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viernes, 31 de diciembre de 2010

Del bakalao al gato, el ratón, el Facebook y el Twitter

            Estamos pasando, casi sin darnos cuenta, de la generación del “bakalao” al pil-pil por rutas colocadas y anfetamínicas, pastilleras y apijotadas, a la generación del gato y el ratón, el Facebook y el Twitter, que enganchan tanto o más que el crack, la cocaína o las raciones de soma que propone Huxley en Un mundo feliz, lo cual que resulta harto divertido y camelador. Todos enganchados a lo que se tercie, lo que supone tal vez un gran salto cualitativo en la escala evolutiva/involutiva. Monos elevados a los cielos malvarrosa de los chateos. Qué chachi. Hemos pasado de zamparnos un pescaíto con ojos de besugo flipado, y olor a caca de mono diarréico, a sobarle la patata a dos animalitos míticos: el gato, que sigue siendo guardián de ilusiones y esperanzas nuestras, y el ratón, que aspira a ser un humano más entre la especie, la tribu, el clan, sobre todo desde que Walt Disney (cuyo origen se dice almeriense) le pusiera nombre de gato, o sea, Mickey, y lo dibujara cual un antropomorfo, que quede en mestizo.
            Ahora lo que se lleva, la moda, lo que impera en el reino de nuestros cielos “post” (entiéndase post como correo y a la vez prefijo de modernismos) es el juego del gato y el ratón. ¿Vamos a jugar un ratito al gato y al ratón? Vale. Pues juguemos. Entonces mueves el “mouse”, que dicen los ingleses, y te metes de lleno en el ordenata a “chatear”, que es palabro de reciente creación y viene a significar que te colegueas con colegas a los que, en principio, no conocías, amiguísimos todos y todas,  y con los que aspiras a formalizar relación. Vaya relación. El chateo, dicho sea de corrido y a la buena fe,  nos hace recordar, inevitablemente, el vaseo. ¿Vamos a echar un vaixín a la bodeguina de El Lobo, que ya hace un siglo que no la pisamos? Vamos. Uno chatea como quien se toma un vinito en la tasca de enfrente o en la pulquería de al lado.
            El personal habla del “chat”, esto es del gato en su versión francesa, y de ratones o “mouses” como queriendo darnos a entender que estamos viviendo el gran movidón/subidón/colocón de internet/intranet.  com.es.net.

Ahora lo que mola cantidad ya no es ir a ligar a una disco, a la discoteque del pueblo, como antaño, como cuando te arrimabas (arímate pallá), y aun te apretujabas a la gachí o gachó de turno, mientras bailabas con ella o con él un “agarrao”, un lento de los de entonces, sino que en estos tiempos de gloria cibernética uno se enrolla por correo electrónico, enviando mensajitos o “emilines” a los amiguetes/amiguetas o al que se ponga por bandera.

Ahora el paisanaje busca rollete, relación nomás, a través del Twitter y el Facebook... Todo Cristo quiere su hueco en estos espacios siderales... Los cibernautas -o transmodernos seres del futuro inmediato o el presente andante- son adictos al amor acristalado, a la  amistad apantallada, al sexo frío, tras la cámara ordenadora, y aun tras el cristal ahumado, como en un peep show de otrora. Los chateadores se meten en los cibercafés o mismamente en el cuarto oscuro de las ratas ensoñadoras y las palomas mensajeras, y allí que se pasan las horas de a muertito. 
Vivimos una nueva época de pulpos virtuales, entre los que sobresale un octopus adivinador y futbolero.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Muda de piel


