “furaco” del pajar, agarrar el “engazo” o "angazu", la horquilla o lo que encuentres a tu vera, y desparramar la hierba por doquier. Este es un deporte en el que se ejercita el cuerpo al completo. Y se hace mucho músculo de alterofilia. Gimnasia de yerbamen y tinglado. Te pones cachas sin gastarte un duro. Y puedes curar tus males artríticos, sin que el doctor o doctora de turno te “empuchiquen” de pastillas. Eso sí, este es un deporte que al parecer no tiene mucha recompensa económica. Ya se sabe que hay muchas clases de deporte, y aún hay más tipologías de deportistas. Hazte famoso y dedícate a sestear como las ovejas a la sombra de un castaño. Vive en el anonimato y nunca lograrás desprenderte de la hierba que se seca al sol de mediodía.

En otras épocas, el personal andaba por este mes de junio muy atareado con la yerba en el Bierzo Alto. Y no se cansaba de acarrear alimento para el ganado. Entonces, había ganado... y hasta perdido. Ahora sólo quedan algunas vacas de "El Pellejero" y poco más. Al menos en el útero de Gistredo. "No vaya a ser que revuelva el temporal -no es de fíar, visto lo visto- y se quede el comestible en el prado", solía decir el paisanaje.

Pero cada día son menos quienes se dedican a estas labores de campo. Unas labores que me hacen recordar esos maravillosos cuadros que pintara Jean François Millet, Las espigadoras o El Ángelus, cuyos personajes son labradores que encorvan el pellejo bajo un cielo holgado, envueltos en una luz crepuscular. O ese colorido idílico y explosivo que aparece en las pinturas de Van Gogh, hermosos campos de Auvers-sur-Oise y el Midi francés por los que he paseado, con devoción, en alguna que otra ocasión.

La recogida de yerba te broncea el alma y te curte el rostro. Un bronceado natural y rápido. Es suficiente una semana al calor de un sol castigador y moscón para que te salga lo moreno por todos los poros. Luego no es necesario irse al solárium de enfrente. Joder, en qué estaría pensando, si por estos lares no hay solárium.

Antaño, por el mes de junio, era tiempo de recolección de yerba seca, pero ya casi nadie -naide o naides- siega a guadaña, una faena ésta que requiere mucho entrenamiento y una gran destreza. Ya casi nadie se dedica a afilar la guadaña, decía, salvo que a algún paisano se le ocurra la brillante idea de convocar un Concurso de Segadores. Como en alguna ocasión hicieron en Pobladura de las Regueras (qué lírico nombre).

El verano, que está a puntito de “encetarse” como una hogaza de pan hecha en horno de leña, es la estación más poética del año. El verano es placentero y campestre. Prefiero esta estación sobre todas las demás, porque los días -incluso las noches- se estiran como cuellos de jirafa hasta tocar la fruta prohibida. Me gustan el olor a verano y el olor a heno, porque son unos olores que me estimulan y me invitan a escribir con satisfacción. El olor a yerba seca es como un alucinógeno que me hiciera sentirme alegre y despierto. Es excitante, atrayente, encantador. El acto de oler entraña mucha inspiración. Y el olfato es quizá el sentido más lírico, según Umbral, un tipo al que le salían precisos y excitantes poemas en prosa. Se cuenta que el filósofo Schiller acostumbraba a oler una manzana antes de sentarse a escribir. Hay a quienes les da por meter las narices en otros jardines de delicias. Pero este es otro cantar de olores y colores.



martes, 7 de junio de 2011

Rumanía, sombras y luces

Acabo de leer un texto que escribiera nuestra estimada Carmen Busmayor sobre un país tal vez poco conocido y siempre criticado. Hablo cómo no de: Dos sombras sobre Rumanía, que podéis leer en este enlace:
http://www.diariodeleon.es/noticias/noticia.asp?pkid=607798


El país de Paul Celam y Nadia Comaneci, como ella misma nos dice. Este artículo me ha hecho rememorar algunas vivencias en ese lugar remoto, cuyo mito draculiano nos devuelve a una Transylvania literaria y cinematográfica. He visitado en dos ocasiones Rumanía, y me ha encantado, sobre todo ciudades como Brasov o Shighisoara. No podría decir lo mismo de esa ciudad-monstruo llamada Bucarest.


