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martes, 20 de julio de 2010

De vuelta al blog: Eloxio da distancia




 
El pasado viernes se me fundió el ordenata -bueno, al final no fue tan grave, aunque estaba temblando porque podía haber perdido muchos datos e información-, y por fortuna he podido recuperar todo, si bien nada figura en su sitio primero. Por tanto, he estado literalmente fuera de juego, aunque debo confesar que el finde -que se dice ahora- me di un garbeíto por nuestra Galicia querida, y en concreto la terra mítica de Elogio de la distancia, ese espléndido documental realizado por el leonés Felipe Vega, con guión del también leonés Julio Llamazares. Una obra que, por desgracia, no ha podido verse más que en ámbitos reducidos, aunque creo que llegó a proyectarse en Madrid y en el Festival de cine de Málaga, aparte de algunos pases en Lugo, A Fonsagrada (espacio donde está rodado) o León (en el Albéitar de la Universidad de León, con la presencia tanto de Felipe como de Julio, además de Yuma o Julio Sánchez Valdés, entre otros). 
 
Hace tiempo que tenía ganas de visitar A Fonsagrada. Me habían hablado de este sitio, alejado del mundanal ruido, y después, cuando vi este precioso documental, se me acrecentaron las ganas. Por fin, llegó el momento -siempre hay un momento- y me acerqué a este territorio, que se hace paisaje bellísimo cuando se contempla con ojos de asombro, como un niño que descubriera la realidad, la luz, el encanto de la naturaleza salvaje.

A Fonsagrada en sí misma no es una villa con mucho encanto, salvo algunos edificios singulares, como su "fonte", que le da nombre, o bien la Casa do Concello. Y el mercado, donde se pueden degustar y comprar quesos muy riquiños.

Pero lo que resulta realmente espectacular es el lugar en que está ubicada esta villa, un mirador desde el que se ven panorámicas de ensueño. Ahí reside su extraordinaria belleza, aunque debo señalar que también el paisanaje me entusiasmó: hospitalario, cariñoso...

Nunca olvidaré al Señor Ramón R. Mondelo, el "padrecito", que nos convidó -a este menda, a su amiga y a algunos misioneros- a pulpo. Delicioso. No sólo el pulpo sino la "conversa".


Un hombre entregado a las nobles causas, que nos recibió con los brazos abiertos, como peregrinos dispuestos a alcanzar la gloria eterna. Una comida muy divertida en compañía de todos estos misioneros, algunos llegados de lejanos lugares como Sudáfrica, Perú o Kenia, con sus vivencias y su espiritualidad a cuestas.

Por su parte, Bea Lastra nos recibió, en el punto de información, con una sonrisa de afecto. Todo amor y espiritualidad en un espacio legendario, que ya quedará para la posteridad en Elogio de la distancia, y por supuesto en la retina de mi memoria.
Continuará.

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