         Antaño, se hablaba de mudarse en domingos y días de feria. "Se nota que es fiesta, porque ya te cambiaste de muda". Entonces, uno se mudaba para parecer otro, porque las labores ensuciaban (algunas faenas siguen manchando nuestro ropaje). En realidad, seguimos mudándonos, aunque no sean días festivos. Y casi sin darnos cuenta, estamos entrando en un nuevo año. O el año nos está entrando a nosotros en casa, que a buen seguro hubiera dicho un paisano, Quico, alias el Decano, o Quico Venga y Dale. Cuánto saber popular. Resulta imposible resistirse al paso del tiempo, al inexorable y despiadado paso del tiempo. No hace tanto uno se sentía niño, y ahora ya asoman las canas en el patillamen, en la barba, por doquier. Imposible detener el tiempo. Qué obviedad, pero qué gran certeza. E certo. Aunque lo bueno es que pase el tiempo, que haya tiempo... y luz, porque de otro modo querría decir que ya estaríamos muertos o fuera de onda. ¡Qué onda, güey! Ahí nos vicenteamos. Los muertos que seremos. Eso dijo Umbral. Lo importante es sobre todo saber si hay vida antes de la muerte, no después de ésta, como diría Julio Llamazares. Lo importante es vivir cada instante con entereza, con placer. Hay que dejarse entrar. Que nos entren, a ser posible, por el lado que más nos gusta. No soy supersticioso. O no creo serlo, luego el próximo año que se nos avecina, en principio, se presentará, supongo -lo cual es mucho suponer-, parecido al anterior, aunque quizá  ahora sea demasiado apresurado para lanzar las campanas al vuelo. Nunca sabe uno, a ciencia cierta, lo que ocurrirá de un día a otro. Quizá convenga no saberlo, porque de saberlo generaríamos tal ansiedad que nos ahogaríamos en nuestra propia angustia. La angustia del saber. El saber que procura dolor. Mas a los humanos nos encanta  pronosticar y aun adivinar el futuro. De ahí los muchos adivinos y futurólogas que intentan, a punta de carterazo, darnos el pego. Cuánto sacacuartos. Y cuánto chupóptero. Si es que ni se miden, los muy penitentes. ¿Quién podría adivinar el futuro? Si el futuro, para conocerlo, hay que recorrerlo en espacio-tiempo. ¿Alguna otra dimensión? ¿Otros universos sin curvatura? ¿Muchos agujeros negros? En el universo, en otras galaxias, en el cerebro de algunos/as.
Nos angustia el hecho de no tener bajo control lo que pueda ocurrirnos. Pero nosotros podemos decidir nuestro destino. Hay cierta libertad de elección, y un buen componente de azar. No todo está predeterminado. Eso sí, sabemos que hay un final, quizá fatídico, o un final sin más, que no podemos saltarlo a la torera. Ojalá pudiéramos saltarnos el final y volver al origen. Así una y otra vez, en un eterno retorno dionisíaco, embriagados de amor, de luz y de lírica. Nos encantaría conocer nuestro futuro, al menos el futuro más inmediato. Mas el futuro se nos escurre: ese futuro que no está dado en el espacio-tiempo, al menos en el espacio-tiempo conocido. Y por más que algunos se empeñen en decirnos que se puede adivinar el futuro, el oráculo se queda en pura palabrería. Vivamos, pues, el presente y de presentes activos y activados. Y no dejemos para mañana lo que podamos (puédamos, dicen en algunos pagos del Bierzo) hacer hoy. La vida es breve. El tiempo corre veloz, como un potrillo desbocado, por las praderas del universo. “De joven, todo empieza/Con sentimientos fervorosos y miras elevadas,/pero el tiempo va desgarrando nuestras ilusiones”, escribe Lord Byron en el Don Juan.
         Byron, aquel cojo sensible, incomprendido y desilusionado, al que ahora volvemos, nos ayuda a reflexionar acerca del nuevo año. Qué sensación de eternidad y plenitud cuando uno es joven. Con veinte años uno es el amo del mundo (eso cree), con treinta descubre que no todo el monte es orgasmo, o tal que así, y con cuarenta bien cumplidos redescubre que aún quedan horizontes de esperanza, tras acantilados impregnados de estimulación, que el mundo es grande y ancho, espeso y plástico, que la especie humana se columpia en sus propios delirios, presa del miedo y la ignorancia, atenazada por el conflicto. Puro materialismo antropológico. Mas volvamos a Byron, romántico revolucionario, aventurero y noble poeta, que vivió a fogonazos, tal y como escribió, quien nos muestra el lado sombrío de la realidad. “Sistemáticamente, y cada año una nueva decepción/nos despoja, como serpientes, de nuestra brillante piel”. 
Resulta inevitable no sufrir decepciones en este mundo en el que la mayoría de los hombres somos esclavos -qué bueno admitir la condición de esclavos-, sea cual sea nuestro rango, de fantasías, pasiones y demás cosas así. “Hasta la sociedad, que creó la benevolencia,/Destroza lo poco que tenemos. Y no sentir nada/Es el auténtico artificio social”.

Ya hemos comenzado a mudar la piel como una "culuebra" (que diría algún paisanín) en medio de alguna plaza patrimonio oral e inmaterial de la humanidad. Seguimos siendo monos y monas (monísimos algunos/as, jo tía, qué chuli), mas monos mudados, dispuestos a emprender este nuevo año con la ilusión del jovencito que se cree casi invulnerable.
Cuánta ilusión, n'est-ce pas?

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El impuestito


El impuestito de mis catatá... El Gersul de la concha la lora... el invento del siglo, la engañosa tasa de reciclaje, la Diputa y la Junta (yunta) conchabados, serán ganas nomás de fornifollar al ciudadano, al de siempre. "No es de recibo pagar una tasa de reciclaje, por rellenar el vaso de un macrovertedero". Apúntate a la mani que hoy, a las ocho de la tarde, tendrá lugar en la plaza Lazúrtegui de la capital del Bierzo.

Pagar es lo que nos toca a quienes vivimos en Ponferrada, y aun en otros lugares/pagos del mundo, donde no hay escapatoria posible. Hasta el fin del mundo. Está todo bajo control en este mundo globalizado, miserable por las entretelas de su poramen. Hablamos de la mundialización capitalista, del carácter totalitario de la sociedad y del hombre (mujer) unidimensionales y planos, acojonados, con un miedo impresionante, que no pueden apartarse de lo trillado, que piensan y actúan en función de lo marca el sistema, el suprasistema, que nos trae a mal traer.

Llegará un momento en que paguemos hasta por respirar un aire contaminado y envenenador.  Ya estamos en ello. Pero de momento seguimos apoquinando la hipoteca, que es una locura, hipotecados algunos y algunas hasta el cejamen, con intereses imposibles, impagables, que arrullan como ese tren rápido que nunca pasará por el Bierzo (a lo mejor dentro de cien años), mientras los bancos, que son "ratoneros" hacen su América a cuenta de los paganos, que somos todos, y nos dejamos encular por tantas cosas.

Uno debe ganar un dineral para salir adelante en este mundo salvajemente materialista y antropófago. Sálvese quien pueda en este barco a la deriva. Hace unos días volví a recibir la notificación -eso sí, debidamente certificada- de una tasa por la prestación del servicio de gestión de residuos. Remite la Excelentísima Diputación Provincial. Otra vez con esta basura... No eres el único. El personal anda rebotado por este impuesto, que no arruina al contribuyente, pero suma y sigue. El impuestito, cuyo título nos hace pensar en una película de Ferreri, se aprobó en enero del 2005, según reza una ordenanza, pero nos lo empaquetan ahora, y el pasado año, creo recordar, y encima tendremos que apechugar con todos estos años atrasados hasta ponernos al día.