El escrito de Carmencita Busmayor también me ha llevado a un artículo que este "arrejuntador" de letras escribiera hace ya años, "intitulado" el estigma del rumano, antes de que pusiera los pies en este país. Vaya aquí y ahora:


http://www.diariodeleon.es/noticias/bierzo/el-estigma-del-rumano_40484.html 
La intransigencia, a veces oculta en el inconsciente colectivo, es algo que venimos arrastrando los humanos, demasiado humanos, desde tiempos inmemoriales. Y da la impresión de que este fanatismo seguirá campando en los torreones de la patria nuestra por los siglos de los siglos. Nuestra obcecación nos impide ver con claridad la realidad, esta realidad amasada con ponzoña y casi siempre con mucha ferocidad. Un chivo expiatorio es suficiente para que nos ensañemos con él. Y en este caso el chivo es un rumano con pinta de raterillo. Un rumano estigmatizado de por vida. Sospecho. La especie humano-animal es racista por naturaleza. Ni el bueno de Rousseau fue capaz de mejorarla. Por otra parte, la cultura/incultura sólo ha conseguido añadir más moje al asunto. Una salsa que devoramos cual si se tratara de un cadáver exquisito. Nos encanta zamparnos unos a otros. Últimamente en el Bierzo se habla de los rumanos como si fueran unos apestados de la sociedad. Al parecer, siempre son ellos quienes delinquen y cometen todo tipo de fechorías. Es evidente que los rumanos no gozan de buena reputación en nuestra tierra. A menudo se oye decir que el Bierzo es una tierra acogedora, y lo es, pues en ella conviven, en paz y en armonía, desde pakistaníes hasta caboverdianos. Pero los rumanos se nos han metido entre ceja y ceja. Es como si los tuviéramos atravesados.


Rumanía es un país que se nos presenta como un poco alejado de nuestras miras. Y tampoco nos importa demasiado. Lo único que nos importa y hasta nos produce muy mala hostia es que estos individuos desvalijen casas, joyerías y establecimientos varios. No digo que no haya rumanos capullos, que los hay, como en todos los rincones del universo conocido. Cabrones haylos de todas las raleas. Mas no vayamos a caer en la trampa de la generalidad. Una trampa letal, sin duda. No generalicemos sin ton ni son, por el mero hecho de opinar. Qué la cordura nos acompañe en este camino de rosas trilladas!


Los rumanos, que tienen mucho de gitanos, no son plato de nuestro gusto. En realidad, nunca lo han sido. Se les soporta pero no se les traga. En nuestro país, y por ende en nuestro entorno más inmediato, se sigue mirando con ojeriza a los gitanos. En cuanto nos tocan las varices primigenias se nos sale la vena xenófoba. "Eres un húngaro", recuerdo que te decían -hace tiempo que no escucho esta chistosa y bestial expresión-, si te querían insultar.


Rumanía es una tierra que me hace soñar y la música zíngara una maravilla que me ayuda a levitar. Lo mejor en estos casos es quedarse con el lado bueno del país y de sus gentes.










lunes, 6 de junio de 2011

A Vicente Pueyo

La muerte de Vicente Pueyo me ha pillado por sorpresa, y creo que ha cogido a la trampa a todo el mundo. Qué pena. 

