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martes, 10 de mayo de 2011

El cuervo, de Poe


Estamos de enhorabuena porque tenemos de nuevo al Teatro Corsario con nosotros, en Ponferrada, en el Bergidum, templo de la cultura berciana (ay, también contamos con el Benevivere). 

Ayer tuvimos la ocasión de ver al actor Javier Semprún, conocido por su papel en Celda 211, representando El Cuervo, de Poe, poema hecho carne y alma. Un papel que pareciera hecho ex profeso para este actor cuyo aspecto  me hace recordar a algún monstruo del horror, tal vez Frankenstein (esto lo digo con todos los respetos). 

Me emocionó ver a Semprún metido en la piel del tipo, naturalmente siniestro, como sacado de la ultratumba, que se lamenta por la pérdida de su amada, en este caso Leonor. 

El texto en este caso no es un pretexto para interpretar (o sí) porque se trata de uno de los grandes poemas narrativos de toda la historia, que convirtió a su autor en todo un personaje. 

Semprún en el Bergidum 
En palabras de Francisco Pino, que ejerce como traductor infiel de esta versión de El cuervo, se trata del mejor poema del mundo, y de todas las épocas. Algo que me parece, cuando menos, excesivo, atrevido, aun a sabiendas de que Poe (a menudo adaptado al cine por Corman) era un fenómeno de la naturaleza, que logró, con sus cuentos impregnados de muerte y horror, meternos no sólo el miedo en el cuerpo, sino el gusano putrefacto de lo literario, de la vida en su roce sublime y cataléptico con la muerte. 
Dice Pino que El cuervo resume en sí mismo todos los conceptos, tanto éticos, como estéticos, gramaticales, musicales, sinceros y hasta históricos y retóricos. Casi nada. 
Volveré a leer con devoción a Poe, que fue otro maldito de la literatura (como lo es Leopoldo María Panero-Nevermore), lleno de misterio y sobrenaturalidad, con sus historias para no dormir, como La caída de la casa Usher o El retrato oval, por poner sólo un par de ejemplos singulares, venerado por unos y por otros: Baudelaire, Maupassant, Dostoievski (de corte similar), Kafka, entre otros muchos, incluso los llamados surrealistas y algún cineasta como el maestro del suspense, Hitchcock.

Hoy El teatro Corsario nos tiene reservada otra obra, esta vez con títeres: La maldición de Poe. No debemos perdernos esta función.

El cuervo, de Poe


Cierta medianoche aciaga, cuando, con la mente cansada,
meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral y asentía, adormecido,
de pronto se oyó un rasguido, como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.
«Es un visitante -me dije-, que está llamando al portal; sólo eso y nada más.»

¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre!
Cada chispa desfalleciente dejaba un rastro espectral.
Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma en mis libros,
ni consuelo a la pérdida abismal
de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar
y aquí nadie nombrará.

Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas me embargaba de dañinas dudas
y mi sobresalto era tal que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia:

«No es sino un visitante que ha llegado a mi portal;
un tardío visitante esperando en mi portal.
Sólo eso y nada más».

Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé:
«Caballero -dije-, o señora, me tendréis que disculpar
pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido
y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal
que dudé de haberlo oído...», y abrí de golpe el portal:
sólo sombras, nada más.

La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,
y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;
pero en ese silencio atroz, superior a toda voz,
sólo se oyó la palabra «Leonor», que yo me atreví a susurran..
sí, susurré la palabra «Leonor» y un eco volvióla a nombrar.
Sólo eso y nada mas.

Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos
pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.
«Esta vez quien sea que flama ha llamado a mi ventana;
veré pues de qué se trata, qué misterio habrá detrás.

Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.
¡Es el viento y nada más!»

Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,
agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral.
Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento,
con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal,
en un pálido busto de Palas que hay encima del umbral;
fue, posóse y nada más.

Esta negra y torva ave trocó, con su aire grave,
en sonriente extrañeza mi gris solemnidad.
«Ese penacho rapado -le dije-, no te impide ser osado,
viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;
¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?»
Dijo el cuervo: «Nunca más».

Que un ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa
sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco cabal,
pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido
ocasión de ver posado tal pájaro en su portal.
Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal
que se llamara «Nunca más».

Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el busto,
como si en ello le fuera el alma, ni una sola sílaba más.
No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna
hasta que al fin musité: «Vi a otros amigos volar;
por la mañana él también, cual mis anhelos, volará».
Dijo entonces: «Nunca más».

Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;
«Sin duda -dije-, repite lo que ha podido acopiar
del repertorio olvidado de algún amo desgraciado
que en su caída redujo sus canciones a un refrán;
que pergeñó, acorralado, este lúgubre refrán:
"Nunca, nunca más"».

Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía
planté una silla mullida frente al ave y el portal;
y hundido en el terciopelo me afané con recelo
en descubrir que quería la funesta ave ancestral.
Qué pretendía esa torva ave, funesta y ancestral
al repetir: «Nunca más».

Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra
al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar;
eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada
sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.
¡Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar,
y ya no usará nunca más!

Luego el aire se hizo denso,
como si ardiera un incienso
mecido por serafines de leve andar musical.
«¡Miserable! -me dije-; ¡Tu Dios estos ángeles dirige hacia ti
con el filtro que a Leonor te hará olvidar!
¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás! »
Dijo el Cuervo: «Nunca más».

« ¡Profeta -grité-, ser malvado; profeta eres, diablo alado!
¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad
trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje,
a esta morada espectral? ¡Mas, te imploro,
dime ya, dime, te imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!»
Dijo el Cuervo: «Nunca más».

« ¡Profeta -grité-, ser malvado; profeta eres, diablo alado!
Por el Dios que veneramos, por el manto celestial,
dile a este desventurado si en el Edén lejano
a Leonor, ahora entre ángeles, un día podré abrazar;
si a la radiante doncella en el Edén podré abrazar. »
Dijo el Cuervo: «¡Nunca más!».

«¡Diablo alado, no hables más!», dije, dando un paso atrás;
« ¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal!

¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje
quiero sobre mi portal! ¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!»
Dijo el Cuervo: «Nunca más».

Y el impávido cuervo osado aun sigue, sigue posado,
en el pálido busto de Palas que hay encima del portal;
y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,
cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal;
y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,
no se alzará... ¡nunca más!

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