Nos asfixian a impuestos y pagos varios en este país, que por lo demás nada tiene que ver, en cuanto a prestaciones sociales, con Francia, y ya no digo con Holanda, Dinamarca, Suecia, aunque en estos países también paguen impuestos desorbitados. Que en este mundo hiperdesarrollado y "parajódica" y espiritualmente miserable, no se libra ni el apuntador.

El asunto es que habría que exiliarse en alguna isla perdida, como le dije a una chica de la Diputación, “y aún así, exiliado en esta isla –respondió ella con buena sonrisa y mejor talente- tendríamos que pagar”; porque hoy, en nuestro mundo vigilado por el suprasistema apantallador Gran Hermano uno no puede esconderse, salvo Bin Laden (que adopta varias figuras espectrales, cual Dráculín), y encima es un ser demoníaco y omnipotente.

El maestro Gustavo Bueno (siempre fuente de saber e inspiración) dice, en El sentido de la vida, que el ser humano sólo se encontraría huyendo (replegándose) de los vanos intereses artísticos, científicos, culturales o políticos de la vida pública y volviendo a la intimidad subjetiva de la vida privada, individual, que se retira a un jardín (en realidad, a un huerto) habitado por una pequeña comunidad de personas amigas. Una suerte de hippismo a la pos-moderna. Como en Matavenero o mismamente en San Cristóbal de Valdueza, ¿verdad, Germán?

“Toma tu barco, hombre (mujer) feliz –dice Epicuro a un joven discípulo- y huye a velas desplegadas de toda forma de cultura”.


viernes, 24 de diciembre de 2010

Fahrenheit 2010

Fahrenheit 2010. Ensayos sobre la temperatura de las distopías.  Este es el título de la exposición de Alfonso F. Manso, que podrá verse en el Campus de Ponferrada, del 11 al 21 de enero de 2011.

Alfonso, además de profesor de la Universidad de León, es un gran viajero por el mundo "alante", que ha tenido el gusto de recorrer todos los continentes, un analista de la realidad de nuestro tiempo, un filósofo de la transmodernidad. "¿A qué temperatura arde la libertad? ¿Y los ecosistemas? ¿Y la dignidad?", se plantea Manso. Y añade: "¿a qué temperatura se destruye el espíritu humano?", lo que nos devuelve, por ejemplo, a la barbarie de Auschwitz, en cuyos hornos crematorios se calcinó el alma de muchos seres humanos.

2010º F es la respuesta a todos estos interrogantes. 2010 es asimismo una metáfora, una fecha que nos ayudará a nosotros, humanos, demasiado bestiales, a repensar y comprender la distopía del mundo contemporáneo. Una distopía que se nos revela/rebela como una utopía perversa, inversa, castradora, todo lo contrario a una sociedad ideal, feliz, tal como nos propusieron, desde Bradbury, con su Fahrenheit 451 (451º F, temperatura a la que arden los libros), hasta Huxley, con su  Mundo feliz, pasando por 1984 de Orwell o Moore, con su Faherenheit 9/11 y aun el propio Zamiatin, con su Nosotros, que tanto y tan bien influyó en 1984 de Orwell, el Gran Hermano que nos vigila, la telepantalla que nos apantalla y nos vuelve a todos monos de feria, peleles, marionetas al servicio del todopoderoso Dios-sistema-financiero. Y es que todo lo manda el dinero. Como nos dijera Valle-Inclán en Luces de bohemia. El Gran Hermano que vigila sin descanso, los primates luchando a muerte para lograr su premio, el confesionario, el Súper... la comuna contracultural, el hippismo reinventado, el moderno convento mixto, con matices incluso de clausura mediática... la telepantalla vigilando las intimidades... los polvos entre los simios encerrados en el zoo humano.
La libertad y los libros sustituidos por una narcótica felicidad, una felicidad irreal, virtual, internáutica, una supuesta felicidad o bienestar construidos sobre los cimientos fangosos del soma (como en Un mundo feliz), con las consiguientes inhibiciones del intelecto y las emociones (sexo sin amor y sin afecto, etc.) o  bien a través de las adormideras psicodélicas (entre las que no sólo está la religión, en todas sus vertientes, como opio del pueblo, sino el fútbol, incluso el cine, la televisión, etc., la cultura/subcultura/incultura tal como nos la venden los medios de comunicación de masas, que se encargan de decidir lo que nos gusta y lo que deseamos). Léanse los Apocalípticos e Integrados, de Umberto Eco o El mito de la cultura, de Gustavo Bueno. La nuestra es la uniformidad de la especie (o la unidimensionalidad del hombre/mujer, tal como nos predijo el filósofo Marcuse), la globalización de la miseria, la debilidad y derrota del pensamiento (léase a Finkielkraut), el pensamiento único, la esclavización a las técnicas y tecnologías, el servilismo al sistema caníbal, que funciona como una apisonadora.