Tenía Vicente un rostro de buena persona, que lo hacía cercano. Parecía por lo demás un tipo introvertido. No tuve mucho contacto con él, salvo en una época, a principios del 2000, en la que él se encargaba, como redactor Jefe de opinión, de mis artículos, en cuyo encabezamiento figuraba El molín de Ampuero, y salían publicados -creo recordar- en la tercera página del Diario de León. Pasada esta época, lo veía de cuando en vez en algunos eventos y comidas organizadas por el Diario. Pero siempre que podía lo leía. Quiero mandarle, desde la aldea berciana, un entrañable abrazo a los suyos. Descansa en paz, estimado Vicente. 
 


miércoles, 1 de junio de 2011

Trotamundos

El siguiente artículo se publicó el 7 de junio del 2009, en el periódico Milenio, Estado de México, en la sección cultural. Quiero agradecerle a su autora, Celeste Ramírez, su amistad y sus palabras de cariño.


Malas Compañías/
Cuenya, el trotamundos.
Por Celeste Ramírez. 


En la barra del Café de Gijón en Madrid hablamos de su mundo sin fronteras. Un mundo donde México tiene un lugar especial. Pero no el México que para un extranjero se resuelve con las playas de Cancún o con la vasta riqueza arqueológica de Teotihuacan, con o sin perforaciones.
El México del escritor Manuel Cuenya es otro. Es el mundo periférico a la gran ciudad: el Valle de México, ese que nunca duerme y desde donde a diario sus habitantes salen a engranar al Distrito Federal.
Hace algunos años, Cuenya habitó en ese monstruo mexicano. Parte de esas vivencias, que alguna vez las sacó a colación frente a un cortadito para aliviar el frío invernal, ahora las consolida en Trasmundo (2009), un libro recién editado por el Instituto de Estudios Bercianos, España.
Son siete relatos de ficción autobiográfica, donde el autor hace eco de la gran tradición española de la novela picaresca al estilo del Lazarillo de Tornes; el Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, o La vida de Torres Villarroel.
El primer relato del libro es "Un mexicano en el Bierzo", trata de la búsqueda de identidad y nos evoca cierta inspiración en el Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Con lo que el autor ofrece un homenaje a la literatura mexicana, a la que tanto es aficionado.
"Aventuras de Gerardín del Bierzo", por varios lugares del mundo, así como "Aventuras y desaguisados de Gerardín del Bierzo en el Imperio Azteca" y "Un mexicano en el Bierzo", nos habla de este personaje que hace pensar que es el alter ego de Manuel (o viceversa) y ahí nos cuenta sus andanzas, cuitas o avatares por las tierras nuestras.
En los dos relatos se deja sentir el folklore; algunos lugares específicos como Chalco. También el olor de tamalitos verdes y de dulce que Gerardín vende en el zócalo capitalino para obtener la calderilla diaria. Recurrencias al mezcal oaxaqueño para pasar las hambres y los desamores. O frases de canciones de José Alfredo Jiménez, que en nuestra sociedad se han convertido en recurrencias como "la vida no vale nada".
Y merecido decir que en su conjunto, el personaje principal de Trasmundo, es la primigenia del autor.  Ya nos lo refiere, "Hay un Bierzo colorido y a flor de piel; y un Bierzo subterráneo y entrañable".
Al leer a Manuel en Trasmundo, me digo: "¡qué buena pluma tiene el muy cabrón!".  Y lo consolido releyendo otro de sus libros, Viajes sin mapa (Universidad de León, España, 2008), periodismo literario y de entrañas sociales sobre el Cairo, Marruecos, Lisboa, Paris, Cracovia, Buenos Aires y la Habana.
En ambos títulos se trasluce sus lecturas, su talento y su disposición literaria. Son los dos el esfuerzo diario y la intensidad de vida. Además esa disciplina forjada en la prensa donde escribe cada semana una columna.
Manuel Cuenya (Noceda del Bierzo, 1967). Es periodista y escritor. Forma parte del claustro académico de la Universidad de León, España. Es un filósofo urbano, un cronista de mundos interiores en la diversidad cultural. Tiene como pasión los viajes, el cine y la literatura. Es un gran amigo, lo sé también.