En el mito de la cultura, el mestro Bueno nos recuerda que la religión como «opio del pueblo 'democrático' o brebaje espiritual» no sólo tiene en cuenta la analogía con el opio que se administra el pueblo a sí mismo para calmar el dolor derivado de su estado de opresión, sino también el opio que le es administrado al pueblo por los explotadores para mantenerlo en estado intermitente de entontecida ilusión. Las funciones del opio del pueblo "democrático" las ejerce hoy la cultura, incluso la llamada cultura selecta, una vez que la religión ha perdido, al menos en nuestra sociedad industrial y materialista (no así en las sociedades musulmanes, por ejemplo), las virtudes de adormideras psicodélicas. La élite -insiste el profesor Bueno- se administra a sí misma dosis de cultura operística, de cultura literaria, de cultura vanguardista (pero no, por ejemplo, de «experimento vocal» o de «exploración combinatoria») para mantener su ensueño de minoría despierta, elegida, consciente; mientras que la plebe se administra, o le es administrada, cultura selecta ad hoc (cultura de consumo) para mantener su ensueño de libertad activa, de rebeldía suprema, de entusiasmo. De este modo, tanto la supuesta élite como la plebe alcanzan la conciencia (mejor dicho, la falsa conciencia) de la «realización de su plenitud vital, de su libertad». Pero, en el fondo, vivimos en la quimera de la libertad, por decirlo a lo Chaplin.

Por su parte, Marcuse en El hombre unidimensional, tal vez su obra más famosa, nos presenta a la sociedad capitalista “avanzada” como una sociedad en la que el ser humano ha perdido su sentido crítico. El ser humano se aborrega. Como ya nos anticipara el filósofo Nietzsche. El consumismo y la “liberación de las costumbres” lo transforman en un ser cada vez más adaptado e integrado al sistema. Ya no hay espacio para la oposición y la crítica, porque la sociedad unidimensional “integra en sí toda auténtica oposición y absorbe en su seno cualquier alternativa”. En ella se da “una confortable, tersa, razonable, democrática no libertad”.

El capitalismo avanzado ejerce su dominio, su control total, de un modo sutil, manipulando los deseos y las necesidades de las personas. “No sólo determina las ocupaciones, las habilidades y las actitudes socialmente requeridas, sino también las necesidades y las aspiraciones individuales”.  En esta sociedad unidimensional manda el positivismo, que sirve de base a la racionalidad tecnológica y a la lógica del dominio. Y el positivismo no tiene rival porque se ha anulado el espacio de la crítica. Incluso el proletariado ha perdido su impronta revolucionaria, seducido por el confort y el consumismo. Todos conformes en el carro del bienestar, que ahora parece venirse abajo, a resultas de la cabrona crisis finaciera, mundial, creada, cómo no, por los tiburones, y todo ese vivir por encima de nuestras posibilidades, hipotecándonos hasta las cejas, creyendo que todos éramos ricos -pobrecines, qué ingenuidad- cuando nos comimos las hostias de canto.

Marcuse cree, al menos, que los sujetos revolucionarios deberían ser los extranjeros, los explotados, los desocupados, las minorías, los marginados y los excluidos del sistema. Mas también estos están anulados. Pues no son más que los chivos expiatorios de la sociedad, algo así como las brujas de la Inquisición, incluso algunos/as se chutan con lo que pueden para poder sobbrevolar el hastío putrefacto de esta sociedad. Como bien sabemos.
También es Marcuse quien, a principios de los 60 del pasado siglo, pronostica el triunfo del pensamiento único, a través de la influencia de los medios de comunicación de masas, que han generado un refuerzo de las características de este tipo de ser humano, que se caracteriza por recoger la mayoría de sus experiencias de la televisión y "la experiencia televisiva tiende a incrementar el sentido de la impaciencia... Analfabetismo a esgaya.

Mientras que la letra impresa obliga a ejercitarse en la postergación del placer... porque sólo después de realizar complejas operaciones de análisis lógico y gramatical se comprende el sentido, y sólo entonces puede producirse el placer, pues el goce del texto escrito proviene del significado, no del significante. Las imágenes, en cambio, ofrecen una gratificación inmediata derivada del propio significante. A esto hay que añadir la hiperestimulación sensorial que incrementa aún más la gratificación instantánea. Y cuando la experiencia no es gratificante, cabe siempre la posibilidad de cambiar de canal televisivo. Zapping o zapeo va y viene.

Por otra parte, la televisión, sobre todo la basura fabricada, es un agente colaborador a la violencia que hay en el entorno. Violencia, individualismo y gratificación instantánea van moldeando al ser del siglo XXI. Ahora, la sociedad industrial organizada a partir de la tecnología opera “a través de la manipulación de las necesidades por intereses creados, impidiendo por lo tanto el surgimiento de una oposición efectiva contra el todo.” Estamos en un totalitarismo "aparentemente apartidario", un sistema de mercancías (personas, capitales, objetos) de neoliberalismo económico. La sociedad moderna se ve invadida de “necesidades falsas que perpetúan la fatiga, la agresividad, la miseria y la injusticia, un mundo social en el que el trabajo convierte al hombre en un esclavo del sistema.” Terrible panorama, ya pronosticado por Marcuse... por Huxley, Orwell, Bradbury, etc. Incluso Walden Dos, la novela de Skinner, deja entrever que el ser humano no tiene capacidad de elección, y por ende no es libre. Pasen y vean.

martes, 21 de diciembre de 2010

Loterías, belenes y otras ilusiones

           
            En cuanto llega  la Navidad, y se alumbran las ilusiones festivas en las poblaciones del Bierzo, nos crecen los turrones bajo las sobacos, se me hace un nudo en la garganta -no lo puedo evitar- y  traigo a la memoria a Larra, al gran Mariano José, cuyo espíritu me nutre de romanticismo y me invita a tomarme unas copas de cruda reflexión.

En este caso la Cruda Reflexión podría ser un licor “espiritoso”, de esos que te hacen entrar en calor y te refriegan el pecho de las neuronas. La verdad es que bebo con gusto su romanticismo,  que entronca con eso que se ha dado en llamar “malditismo”. Confieso mi devoción por aquellos autores que figuran entre los “malditos”, que no malvados, pues maldito, a mi sano entender, es quien ha tomado conciencia profunda del mal en la existencia. Y Larra podría incluirse en esta lista de seres desarraigados, que hacen de su sufrimiento una extraordinaria obra de arte. Quede claro que uno no se siente malvado en ningún caso.

            Como en Navidad no acostumbro a jugar a la lotería, ni monto belenes, me da por entrarle a la lectura. Me sumerjo en la lectura como quien va al Caribe a darse un chapuzón en los cenotes sagrados. Y hago que el surrealismo flote en esta cloaca hiperdesarrollada de infamias y consumo superfluo. Es entonces cuando Larra y su criado se me aparecen cual divinidades llenas de provocación, con chispeante filo-sofía. Me siento cómodo, relajado, al amor/calor del brasero, del "llumbre" y comienzo a leer y aun releer “La Nochebuena de 1836”, que es un artículo hermoso y a la vez brutal, en el que Larra entierra una esperanza. Unos meses después de escribir este artículo, Larra se suicida. Cosas de la vida o de la muerte.
Al parecer, uno necesita creer en algo, y cuando no se encuentran verdades en que creer, algo que ocurre con frecuencia, lo más adaptativo es creer en mentiras. Y zampar mentiras cual si fueran mazapanes. Si uno aspira a vivir en sociedad, en medio de la especie, es conveniente y hasta necesario creer, creer en lo que sea, pero el asunto es creer. La creencia como algo que te ayuda a soportar la existencia, la tuya y la de tus semejantes. Sin embargo, no creo que me toque la pedrea, ni que el Gordo del Niño, ni siquiera de la Niña, se asome a mi recámara o cuarto oscuro del subconsciente a espiar mis sueños. Para sincerarnos, no creo que pueda hacerme rico a través del bombo de la suerte. ¡A lo mejor ustedes sí! Felicidades.
           

El filandón



Alfonso García, Aparicio y Merino en el filandón literario del Campus de Ponferrada
El filandón (Bien de Interés cultural y patrimonio Inmaterial de España) es palabra que atrae a propios y extraños, algo así nos decía ayer el escritor Juan Pedro Aparicio en el filandón literario que tuvo lugar en la sede del Campus ponferradino, en el salón de actos de la sexta planta, dondo uno imparte, por lo demás, clases a los de la Universidad de la Experiencia. Allí, al amor/calor sagrado de las palabras, de la palabra proferida y sanadora, nos reunímos algunos adeptos a las letras para escuchar con devoción a Merino, Aparicio y a Alfonso García, precisamente coordinador del suplemento el Filandón del Diario de León. 
Lástima que no pudiera asistir el académico Luis Mateo Díez. Resultó divertido, incluso entrañable, y Mar Palacio, la presidenta del honorable Instituto de estudios Bercianos, nos deleitó, al final, con la lectura de un cuento en berciano, entonando con buena voz una canción. Y como de filandones va el tema, hoy proyectamos en el teatro Benevivere de la capital del Bierzo Alto la legendaria película de Chema Sarmiento, El Filandón (calificada de Especial calidad e interés cinematográfico por el ICAA), que congrega en torno a la Ermita de la Campa de Colinas de Martín Moro Toledano a los escritores leoneses Merino, Mateo, Pereira, Pedro Trapiello (con quien tuve la ocasión de comer ayer mismo en León, y me recordaba que cuando rodaron esta peli no había llegado la luz al pueblo ancarés de Burbia) y Julio Llamazares para contarnos cinco historias fascinantes, "distintas para no tener la impresión de repetición, y no tan dispares como para que la sensación de unidad estilística no se resintiera", según su director, todas ellas hilvadanas con guiños al espectador, que les dan unidad y coherencia. Todas me encantan, mas hay una, quizá dos, que me parecen extraordinarias, como la del maestro Antonio Pereira, Las peras de Dios, y ese relato poético que nos cuenta Llamazares sobre el desaparecido pueblo de Vegamián.
Pasado el tiempo, más de veinticinco años desde que la viera por primera vez en el antiguo Cinema Paz de Bembibre (hoy Teatro Benevívere), la película sigue conservando ese aroma delicioso del buen vino. 
La historia que nos cuenta el divino Pereira, entrañable persona y maravilloso escritor, tiene el humor suficiente y el erotismo justo para hacer que paladeemos con gustirrinín las peras de Dios, que en verdad es una buena metáfora, rellenita de sensualidad. Algo así como los “Senos” escritos por R. Gómez de la Serna o las peras/pechos de las primas de Albares de la Ribera, en que está rodado este cuento de verano, que bien pudiera haber sido dirigido por Eric Rohmer, pueblo del cual es originario Chema Sarmiento y en el que a uno se le pierde la familia (mi abuelo materno, a quien no conocí, le decían Antonio el Chulo era originario de esta localidad). 

También recuerdo aquel relato de Julio Llamazares, que transcurre en el pantano del Porma, entre la alucinación y la noche azulada de un pueblo en ruinas, impregnado de aromas rulfianos y el hipnotismo musical de Cristóbal Halffter, y un poema, Fresas,  leído por el propio Llamazares, que dejó una profunda huella en la retina de mi memoria:


Entre las truchas muertas y la herrumbre,fresas.Junto a las fábricas abandonadas, fresas. Bajo la bóveda del cielo, muñecasmutiladas y lágrimas románicasy fresas.Por todas partes, un sol de nata negray fresas, fresas, fresas. Consumación de la leyenda: en losglaciares, la venganza.Y, en los espacios asimétricos del tiempo,un relato de amor que la distancia niegay ocas decapitadas sobrevolando micorazón. Por todas partes, un sol de nata negra y fresas, fresas, fresas...

martes, 14 de diciembre de 2010

A Raquel Lanseros, que es luz



Me apetece darle la enhorabuena y desearle lo mejor a Raquel Lanseros porque su poesía es luz, porque ella es pura energía que, con sus versos, nos devuelve a algún sitio hermoso, deseado, querido. Hoy estará en la Casa de las Culturas de Bembibre con motivo de Tardes de Autor, en este caso de Autora, y grande. Todo un placer.


Raquel Lanseros en Noceda del Bierzo
Sus poemas nos ayudan a comprender el mundo, a desafiarlo incluso, como ella misma quiere, y a situarnos en otro mundo, tal vez más lindo. Su palabra poética como pensamiento, sentimiento, emoción.
Raquel Lanseros, amiga y maravillosa poeta, nos deleitará con su presencia, con sus palabras, con su estar/ser en este mundo, que quisiéramos otro, más bonito, más amigable, más amoroso, más tierno. "El amor como un viaje a lo desconocido, /a lo más inquietante de nuestra propia esencia,/es un viaje de ida" (A todas las mujeres libres, Diario de un destello). "...yo soy/ un animal sensible/ que nunca ha conseguido enfriar su corazón". "El viento de diciembre columpia en la distancia/ el esqueleto frío de los árboles". "Nueva York es un niño henchido de futuro./ Solamente en Manhattan puedes sentir los labios/ del ombligo del mundo besándote la boca". Así se expresa esta espléndida y luminosa poeta, que ha vuelto a León, después de dejar Murcia, para escribir, sentir e impartir clases, aunque su espíritu aventurero, impregnado de libertad, le hace vivir en todo el universo, ella que tanto gusta de los viajes, capaz como es de hablar varias lenguas con una soltura extraordinaria.
Agradezco que también estuvieras, Raquelina, en el Encuentro literario de Noceda.
Nos vemos y sentimos en las palabras, en el tiempo de los afectos, hoy, mañana, siempre...

lunes, 13 de diciembre de 2010

Sociedad basura

Se habla a menudo de comida basura, televisión basura, música basura, cine basura, trabajo basura, y aun de otras muchas basuras, mas la verdadera basura es la sociedad, construida sobre el artificio y la falsedad. Principiemos por llamarles a las cosas por su nombre. Basta ya de falsas conciencias y/o autoengaños baratos. Admitamos que algo está fallando en nuestro sistema social: antropófago y comemierda, que diría un cubano, harto de horadar en los bajos fondos. Y si un rapaz se pasa las horas muertas chupando telebasura será porque éste se ha convertido o se está convirtiendo en un telebasurero. Y si este mismo rapaz, u otro, tararea las canciones de un tal Bisbal: ave María serás mía... o del vecino de enfrente, etc., o se confiesa adicto a programas televisivos en los tienen por costumbre encerrar a los cabestros para que un país entontecido  vea cómo le arrean coces,  será porque este chaval responde a unas pautas de comportamiento bien reconocibles. Y si una rapacina se pasa el santo día dándole candela al movilín para soltar gilipolleces: dime-sabes-o sea-no-superguay, en vez de instruirse leyendo a Jean Genet, a Ortega y Gasset y su España invertebrada, o Las amistades peligrosas de Laclos, por poner algunos ejemplos, nomás, será porque se está volviendo apijotada perdida. El apijotamiento forma parte del juego diabólico en el que nos tienen sumidos quienes aspiran a convertirnos en máquinas productivas. Véase o léase El Anti-Edipo (capitalismo y esquizofrenia) de Deleuze y Guattari.

La causa de este desastre social no sólo está en los medios de comunicación de masas, sino también en la escuela, en los papis, en la familia, en esa familia desestructurada, a veces célula del terror, con buenas dosis de neurosis incluso de psicosis, incapaz de educar a la prole en sana libertad, con la correspondiente ética amatoria, solidaria, comprometida en cuerpo-alma con la sociedad de su tiempo. Se educa a los chavalines para que se conviertan en monstruitos: seres egoístas, egocéntricos, individualistas, robots de un engranaje perverso. Miedo nos da lo que puede llegar a ser la sociedad que se nos viene encima, que ya nos está royendo las pelotas. Cada día nos parecemos más a los gringos, que están atolondrados a resultas de la manipulación y el lavado de coco que sufren. Son los gringos, en su conjunto, rebaño conducido por las veredas de la violencia y la muerte. Copiamos lo peor de esta sociedad imperial que va camino de la autodestrucción. Se globaliza la estupidez y la miseria. Se neutraliza el saber, se apaga la luz, se anula la filosofía en aras de una tecnología esclavizante, se va a los números y la cosificación. Todo se vuelve grotesco y grosero, asquerosamente materialista. Nos toman por el pito de un sereno. Tomadura de pelo al canto. Canto en toda la desdentadura. Monigotes al servicio de cuatro o cinco tarados de las finanzas. Y al final no copiamos, como modelo, lo que de bueno puedan tener los yanquis, los vaqueros de la posmodernidad, que algo tienen y tendrán. El berciano, como ser globalizado, que lo es, también comienza a perder sus buenas costumbres. Y se engancha, como apabullado por la transmodernidad, a la comida de la hamburguesa rápida, las patatas fritas congeladas y el perrito caliente. Nada de aderezos bercianos, ni siquiera berzas de la tiera en el caldo.      

Nuestra sociedad española, cuyo hedor impregna nuestros trajes corporales, se ha ido transformando con el paso de los años en una sociedad sobrecargada, incluso de gordura y colesterol malsanos. Como la yanki. Como todas aquellas sociedades hipercapitalizadas, consumistas y abotargadas. España ya no parece ser aquella reservada espiritual de Europa de la que nos hablara el fachoso y cruel Generalísimo.  Nuestro país, entonces, tampoco era un valle de rosas rojas cuyo aroma nos embriagara de sensibilidad y exquisitez artísticas.
       Nuestra sociedad, desde hace tiempo,  es como un gran vertedero en el que los carroñeros rastrearan en busca de las quintas esencias. Fragancias que a uno le quitan el sueño. O lo que se tercie. Resulta tal vez atrevido decir que nuestra sociedad es una basura, habida cuenta de que uno también forma parte de la misma. Que cada cual sostenga su cirio. Y se responsabilice, cómo no, de sus basuras. A este ritmo frenético acabaremos “enmierdando” incluso nuestros paraísos perdidos. Es probable que en algún momento de la historia, el Bierzo fuera, a pesar de que no todo el monte es genciana y gistra, un semiparaíso oculto en el noroeste español. Convendría, asimismo, que cada uno indagara en su subconsciente y se enfrentara a sus miserias. Un psicoanálisis a tiempo nos vendría muy bien a todos. Ni que decir tiene que siempre habrá quienes no sean basuras humanas, mas la mierda nos inunda por doquier, y no es fácil alejarse de ésta.

El hombre-mujer no es bueno por naturaleza, como quisiera Rousseau, y  la sociedad siempre estará ahí para malearlo. O te maleas o te dan por todos los entresijos del alma. En el fondo, somos partícipes de esta descomunal farsa en la que convivimos moros y cristianos, inmigrantes y oriundos, pijos y macarras, rateros y estafados... Da la impresión de que la sociedad española, a lo largo de estos últimos años, se hubiera entontecido más que nunca, a resultas de la mierda que nos han arrojado a la cara, que nos hemos echado, que por lo demás digerimos con gusto. Somos unos cropófagos y  caníbales de la hostia bendita. No dejamos títere con cabeza. Tragamos toneladas de basura como si estuviéramos hambrientos. En los últimos años hemos sido testigos y cómplices de la construcción de una sociedad basura, cuyas esencias nos embelesan de puro placer. Una sociedad alimentada por el derroche y la pérdida de valores espirituales. Hay mucho vacío y pijería. Hemos pasado del subdesarrollo al despilfarro más estúpido. Y así nos luce la pelambrera. ¿Quién apuesta hoy por la humildad, el altruismo, el afecto, la amistad y la inteligencia sana? No se extraña uno que, ante tal panorama, los políticos no sean más que un reflejo de nuestra sociedad.


jueves, 9 de diciembre de 2010

La Navidad

Hace tiempo que la Navidad dejó de interesarme, tal como nos la empaquetan. Me gustaba la Navidad cuando era un tierno infante. Entonces uno desconocía la crueldad en todas sus formas expresivas. En aquel tiempo era feliz como los pajaritos que trinan un himno de alegría. Me gustaba la Navidad porque iba a recoger musgo al campo y me dedicaba a montar un Belén que me invitaba a adentrarme en las fantasías. Un Belén que, a lo mejor, quería parecérsele, en chiquito, al de Folgoso de La Ribera.
También me entusiasmaba adornar el árbol, que solía ser un acebo con bolitas rojas. Me hacía mucha ilusión –supongo que como a cualquier niño- esperar a los Reyes Magos en el balcón de la casa. En aquella época la casa tenía un corredor maravilloso desde el que contemplaba el mundo entorno. Aquella era una realidad extraordinaria, para ser soñada más que para ser contada.

En aquel tiempo, que se me antojaba largo y encantador, disfrutaba mucho de la Navidad al calor de la lumbre. La Sierra de Gistredo casi siempre aparecía nevada. Y los tejados de las casas se volvían blancos en las radiantes mañanas navideñas. Entonces (nastoncias, que diría algún lugareño), la Navidad era lírica como los sueños dulces y atrevidos de un niño que tuviera todo el futuro por delante. Un lirismo tocado con el arpa de un futuro esperanzador.

Hace tiempo que la Navidad dejó de gustarme porque da la impresión de que intentaran clavárnosla por la cañería del consumismo desbocado. Consuman Navidad, parecen gritarnos los mercachifles, que ya les atizaremos por el lado más vulnerable, por donde más duele. Y encima les dejaremos más desplumados que una gallina clueca a punto de subirse al campanario de los suicidios. Como para lanzarse a la piscina helada del desamor en horas de angustia, cuando los gallos, de Nochebuena, entonan oraciones de pasión convulsa en el palenque de las riñas y navajazos, y los “peleoneros”, briagos como cubas, se trincan un barril de orujo, otro de mescalito, oaxaqueño para más señas, y aun uno más de tequila Hornitos reposado, cual si estuvieran bebiendo agua de las reguerinas.

No bien principia diciembre y ya nos están mareando y agujereando las tripas con lucecitas, anuncios de cava y comilonas en las que saltan los mariscos y vuelan las almejas por un cielo azul tinta... china. Hace tiempo, mucho tiempo, que ya es Navidad en el Corte Inglés y en los “carrefures” y aun en otros mercadonas que en el mundo son. Ante este panorama, asaz dinamitero y surreal, a uno le entran ganas de pirarse a un lugar apartado. Y de paso podría poner en práctica la meditación trascendental, el yoga, quizá. Tampoco nos vendría mal una dieta a base de lechuga y aguas medicinales. Sólo así lograríamos bajar las grasas navideñas.



miércoles, 1 de diciembre de 2010

La Zaranda

Por fin, La Zaranda logra el premio Nacional de teatro, lo cual no resulta extraño, habida cuenta de que ésta es quizá la mejor compañía teatral de este país. Acaso sea abusado decirlo así, tan contundente, con tanta rotundidad. En todo caso, es la "tropa" que más se aproxima, aparte del Teatro Corsario, a lo que uno entiende por teatro en su estado puro, el teatro en estado de gracia, o sea. No he visto muchos montajes de La Zaranda, pero los que he presenciado -en el Bergidum, de Ponferrada-, me resultan sobrecogedores, logrando acelerar mis vísceras hasta alcanzar como un estado de trance. Es tal su poderío en escena, que los actores se me hacen, insisto, estremecedores. Me alegra que hayan logrado este premio, aunque sus espectáculos son un verdadero premio para quienes asistimos a sus funciones. La primera vez que vi uno de sus espectáculos fue en el año de 2003. Se trataba de Ni sombra de lo que fuimos. Y me quedé impresionado. "Te gustará", me habían avisado Varela y Arcadio. Y como si la profecía se cumpliera, salí del teatro como fuera de mí, con ganas de repetir la experiencia. Este es el genuino teatro. Y lo demás son pamplinas, como decía uno de los persanajes de aquella singular y arriesgada obra. La puesta en escena, poética y delirante, me hizo recordar a las sugerentes puestas en escena del mago Fellini, y las pelis de Kusturica, que en el fondo es un discípulo aventajado del director de Amarcord.

Desde hace algún tiempo, este Teatro Inestable de Andalucía la Baja, se ha consolidado como compañía residente del Théâtre Sorano deToulouse. La Zaranda cuenta con una larga y exitosa trayectoria, incluso con gran proyección internacional. Ha representado en prestigiosos festivales teatrales como los de Buenos Aires, Nueva York o Sitges. Por citar sólo algunos. Por tanto, es un lujo que hayan venido, al menos en tres ocasiones, a Ponferrada. Uno, al menos, ha visto tres de sus obras, todas sublimes. ¡Qué haríamos los bercianos sin el Bérgidum!

Ni sombra de lo que fuimos me llegó al alma, con momentos desgarradores, como si de repente me diera un vuelco el corazón. Como si estuviera dando vueltas, con los actores, en el tiovivo, escenografía central de este espectáculo. Un carrusel que logra introducir al espectador en el mundo onírico y la infancia, y aun en el mundo de las pesadillas. Oímos una voz enferma, como de ultratumba, que nos habla de la soledad. Una voz, que es rostro, encajonada en un ataúd. Recuerdo que siendo un niñín, soñaba a menudo que me enrollaba en una espiral sin fin, y giraba sin parar, con el angustioso vaivén y vértigo de una caída infinita. Era éste una pesadilla que se repetía sin cesar, una y otra vez. Por lo demás, sentía gran pasión por el tiovivo, "los caballitos", a los que me llevaba mi padre cada año, llegadas las fiestas del Cristo de Bembibre.

La puesta en escena de esta obra, un tanto alucinógena, me hace pensar en el polaco Tadeusz Kantor,  para quien el teatro, su forma de concebirlo, era una verdadera barraca de feria, teatro de la emoción, de la realidad degradada, de la muerte, en definitiva, en el que los personajes tratan de reconstruir, con su memoria difuminada, aquello que fue su vida, su felicidad o sus miserias. Personajes a los que ya sólo les quedan palabras inútiles, letanías sin esperanza. "Vamos pa'lante. Siempre pa'lante, y cuando lleguemos alante, pues más pa'lante", grita a caracajas un personaje, singular en su papel de bufón. Una risa que sabe a final sombrío... Los que ríen los últimos (su siguiente obra). Otro de sus grandes espectáculos, en el que vemos a tres personajes, tres vagamundos y aun vagabundos, desamparados,  en un viaje a ninguna parte (como el título de la peli de Fernán Gómez). "¿Adónde vamos?", se interroga un personaje. Pues, "adonde se tenga que ir", responde otro, como si estuviéramos asistiendo a una puesta en escena de Esperando a Godot, con la herencia pictórica de Goya.

Futuros difuntos
Futuros difuntos cierra, digamos esta especie de trilogía de personajes al límite en busca de un sentido en este absurdo universo, falto de valores, en crisis permanente. En este caso, se trata de unos personajes que permanecen recluidos en un manicomio, y que en sus delirios pretenden mostrarnos su voz, original y atrevida, poética y transparente, cargada de un gran significado. Una vez más, La Zaranda, a través de los poderosos diálogos concebidos por Eusebio Calonge y la puesta en escena de Paco, nos muestran un universo pictórico, deudor de los grandes maestros, como Velázquez, con un toque expresionista y un estilo que me hace recordar tanto al teatro del polaco Kantor, maniquíes incluidos.